Yo quiero a todos estos países, sean grandes o pequeños, y reconozco un fondo de caballeresca sensibilidad y una envidiable alegría de vivir aun en aquellos que llevan una existencia trágica. El gran Rengifo hablaba muchas veces con entusiasmo de algunas Repúblicas pequeñas, donde no pasa año sin numerosos fusilamientos y la vida del hombre es la cosa de menos valor en el país.
—Todos, sin embargo, hacen versos en esas tierras—decía mi maestro—, y cuando sale el sol, desde el presidente de la República al último caimán de sus ríos, no queda uno que no pulse la lira y lance una oda a la vida que despierta.
Rengifo alcanzó a presenciar cosas extraordinarias en este mundo nuevo. Una noche, trabajando en la capital de una de las citadas Repúblicas, fue tanto el entusiasmo del público, que el presidente creyó del caso venir a cumplimentarle en su cuarto, seguido de un par de ayudantes, cubiertos de cordones y bordados de oro, que llevaban oculto un revólver en cada bolsillo del pantalón.
—¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Felicito al representante glorioso de la vieja madre patria.
Y le estrechó la mano.
Continuó la función, yendo en aumento el entusiasmo de los espectadores. Antes del último acto, Rengifo, que estaba cambiándose de traje, vio entrar en su cuarto a otro señor, flanqueado igualmente por dos rutilantes edecanes.
—¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Mis felicitaciones al glorioso enviado de la vieja España, nuestra madre.
—¿Con quién tengo el honor de hablar?
—Soy el presidente de la República.
—¡Ah, no!... Inútil la broma—protestó el maestro—. El presidente de la República ha estado aquí hace poco. Es un señor con barba, vestido de frac, y usted lleva bigote y uniforme de general.