Más de cincuenta Carnavales sucedidos en el curso de medio siglo largo, sin otra interrupción que la última guerra, han fatigado a los organizadores y al público de las cabalgatas llamadas históricas o artísticas. Ahora, el Carnaval de Niza es burlesco, dedicándose a la deformación ingeniosa de los géneros animales y vegetales. Ciertos grupos de máscaras recuerdan los Caprichos, de Goya, y otros delirios de artistas fantaseadores.
Los que carecen de dinero para proporcionarse un disfraz completo, o no pensaron previsoramente en su adquisición, se desfiguran con una nariz postiza, lanzándose en el torrente de las máscaras, para ser una más.
El Carnaval ofrece aquí el aspecto enardecedor y sinceramente jocundo de todo lo que se hace en la vida espontáneamente por entusiasmo y no por dinero. Los miles de máscaras gritan, cantan, forman corros y cadenas o hacen burlescas cortesías al público. Esto representa para ellas el descanso. Luego, apenas rompe a tocar una de las bandas de música del cortejo, avanzan por las calles bailando, y los que ocupan los carros empiezan a saltar como monigotes elásticos. Y así continúan horas y horas, causando asombro un regocijo tan infatigable y tenaz.
Nadie se enfada; rara vez surge un incidente violento. Es un Carnaval de gentes ruidosas que se buscan para divertirse, pero sin perder la buena crianza. Las máscaras, cuando se empujan por descuido, se piden perdón a través de la careta.
El amor acude todos los años, puntualmente, a la fiesta. Muchas novelas bipersonales, que permanecerán ignoradas y nadie escribirá, tuvieron su primer capítulo en el Carnaval de Niza, durante el desfile de la cabalgata o las fiestas nocturnas en el hall del Casino, enorme como una catedral.
El viajero enmascarado habla al dominó femenino que marcha junto a él. Se aproximan para defenderse de los empellones de los otros; acaban por cogerse del brazo y saltar a un tiempo; luego bailan, quieren saber cómo se llaman, se dan falsos nombres y se declaran un eterno amor antes de haberse visto las caras. Todo esto, empujados por el torrente carnavalesco a través de avenidas y paseos, defendiéndose con las espaldas del oleaje humano, evitando las patas de los caballos enganchados a las carrozas o los arranques inesperados de los chófers que las guían.
En otros países un Carnaval como éste provocaría riñas y crímenes. En Niza rara vez tiene que intervenir la policía. Ésta y los destacamentos de cazadores alpinos encargados de mantener el orden sólo se preocupan de que los grandes carros no causen daño en las fachadas de las casas o en los arcos de luces que adornan las calles.
La gente se divierte y no riñe, porque ignora el miedo al ridículo, que tanto amarga la vida de nuestra raza. El que aquí pretende divertirse sólo piensa en obtener el placer deseado. Lo busca a su modo e ignora la existencia de los demás, despreciando lo que puedan pensar de él.
Nosotros tenemos miedo «al qué dirán», a que alguien «nos tome el pelo», y esto nos cohíbe, aplastando toda iniciativa. Sólo podemos divertirnos haciendo todos lo mismo, como un rebaño falsamente alegre, receloso y suspicaz, mirándonos de reojo mientras reímos. Y al sospechar vagamente que alguien puede divertirse un poco a nuestra costa, ¡adiós alegría!, creemos necesario morder.