Ulises quiso decir que también era éste su viaje, pero tuvo miedo á la doctora. Además, la excursión era en un vehículo alquilado por ellas, y no le concederían un asiento.
Freya pareció adivinar su tristeza y quiso consolarle.
—Es un viaje corto. Tres días nada más... Pronto estaremos en Nápoles.
La despedida en Salerno fué breve. La doctora se abstuvo de indicarle su domicilio. Por ella terminaba allí mismo la amistad.
—Es fácil que volvamos á vernos—dijo lacónicamente—. Sólo las montañas no se encuentran.
La joven había sido más explícita, nombrando el hotel de la ribera de Santa Lucía en que estaba alojada.
De pie en el estribo del vagón, las vió alejarse, tal como las había visto aparecer en una calle de Pompeya. La doctora se perdió tras de una mampara de vidrios hablando con el cochero que había venido á recibirlas. Freya, antes de desaparecer, se volvió para enviarle una sonrisa pálida. Luego levantó su enguantada mano con el índice rígido, amenazándole lo mismo que á un niño revoltoso y audaz.
Al verse solo en este compartimiento, que llevaba hacia Nápoles las huellas y el perfume de la ausente, Ulises se sintió desalentado, como si viniera de un entierro, como si acabase de perder un sostén de su vida.
Se presentó á bordo del Mare nostrum lo mismo que una calamidad. Fué caprichoso é intratable, quejándose de Tòni y los otros dos oficiales porque no aceleraban las reparaciones del buque. A continuación habló de la conveniencia de no tener prisa, para que el trabajo resultase más completo. Hasta Caragòl fué víctima de su mal humor, que se desahogó en forma de crueles sermones contra los aficionados al veneno del alcohol.
—Cuando los hombres necesitan alegrarse tienen algo mejor que el vino, algo que proporciona mayor embriaguez que la bebida... Es la mujer, tío Caragòl. No olvide este consejo.