Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como incesante llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el punto de que el escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el fondo era puro fingimiento:

—Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua.

Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista había comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su mujer. Él podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran parte las ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles antiguos, tapices, casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo que iba formando una biblioteca enorme.

Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su aspecto macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido victorioso. Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al pensar en las caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese imposible acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto.

No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre porque ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba inoportuna en esta nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal vez la pobre había muerto pensando que su grande hombre quedaría de este modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso.

En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo conoció. Ya no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía importantes depósitos en muchos Bancos; podía suspender su trabajo cuando quisiera, sin miedo al porvenir. Su nombre, al ser anunciado en voz alta, hacía volver las cabezas. Llegaban elogios hasta él de todos los rincones de la tierra; recibía honores oficiales, y al mismo tiempo, una parte de la juventud, impaciente e iconoclasta, hacía una excepción en su favor, mirándole con cierta simpatía, como si fuese un joven eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de frecuentes ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria de monótono brillo.

El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo conocer Matilde.

En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada en otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo «Conquistador» había recortado su barba y su melena para que resultase menos visible el brillo de las canas; en torno a sus ojos empezaba a extenderse el triste abanico de las arrugas; pero el brillo juvenil de sus pupilas, su sonrisa primaveral de triunfador satisfecho de la existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil aquilino, herencia de soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés inspirado por su persona.

Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En los tés, encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le consultaban sobre problemas del alma, acabando por invitarle a contemplar a solas la caída del sol desde la terraza de Saint-Germain, o a pasear en la mañana por algún sendero misterioso del Bosque. Otras le visitaban en su vivienda, de cinco a siete de la tarde, para hacerle ver, a puerta cerrada, sus interioridades psicológicas.

Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo guardaba un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a esta celebridad. Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o enigmáticas los comentarios de sus amigos o las malignas insinuaciones de ciertos periódicos.