Al relatar su infancia introdujo por primera vez como elemento artístico el revoloteo y el canto de una alondra, y «este canto—como dice Sainte-Beuve—saludó el nacimiento de la literatura moderna, con sus descripciones que hacen de la Naturaleza el primer protagonista». Sus hijos fueron primeramente Chateaubriand, y luego Víctor Hugo con toda la escuela romántica, que infundió el alma de los hombres á las cosas, haciendo hablar á las viejas catedrales. Sus nietos son los modernos naturalistas, y su posteridad acabará cuando perezcan la vida y el arte.

Ginebra y su lago infundieron á Rousseau este amor á la Naturaleza. El gran artista sentimental soñaba rodeado de obesos comerciantes y tranquilos relojeros, incapaces de sentir otros anhelos que los de una buena mesa y una familia sana.

Sus Confesiones hablan con ternura de la paz de Ginebra, de la belleza del lago, de su tranquilo refugio en Vevey, en la posada de «La Llave». Su Nueva Eloísa tiene á Clarens por escenario, con la superficie azul del lago, y enfrente las verdes y sombrías cumbres de los montes saboyanos.

Cuando los azares de su existencia errante le arrancaron de Ginebra, otro huésped ilustre, pero más rico y ostentoso, vino á ocupar su sitio. Era un artista, un bohemio como él, pero en esferas más altas, con un egoísmo sonriente que le permitió extraer de la vida sus mejores dulzuras. Rodaba de palacio en palacio, así como el otro iba de hostería en hostería. Sus acreedores eran reyes y duques; sus amantes, damas de la corte, mientras las de Rousseau eran infelices criadas ó burguesas. Á su puerta llegaban con exótica curiosidad lores y boyardos, deseando conocer al árbitro de los elegantes cinismos y de la gracia francesa. Era Voltaire.

Su vejez quebrantada buscó refugio en los alrededores de Ginebra, estableciéndose en la pequeña aldea de Ferney, donde adquirió la majestad de un patriarca sonriente. El contacto con la Naturaleza hizo tierno, sentimental y bondadoso al terrible burlón de los salones de Versalles, é infundió una religiosidad deísta á su escepticismo.

Los últimos años de su vida, en medio del campo, á la vista de las inmensas montañas, fueron de bondad y filantropía. Educó á los campesinos, pleiteó y escribió por librarles de las gabelas feudales, estableció riegos y escuelas y expuso su tranquilidad por defender á los Dreyfus de su tiempo. Vivía como un príncipe en Ferney. Habitaba un gracioso palacio en el fondo de un parque, y allí escribía á sus buenos amigos Federico de Prusia y Catalina de Rusia, ó recibía las visitas de todos los grandes señores que pasaban por Suiza.

El palacio de Ferney es hoy una de las peregrinaciones obligatorias de los viajeros que visitan Ginebra. Los salones se conservan como en tiempos de su ilustre dueño, con muebles de estilo rococo y cuadros que recuerdan á los soberanos y las beldades que distinguieron con su amistad al poeta.

En un extremo del parque se eleva una pequeña iglesia de aldea, construída por el impío autor del Diccionario filosófico en sus últimos años.

«Dea erexit Voltaire», dice una dedicatoria grabada en la fachada. Esto, que parece una blasfemia, fué una de tantas humoradas del anciano de Ferney.

—Esta iglesia que he construído—decía Voltaire—es la única de todo el universo elevada en honor á Dios. Inglaterra tiene iglesias construídas para San Pablo; Roma, para San Pedro; Francia, para Santa Genoveva; España, para innumerables vírgenes; pero en todos esos países no hay un solo templo dedicado á Dios.