Ella había dudado una semana antes entre recibir á un pastor calvinista ó un sacerdote católico. En su vida cosmopolita, de incierta nacionalidad, no había tenido tiempo para decidirse por una religión. Al fin, escogía al último, por parecerle más simple de intelecto, más comunicativo...

Varias veces interrumpió al sacerdote cuando intentaba consolarla. Parecía que fuese ella la encargada de infundir ánimo.

—Morir no es tan horrible como parece cuando se ve de lejos... Siento vergüenza al pensar en los miedos que he pasado, en las lágrimas que llevo derramadas... Resulta más simple de lo que yo creía... ¡Todos hemos de morir!

Le leyeron la sentencia, con la denegación del recurso de gracia. Después le ofrecieron una pluma para que firmase.

Un coronel le dijo que aún podía disponer de unos minutos para escribir á su familia, á sus amigos, ó consignar su última voluntad...

—¿A quién escribir?—dijo Freya—. No tengo ningún amigo en el mundo...

«Entonces fué—continuaba el abogado—cuando tomó la pluma, como si la acometiese un recuerdo, y trazó unas cuantas líneas... Luego rompió el papel y vino hacia mí. Pensaba en usted, capitán: su última carta era para usted, y la dejó sin terminar, temiendo que nunca llegase á sus manos. Además, no estaba para escribir: su pulso era nervioso; prefería hablar... Me pidió que enviase á usted una carta larga, muy larga, relatando sus últimos momentos, y yo tuve que jurarle que cumpliría su encargo.»

A partir de este instante, el maître había visto las cosas mal. La emoción perturbaba sus sentidos, pero vivían aún en su memoria las últimas palabras de Freya al salir de la cárcel.

—Yo no soy alemana—había dicho repetidas veces á los hombres con uniforme—. ¡No soy alemana!

Para ella, lo menos importante era morir. Únicamente le preocupaba que pudiesen creerla de dicha nacionalidad.