V

EL ACUARIO DE NÁPOLES

A pesar de su promesa, Freya no hizo nada para volver á encontrarse con el marino. «Nos veremos... Yo le buscaré.» Pero era Ferragut quien buscaba el encuentro, apostándose en las inmediaciones del hotel.

—¡Qué loca estuve la otra mañana!... ¡Qué habrá pensado usted de mí!—dijo ella la primera vez que volvieron á hablarse.

No todos los días conseguía Ulises el placer de esta conversación que se desarrollaba invariablemente desde la vía Partenope al monumento de Virgilio. Las más de las mañanas aguardaba en vano frente á los puestos de los ostricarios, escuchando á los músicos que saludaban con sus romanzas y sus mandolinas las ventanas cerradas de los hoteles. Freya no aparecía.

La impaciencia arrastraba á Ulises hasta su hotel, para implorar las luces del portero. Este, animado por la esperanza de un nuevo billete, hacía sonar el teléfono y preguntaba á los criados de los pisos superiores. Luego una sonrisa triste y obsequiosa, como si lamentase sus propias palabras: «La signora no está. La signora ha pasado la noche fuera del albergo.» Y Ferragut partía furioso.

Unas veces iba á ver cómo marchaban las reparaciones de su buque, excelente pretexto para descargar en alguien su mal humor. Otras mañanas se dirigía al jardín de la ribera de Chiaia por los mismos lugares que había pisado yendo con Freya. Esperaba verla aparecer de un momento á otro. Todo lo que le rodeaba tenía algo de ella. Arboles y bancos, aceras y candelabros eléctricos, la conocían perfectamente, por hallarse en su camino habitual.

Al convencerse de que esperaba en vano, una última ilusión le hacía volver los ojos hacia el blanco palacio del Acuario.

Freya le había hablado de él. Con frecuencia se entretenía horas enteras contemplando la vida de los seres marinos. Y Ferragut parpadeaba al pasar rápidamente del jardín caldeado por el sol á la penumbra de unas galerías húmedas, sin otro alumbrado que el de la luz diurna descendida al interior de los acuarios: luz que tomaba á través del agua y el cristal un tono misterioso, el tinte verde y difuso de las profundidades submarinas.