Confieso, sin embargo, que algunas veces sentí la tentación de separarme de ella por sus imprudencias. Coqueteaba descaradamente con señores del público, y esto era perjudicial para nuestra empresa, haciendo desmerecer a la compañía y quitándonos prestigio ante las nobles matronas de las ciudades en que trabajábamos.
Yo podía enfadarme con mi esposa, pero no me era posible despedir a la primera dama. No habríamos logrado continuar sin ella nuestras representaciones. Por eso, aunque me cause cierta vergüenza el confesarlo, transigí siempre, y algunas veces, al huir Rosalba de nosotros, fui a pedirle que volviese, en nombre de su familia y en nombre también de los demás artistas, que faltos de su colaboración iban a verse en la miseria.
Sé que las gentes malignas hicieron comentarios poco gratos para mí sobre estas fugas, diciendo que siempre la acompasaba en ellas algún personaje del país, doctor, general o simple periodista. Pero estoy seguro de que eran calumnias. Ella me lo demostró siempre con pruebas irrecusables. Si huía de nosotros era por su carácter caprichoso, por su genio independiente, que la hacía odiar de pronto cuanto la rodeaba.
Crea, doctor, que si alguna vez me fue infiel (y ahora lo dudo), debió serlo por imposiciones violentas, y no por su voluntad. Usted no sabe lo que puede encontrarse viajando a través de esta América, tan desigual. En las Repúblicas de vida adelantada, donde mandan los blancos más que los obscuros, hay justicia, y las personas pueden creerse seguras. Pero a veces caíamos en lugares donde estaban las gentes como encogidas, bajo el capricho de un hombre solo. Esto era en provincias de alguna de esas Repúblicas sometidas a frecuentes revoluciones. El presidente, para gratificar a los que contribuyeron a su elevación, los envía a un territorio lejano, y allí pueden enriquecerse, llevando una existencia igual a la de un antiguo gobernador turco.
Imagínese las inquietudes de nuestra compañía cuando llegaba a uno de estos lugares. Temíamos el mal humor del tirano, porque podía oponer toda especie de obstáculos a nuestro trabajo. Faltos de su protección, nos era imposible obtener un local ni ganar dinero. Pero yo, por mi parte, temía no menos a los gobernadores entusiastas del arte dramático, que nos recibían con una afabilidad extraordinaria, asistían familiarmente a nuestros ensayos y nos brindaban apoyo. Cansados de las hembras del país, sentían la atracción de la comedianta recién llegada, que era además esposa del director de la compañía: una novedad.
¡Las astucias que hubo de emplear para defenderme de tales bárbaros!... Uno de ellos me tuvo en la cárcel tres semanas, por creer que yo era amigo de los que conspiraban contra él. Es verdad que mientras estuve encerrado proveyó al mantenimiento de toda la compañía, invitando además a mi esposa a comer y cenar en su casa... Y mis compañeros, halagados por la familiaridad del gobernador, declararon que esta temporada, tan penosa para mí, fue para ellos la más agradable.
Nunca quise saber con certeza lo que pudo existir detrás de una medida tan arbitraria. Rosalba me juró que este hombre temible y atropellador, aunque de perversa educación, era en el fondo un caballero, y no había osado nada contra ella. No pude negarme a creerla. Me lo juró sobre la cabeza de nuestra hija.
He olvidado que usted no conoce a mi hija Pepita: una actriz de verdadero talento, pero con un carácter peor que el de su madre. Esta muchacha excelente, muy seria en sus costumbres, tiene un gesto que corta y disuelve todo intento de confianza. Por eso muchos de nuestra profesión la llaman por apodo «la Virgen guerrera».
Hace más de veinte años que nació en Buenos Aires; pero esto fue pura casualidad. Lo mismo podía haber nacido en una pobre estación de ferrocarril, en una carreta cruzando la Pampa, o en una canoa bajo el ramaje de una selva vecina a un río. Rosalba no dejó de representar mientras la llevaba en sus entrañas. Hasta el último instante se apretó el corsé e hizo esfuerzos para mantener disimulada su maternal deformidad. No quería que el público riese considerando su estado y viendo al mismo tiempo que el galán joven la perseguía loco de amor, deseoso de morir o matar por ella. Así es nuestra existencia.
Tampoco las funciones de la lactancia sirvieron de estorbo para la gloria y la actividad artística de la madre. Mi pobre Pepita se dio cuenta de que existía entre dos bastidores de teatro pobre, y pasó sus primeros años en continuo viaje por las tierras comprendidas entre los dos trópicos, llegando algunas veces hasta las montañas heladas de la Tierra del Fuego.