Sabe que cuando vuelve la espalda todas sonríen y le designan con el mismo apodo: «El que quiso casarse con la princesa».

IV
EN TORNO AL «QUESO»

BIEN sabido es que cuando se quiere encontrar a una persona de cierta posición social y se ignora su domicilio en Europa o América, no hay más que sentarse junto al «queso», en la plaza de Monte-Carlo. Podrá uno esperar diez, quince o veinte años; pero un día el amigo deseado acabará por dejarse ver.

Esto lo tienen muchos por indiscutible, aunque parezca falso. Todo el que posee algún dinero y ama los viajes, acaba por dar la vuelta al «queso», mezclándose por unas horas con la multitud que circula frente al Casino. Antes de pasar adelante creo necesario explicar que este «queso» famoso es un pequeño jardín o macizo de plantas en el centro de la plaza. Su forma redonda le ha hecho ser comparado con una caja de queso Camembert.

En la acera circular de este jardín se oyen conversaciones en todas las lenguas, y como si el Carnaval durase aquí el año entero, circulan entre las señoras vestidas a la moda de Europa damas indostánicas de largos velos azules, con la nariz perforada por botones de brillantes, personajes asiáticos de andar felino y ojos misteriosos, jefes árabes de albas túnicas, chinos y japoneses cuya cabeza ratonesca, astuta o inteligente, parece querer escaparse de las vestiduras occidentales que disfrazan el resto del cuerpo.

Yo he tenido en esta plaza muchos encuentros inesperados y he contraído las amistades más novelescas tal vez de mi existencia. Una sonrisa interrogante y una mano tendida provocan en tal lugar dudas geográficas que abarcan el planeta entero. ¿De dónde podrá venir el amigo que acaba de reconocernos?... Hay que dejarle hablar para ir adivinando poco a poco su identidad. Puede ser un olvidado condiscípulo de la juventud, o uno que conocimos en Turquía, Argentina, Egipto o Méjico. También puede ser un señor con el que almorzamos en el restorán de la estación de Toledo; pero Toledo, en el Estado de Ohío, una de las ciudades ferroviarias más importantes de los Estados Unidos.

Durante el invierno fondea cada semana ante Monte-Carlo uno de esos trasatlánticos procedentes de la América del Norte que son verdaderas ciudades flotantes, y echan a tierra dos mil pasajeros. Durante veinticuatro horas los alrededores del «queso» parecen la Quinta Avenida de Nueva York. A mediodía llega invariablemente el tren «azul», procedente de Calais, un tren que sólo lleva vagones-camas, y las gentes británicas se reconocen y se estrechan las manos, sacudiéndolas vigorosamente, como si se encontrasen en el Piccadilly de Londres.

El indeciso pasado de nuestros años de adolescencia, las ilusiones que acariciamos entonces como algo de imposible realización, las cosas más admiradas por la buena fe y el entusiasmo de la primera juventud, pueden salirnos al paso en esta plaza. Yo he visto muchas veces, tomando el sol en sus bancos, a viejos señores, trémulos y de piel flácida como pájaros desplumados, y los nombres de estas ruinas humanas hicieron revivir en mí pretéritas admiraciones. Eran hombres políticos que nadie recuerda, generales que ganaron victorias olvidadas, caudillos novelescos del África británica o la América del Sur. Viejas encogidas, de aire humilde, o pintarrajeadas y cadavéricas como momias, evocan con sus apellidos de guerra el recuerdo de beldades célebres, cuyos retratos adoramos en las cajas de fósforos cuando éramos colegiales.

Entre esta muchedumbre de personajes que «fueron» y no son ya más que simples invernantes de la Costa Azul, buenos para ocupar una silla en la plaza de Monte-Carlo o en los salones del Casino, hubo hasta el año pasado una personalidad sobresaliente, inquieta, arrolladora, incansable, que parecía llenarlo todo con su presencia y estaba al mismo tiempo en diversos lugares, con infinita ubicuidad. Era la gran duquesa Anastasia, tía carnal del zar Nicolás II, ejecutado por los bolcheviques; hermana del zar anterior y madre de la esposa del kronprinz.

Una hija suya ocupa actualmente uno de los tronos de Europa. Su otra hija hubiese sido emperatriz de Alemania de no ocurrir la última guerra.