Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez Zurrialde».
Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces. Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos, emparentándose solamente con sus allegados.
Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella. ¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de América, el mayor signo de distinción y bienestar era tener tienda abierta, un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto: «Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que había alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los tiempos.
Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.
Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer. Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e invenciones eran buenos para las «locas de París» y no para ella, una señora, casada y madre.
Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es; pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al tiempo.
—Pero usted—le dijo un europeo—gasta una fortuna en vestidos todos los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo digan.
La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los hombres.
—Entonces—siguió preguntando el curioso—, ¿para qué viste usted con tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...
Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como apiadada de su ignorancia: