—¡Ah, bandidos simpáticos y vigorosos!—continuó, con un entusiasmo histérico—. ¡Los adoro! Quisiera tenerlos en mi casa, como se tienen los peces dorados, en un bocal; darles de comer á todas horas; ver cómo devoran...

Ferragut sintió la misma inquietud que había experimentado una mañana ante el templete de Virgilio.

«¡Está loca!», se dijo mentalmente.

Pero á pesar de su locura, la apetecía vehementemente al percibir el suave perfume que exhalaba su carne por el escote del vestido.

No vió ya el mundo silencioso que nadaba ó rampaba con un chisporroteo de colores detrás de los cristales. Sólo ella existía. Y escuchó, como una música lejana, su voz, que iba explicando brevemente todas las particularidades de aquellas piedras que pasaban á ser animales, de aquellos globos que, al hincharse, mostraban sus órganos, volviendo á ocultarlos bajo un oleaje gelatinoso.

Eran un saco, una bolsa, una máscara elástica, en cuyo interior sólo existía agua ó aire. Entre las raíces de sus brazos estaba la boca, armada de fuertes mandíbulas semejantes á un pico de loro. Al respirar, una grieta de su piel se abría y cerraba alternativamente. De uno de sus costados surgía un tubo en forma de embudo, que tragaba igualmente el agua respirable, alimentándose por ambas entradas su cavidad branquial. Los múltiples brazos armados de ventosas funcionaban como aparatos de presión. Les servían para asir y mantener su presa, para rampar y correr.

El ojo vidrioso de uno de los monstruos asomando y desapareciendo entre los blandos repliegues evocaba los recuerdos de Freya. Habló á media voz, para ella misma, sin preocuparse de Ferragut, que estaba desorientado por la incoherencia de sus palabras. Esta mirada del pulpo traía á su memoria la de Ojo de la mañana.

El marino preguntó: «¿Quién es Ojo de la mañana?...» Y volvió á decirse mentalmente que Freya estaba loca al saber que este nombre era el de una serpiente amiga, un reptil de lomo cuadriculado que le servía de collar y de pulsera allá en su casa de la isla de Java, entre bosques que exhalaban un perfume irresistible, cubiertos á la luz del sol de flores temblonas y monstruosas semejantes á animales, poblados nocturnamente de fosforescentes estrellas que saltaban de árbol en árbol.

—Yo danzaba desnuda, con un velo transparente anudado á mis caderas y otro flotante sobre mi cabeza... Danzaba horas y horas, lo mismo que una sacerdotisa brahmánica ante la imagen del terrible Siva, y Ojo de la mañana seguía mis danzas con sus ondulaciones elegantes... Yo creo en el divino Siva. ¿Usted no conoce á Siva?...

Ferragut dió de lado al sombrío dios. Lo que él quería conocer era el motivo que la había llevado á Java, la isla paradisíaca y misteriosa.