No necesitaban los jueces militares de sus confesiones: sabían detalle por detalle toda su existencia durante la guerra y en los últimos años de la paz. Nunca los agentes de la policía en el extranjero habían trabajado con tanta rapidez y éxito. Una buena suerte misteriosa y omnipotente los empujaba en sus pesquisas. Conocían todos los trabajos de Freya; hasta habían proporcionado datos exactos sobre su personalidad de agente secreto, el número de orden con que figuraba en la oficina directora de Berlín, el dinero que cobraba, sus informes en los últimos meses. Documentos escritos por ella misma, con una culpabilidad irrefutable, habían venido á unirse á su proceso, sin que nadie supiese de dónde eran enviados ni por quién.

Cada vez que el juez instructor ponía ante los ojos de Freya una de estas pruebas, ella miraba á su abogado desesperadamente.

—¡Son ellos!—gemía—. ¡Ellos, que desean mi muerte!

El defensor era de la misma opinión. La policía había conocido su presencia en Francia por una carta que le dirigían sus jefes desde Barcelona, torpemente desfigurada, escrita con arreglo á una clave cuyo misterio estaba descubierto por el contraespionaje francés mucho tiempo antes. Para el maître, era indudable que un poder misterioso había querido deshacerse de esta mujer, enviándola á un país enemigo como si la enviase á la muerte.

Ulises adivinó en el defensor un estado de alma semejante al suyo, la misma dualidad que le había atormentado en todas sus relaciones con Freya.

«Yo, señor—escribía el abogado—, he sufrido mucho. Un hijo mío, oficial, murió en la batalla del Aisne; otros allegados á mí, sobrinos y discípulos, han muerto luego en Verdún y en el ejército expedicionario de Oriente...»

Había sentido, como francés, una repulsión irresistible al convencerse de que Freya era una espía que llevaba causados grandes daños á su patria... Luego, como hombre, se apiadaba de su inconsciencia, de su carácter contradictorio y ligero hasta llegar al crimen, de su egoísmo de mujer hermosa y amiga del lujo, que la había hecho admitir la vileza moral á cambio del bienestar.

Atraía su historia al abogado con el interés palpitante de una novela de aventuras. La conmiseración iba tomando en él una vehemencia de enamoramiento. Además, la idea de que eran los explotadores de esta mujer los que la habían denunciado le infundía un entusiasmo caballeresco para la defensa de su causa insostenible.

La comparecencia ante el Consejo de guerra había resultado penosa y dramática. Freya, que hasta entonces parecía embrutecida por el régimen de la prisión, despertaba al verse enfrente de una docena de hombres uniformados y graves.

Su primer movimiento fué el de toda hembra hermosa y coqueta. Conocía su influencia física. Estos militares convertidos en jueces le recordaban los que ella había visto en los tés y los grandes bailes de los hoteles... ¿Qué francés puede resistirse á la atracción femenina?...