El doméstico sólo llegaba hasta allí, pues la duquesa quería permanecer sola en sus dominios recién descubiertos. Y saliendo de la iglesia por la puertecilla del jardín, siguió un estrecho sendero bordeado de plantas, golpeando con su bastón el pavimento de ladrillos rojos, desnivelados por el tiempo y las lluvias.
Amaba el pequeño huerto clerical por la seducción que ejercen sobre nuestra vida los contrastes rudos; porque era todo lo contrario del majestuoso y ordenado jardín que rodeaba su vivienda, abajo, junto a la azul llanura del Mediterráneo.
En esta terraza de la montaña adosada a la pequeña iglesia, todo crecía en libertad: los rosales confundían sus ramas y sus flores, enmarañándose hasta formar un matorral espinoso y perfumado; los árboles, faltos de espacio, se apoyaban unos en otros, retorciendo sus troncos; las flores silvestres disputaban el suelo a las cultivadas, con una audacia agresiva de parásitas llegadas a capricho de los vientos; la vida animal—hormigas, avispas y escarabajos multicolores—zumbaba o se arrastraba en filas ondulantes a través de la reducida selva.
La duquesa iba paladeando de antemano en su imaginación el panorama inmenso que la esperaba algunos pasos más allá, detrás de las parras en desorden que hacían inclinar su cabeza y de los árboles frutales que avanzaban sus ramas como si pretendiesen cerrarla el paso. Iba a ver el mar desde aquel balcón natural, a una altura de varios centenares de metros; un Mediterráneo más inmenso que el que contemplaba desde su «villa» al borde de la costa. Admiraría, además, el ondulado contorno de los Alpes al sumir en el abismo azul sus últimas estribaciones, formando golfos, penínsulas y promontorios.
A lo lejos, las montañas de la ciudad de Niza, invisible desde allí, recortaban sus cumbres de bloques negros sobre el cielo enrojecido por el sol poniente; más cerca y en la orilla del mar, se alzaba el peñasco de Mónaco, con la vieja ciudad sobre su lomo; después, la meseta de Monte-Carlo, cubierta de palacios y jardines; y a los pies de ella, obligándola a bajar los ojos, la península de Cap Martin, con la «villa», entre copudos pinos, edificada por el difunto mariscal, duque de Pontecorvo. En la misma península cubierta de árboles, que era como un jardín avanzado sobre el mar, estaba la «villa» de su amiga y protectora Eugenia, antigua emperatriz de los franceses, y otras viviendas de príncipes y monarcas destronados. También podía ver el enorme palacio del americano John Baldwin, poderoso rey de la industria y de la minería, que muchos consideraban el hombre más rico de la tierra.
Siguió avanzando la vieja señora por entre ramas que se cerraban a sus espaldas. Iba a llegar a un pequeño cenador cubierto de enredaderas, desde el cual se abarcaba el portentoso conjunto de la Costa Azul que ella había evocado ya en su imaginación. Permanecería allí una hora, contemplando la lenta y dulce muerte de la tarde. Nadie vendría a turbar su melancólico aislamiento en este tranquilo jardín de cura, frente al ocaso, que despierta los más suaves recuerdos del pasado y evoca lo que fue y no volverá a ser, como una melodía dulce y moribunda, como un perfume casi desvanecido.
Experimentaba el egoísta deleite de un monarca melómano que hiciese cantar una ópera en un teatro cerrado, sin otro espectador que él mismo, perdido en el fondo de un palco. ¡Para ella toda la suave agonía de la muerte del sol, y el luto purpúreo del cielo y de las aguas, en uno de los lugares más hermosos de la tierra!...
Cuando iba a entrar en el cenador, respiró un perfume de tabaco confundido con el de las flores. Detrás de las enredaderas sonó una tos. Un hombre había invadido sus dominios y estaba contemplando el inmenso paisaje, como si le perteneciese. Además, lo enviaba las bocanadas de humo de su cigarro.
Hizo la duquesa un gesto de contrariedad, y hasta sintió deseos de protestar, como si fuese víctima de un despojo. Pero inmediatamente sonrió, con una amabilidad algo exagerada, al reconocer al intruso.