De pronto vió á Freya siguiendo la avenida por el lado de las casas. Ella le reconoció á su vez, y este descubrimiento la hizo detenerse junto á una bocacalle, dudando entre seguir adelante ó huir hacia el interior de Nápoles. Luego pasó á la acera del mar, avanzando hacia Ferragut con plácida sonrisa, saludándolo de lejos como á un amigo cuya presencia nada tiene de extraordinaria.

Esta seguridad desconcertó al capitán. Se dieron las manos, y ella le preguntó tranquilamente qué hacía allí mirando las olas y si avanzaban las reparaciones de su buque.

—¡Pero confiese usted que mi presencia la ha sorprendido!—dijo Ulises, algo irritado por esta tranquilidad—. Reconozca que no esperaba encontrarme aquí.

Freya repitió su sonrisa con una expresión de dulce lástima.

—Es natural que le encuentre aquí. Está usted en su barrio, á la vista de su hotel... Somos vecinos.

Para recrearse con el asombro del capitán, hizo una larga pausa. Luego añadió:

—Vi su nombre en la lista de huéspedes ayer mismo, al llegar al hotel. Es mi costumbre. Me gusta saber quiénes son mis vecinos.

—¿Y por eso no bajó usted al comedor?...

Ulises formuló esta pregunta esperando que ella respondiera negativamente. No podía hacerlo de otro modo, aunque sólo fuera por buena educación.

—Sí, por eso—contestó Freya sencillamente—. Adiviné que me esperaba para hacerse el encontradizo, y no quise entrar en el comedor... Le advierto que siempre haré lo mismo.