Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego. Una llamada «artista», o una profesional, con sus dientecitos incansables, había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna, llevaban una existencia de sobriedad monjil.

Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas, los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso privilegio de las «artistas», de las mundanas, de todas las criaturas brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica, modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres «malas», para las criaturas versátiles y locas, sin otra preocupación que danzar en torno a la llama que acaba por quemarlas.

La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para discurrir con ellas sobre el amor y los prodigios de las artes y el lujo, mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos.

Pero un día la mujer moderna se dio cuenta de la inferioridad que significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro.

—Si nuestros maridos o nuestros padres—dijeron muchas—desean arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las profesionales y tengamos sus mismas exigencias...

Total, que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.

Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a Europa desde América en los últimos cincuenta años, como los «Palaces», como la afición exagerada al baile, como los jazz-band y tantas cosas contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia americana para esto, pues en todas las épocas existieron en Europa esposas que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó en su período histórico una excepción, y de ningún modo algo general y corriente, como en nuestros tiempos.

El hecho es que ahora, cuando se pregunta: «¿Cómo se empobreció Fulano de Tal?», se escucha con frecuencia la misma respuesta: «Al pobrecito lo arruinaron su mujer y sus hijas».

Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas, es decir, en algo duradero y que representaba un capital guardado en reserva. Un hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras preciosas.

Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estuvo a sus pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo llevaba unas horas nada más, y lo regalaba luego a su doncella. ¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!...