—Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de la calle a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en un camino de la montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una cólera envidiosa contra ellos; pienso en sus pocos años, que son una garantía de que vivirán cuando yo no viva.
«¡Ah, canallas—me digo—, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto me basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a cuatro patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera.
»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los jóvenes que nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir veinte años la arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia alegre; y yo, John Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos más grandes del mundo; yo, el rey del dinero, que algunas veces he influido en la guerra y en la paz de las naciones, aunque regalase todas mis riquezas, aunque reuniese a todos los sabios existentes, no conseguiría esos veinte años.
Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio.
—Todo lo he sido, todo lo he tenido—continuó—, y por eso mismo la vida no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero vivir, y me irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi existencia a pesar de mis riquezas.
»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de las ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son realmente. Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en otros tiempos el ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba. Ahora, como no tengo nada que desear, el encanto ha desaparecido, y veo la triste armazón de nuestra existencia como uno que viese el esqueleto a través del cuerpo de todos los que le rodean.
»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi fortuna, volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no experimento la más leve emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé que no hay noticia que pueda cambiar mi obra... Después de ganar una fortuna hay que sostener un segundo combate, mucho más difícil y empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de estas preocupaciones: mi victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan poderoso lo que conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al destino. ¿Qué me queda que hacer en la vida?...
La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo al recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes. Baldwin no creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído, dando su dinero a todos los que lo imploraban. Consideró además inoportuno interrumpir con vulgares consejos aquella especie de confesión desesperada que hacía el millonario, influenciado por el ambiente melancólico del atardecer.
—Nada espero—continuó—, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir. La muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo en nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una ilusión. Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano, las que podemos abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más allá es complicado, por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance. ¡Qué cosa triste es la muerte!...
»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las proferimos maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en nuestro interior ninguna imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la muerte, en nuestra ancianidad, podemos verla tal como es y darnos cuenta de la miseria de nuestro destino.