No supo con certeza cómo se inició la conversación. Se vió de pronto hablando con la más joven en inglés, lo mismo que en la mañana anterior. Ella, con la audacia del que desea terminar pronto una situación equívoca, le preguntó si era marino. Y al recibir una respuesta afirmativa, preguntó de nuevo para saber si era español.

—Sí, español.

La contestación de Ferragut fué seguida de una mirada de triunfo de la joven á su acompañante. Esta pareció dilatarse á impulsos de la confianza, perdiendo su encogimiento hostil. Y sonrió por primera vez al capitán, con su boca de un rosa azulado, con sus mejillas blancas espolvoreadas de amarillo y sus cristales de fosforescente resplandor.

Mientras tanto, la joven hablaba y hablaba, satisfecha de la potencia extraordinaria de su memoria.

Había viajado por todo el mundo, sin olvidar uno solo dé los lugares vistos; podía repetir los títulos de los ochenta grandes hoteles en que se alojan los que dan la vuelta á la tierra. Al encontrarse con un antiguo compañero de viaje reconocía inmediatamente su rostro, por corta que hubiese sido la visión, y muchas veces recordaba su nombre. Esto último era lo que la hacía reflexionar, frunciendo las cejas y contrayéndose con un esfuerzo mental.

—¿Usted se llama capitán...? ¿usted se llama...?

Y de pronto sonrió, dando fin á sus dudas.

—Usted se llama—dijo resueltamente—el capitán Ulises Ferragut.

Paladeó con largo y risueño silencio el asombro del marino. Luego, como si se apiadase de su estupefacción, dió nuevas explicaciones. Había hecho un viaje de Buenos Aires á Barcelona en el trasatlántico mandado por él.

—Esto fué hace seis años—añadió—. No; hace siete.