Una mujer blanca como la nube, blanca como la vela, blanca como la espuma. Su cabellera verde estaba adornada con perlas y corales fosforescentes; su sonrisa altiva, de soberana, de diosa, venía á completar la majestad de esta diadema.
Tendió los brazos en torno de él, apretándolo contra sus pechos nutridores y eternamente virginales, contra su vientre de nacarada tersura, en el que se borraban las huellas de la maternidad con la misma rapidez que los círculos en el agua azul.
Una atmósfera densa y verdosa daba á su blancura un reflejo semejante al de la luz en las cuevas del mar...
Su boca pálida acabó por pegarse á la del náufrago con un beso imperioso. Y el agua de esta boca, subiendo al filo de los dientes, se desbordó en la suya con una inundación salada, interminable... Sintió hincharse su interior, como si toda la vida de la blanca aparición se liquidase, pasando á su cuerpo á través del beso impelente.
Ya no podía ver, ya no podía hablar. Sus ojos se habían cerrado para no abrirse nunca; un río de amarga sal rodaba por su garganta.
Sin embargo, la siguió contemplando, cada vez más apretada á él, más luminosa, con una expresión triste de amor en sus ojos glaucos... Y así fué descendiendo y descendiendo las infinitas capas del abismo, inerte, sin voluntad, mientras una voz gritaba dentro de su cráneo, como si acabase de reconocerla:
—¡Anfitrita!... ¡Anfitrita!
FIN
París.—Agosto-Diciembre 1917.
NOTA