El mundo estaba en guerra. Los hombres de media Europa chocaban con los de la otra media en los campos de batalla. Unos y otros tenían un ideal místico, afirmándolo con violencias y matanzas, lo mismo que habían hecho todas las muchedumbres movidas por una certidumbre religiosa ó revolucionaria aceptada como única verdad...

Pero el marino reconoció una profunda diferencia en las dos masas luchadoras del presente. Una colocaba su ilusión en el pasado, queriendo rejuvenecer la soberanía de la fuerza, la divinidad de la guerra, y adaptarlas á la vida actual. Lo otra muchedumbre preparaba el porvenir, soñando un mundo de democracias libres, de naciones en paz, tolerantes y sin celos.

Al acoplarse á este nuevo ambiente, Ferragut sintió nacer en su interior ideas y aspiraciones que tal vez procedían de una herencia ancestral. Creyó estar oyendo á su tío el Tritón cuando describía los choques de los hombres del Norte con los hombres del Sur por hacerse dueños de la capa azul de Anfitrita. El era un mediterráneo, y porque la nación en cuyo borde había nacido se desinteresase de la suerte del mundo no iba á permanecer indiferente.

Debía continuar donde estaba. Cuanto decía Tòni de latinismo y civilización mediterránea lo aceptó ahora como grandes verdades. Tal vez no fuesen exactas al ser examinadas por la razón, pero valían tanto como las certidumbres de los otros.

Iba á continuar su vida de navegante con nuevos entusiasmos. Tenía la fe, el ideal, las ilusiones que forman á los héroes. Mientras durase la guerra, la haría á su modo, sirviendo de auxiliar á los que peleaban, transportando todo lo necesario para la lucha. Miró con mayor respeto á los marineros sometidos á sus órdenes, gente simple que había dado su sangre sin frases y sin razonamientos.

Cuando llegase la paz, no por esto se retiraría del mar. Quedaba mucho que hacer. Empezaría entonces la guerra comercial, la áspera rivalidad por conquistar los mercados de las naciones jóvenes de América. Planes audaces y enormes se esbozaron en su cerebro. En esta guerra tal vez fuese caudillo. Soñó con la creación de una flota de vapores que llegasen hasta las costas del Pacífico; quería aportar su concurso al renacimiento victorioso de la raza que había descubierto la mayor parte del planeta.

Su nueva fe le hizo ser más amigo del cocinero del buque, sintiendo la atracción de sus inconmovibles ilusiones. De vez en cuando se divertía consultándole sobre la suerte futura del vapor; quería saber si los submarinos le inspiraban miedo.

—No hay cuidado—afirmaba Caragòl—. Tenemos buenos protectores. El que se ponga ante nosotros está perdido.

Y mostraba á su capitán las estampas y tarjetas postales clavadas en las paredes de la cocina.

Recibió Ferragut una mañana la orden de partir. Por el momento, iban á Gibraltar para recoger la carga de un vapor que no había podido seguir su navegación. Del estrecho tal vez hiciesen rumbo á Salónica una vez más.