El suboficial levantó el sable y volvió á bajarlo rápidamente... Una descarga.

Freya se dobló, resbalando su cuerpo á lo largo del poste hasta quedar tendida en el suelo. Las balas cortaron las cuerdas que la sujetaban.

Su sombrero, como si adquiriese una vida repentina, había saltado de la cabeza, yendo á caer unos cuantos metros más allá.

Del piquete de fusilamiento se destacó un cabo con un revólver en la diestra. «El golpe de gracia.» Sus pies se detuvieron al borde del charco de sangre que se iba formando en torno de la ejecutada. Frunciendo los labios, entornando los ojos, se inclinó sobre ella, al mismo tiempo que con el extremo del cañón levantaba los rizos caídos sobre una de sus orejas. Todavía respiraba... Un tiro en la sien. Se contrajo el cuerpo bajo un estremecimiento final. Luego quedó inmóvil, con la rigidez del cadáver.

Sonaron voces, formaron las dos compañías en columna, y al ritmo de sus instrumentos fueron desfilando ante el cuerpo de la muerta. Del lúgubre carruaje sacaron los hombres enlutados un féretro de madera blanca.

Volviendo las espaldas á su obra, la doble masa militar marchó hacía su campamento. Quedaba servida la justicia. Trompetas y tambores se perdieron en el horizonte, agrandados sus sonidos por el fresco eco de la mañana naciente. El cadáver fué depositado en aquel ataúd pobre, que más bien parecía una caja de embalaje, despojándolo antes de sus alhajas. Las dos monjas las recogieron con timidez: la muerta se las había dado para sus obras de caridad. Luego quedó cerrada la tapa, desapareciendo para siempre la que minutos antes era una mujer hermosa que los hombres no podían ver sin estremecimientos de deseo. Las cuatro tablas sólo guardaban harapos rojizos, carnes agujereadas, huesos rotos.

Marchó el vehículo al cementerio de Vincennes para que la enterrasen en el rincón de los ajusticiados... Ni una flor, ni una inscripción, ni una cruz. El mismo abogado no estaba seguro de encontrar su sepultura si alguna vez necesitaba buscarla... ¡Y así había sido el final de esta criatura de lujo y de placer!... ¡Así había ido á consumirse aquel cuerpo en un agujero anónimo de la tierra, lo mismo que una bestia abandonada!...

«Era buena—decía el defensor—, y sin embargo fué criminal. Su educación tuvo la culpa. ¡Pobre mujer!... La habían criado para vivir en la riqueza, y la riqueza huyó siempre de ella.»

Luego, en sus últimas líneas, el viejo maître afirmaba melancólicamente:

«Murió pensando en usted y un poco en mí... Nosotros hemos sido los últimos hombres de su existencia.»