De los tres monumentos del Hipódromo, el más antiguo é importante es la llamada Columna Serpentina. Maltratada por los hombres y los siglos; reducida á una tercera parte de su altura, rota y casi informe como un andrajo del pasado, da sin embargo la impresión de esos monumentos venerables en los que se admira más lo que no se ve que lo todavía visible. El suelo del Hipódromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de los siglos y los temblores de tierra, se ha elevado más de tres metros, y la columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipódromo, está á cierta profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla.

Esta columna es el monumento más auténtico é importante que poseemos de la antigüedad griega. Fué fundida en Atenas para conmemorar la victoria de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo de Delfos, frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce enlazadas tan estrechamente, que formaban á modo de un solo reptil, con tres cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las ciudades griegas que tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y Platea, figuraban grabados en ella. Un trípode de oro consagrado á Apolo reposaba sobre las cabezas de las tres serpientes. Este trípode fué robado por los focios, pero la columna mantúvose intacta en Delfos hasta los tiempos de Constantino, en que éste la arrancó de la tierra sagrada de Grecia para embellecer su nueva ciudad del Bósforo.

Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de muchos siglos. El fanatismo cristiano de los bizantinos se ensañó en el monumento, viendo en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el populacho la atacó con palos y piedras. En tiempos del emperador Teófilo, el patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y á martillazos rompió las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos después la superstición musulmana reemplazó al fanatismo cristiano.

Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla, sobre su caballo ensangrentado, ebrio de cólera y de matanza, llegó á la plaza del Hipódromo, deteniéndose ante la triple serpiente, á la que tomó por un ídolo de los vencidos. ¡Pueblo execrable de infieles, adoradores del demonio!... Y lanzó su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia, que partió la única cabeza que aun se mantenía intacta. Después de este acto—según cuenta la tradición turca—, una invasión de serpientes vivas se esparció por Constantinopla, y el pueblo, poseído de supersticioso terror, respetó y reparó el monumento. Pero los ladrones acabaron la obra destructora de la superstición. La columna tentó su codicia, se dedicaron á robar fragmentos de ella, y fué vendido como vulgar metal el bronce contemporáneo de Temístocles, que aun conservaba legibles los nombres de las treinta ciudades griegas que tomaron parte en la guerra contra los persas, las mismas que menciona Plutarco.

Para encontrar otros vestigios de la dominación bizantina en esta Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de ella y seguir el extenso recinto de sus murallas.

Más de ocho kilómetros de longitud tienen las antiguas fortificaciones de Bizancio. Se sale de Stambul en ferrocarril, y el tren atraviesa extensas campiñas con pueblos que no son más que barrios apartados de Constantinopla. Desde la ventanilla del vagón se ven tierras desoladas, pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista con sus pequeñas tumbas blancas y apretadas, como un rebaño inmóvil que en vano busca un hierbajo en la tierra árida. ¡Y todo este suelo muerto, hollado muy de tarde en tarde por los pies del hombre, fué la antigua Bizancio!...

El tren, después de detenerse en varias estaciones, llega al lugar de donde arrancan las murallas, á orillas del Mármara, para extenderse hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una línea de ocho kilómetros en la parte más ancha de la península triangular.

Al descender del vagón el viajero cae en una soledad de cementerio. Míseros bancales mal cultivados vegetan á la sombra de las murallas, que son enormes, rojizas, con profundos socavones, más semejantes á restos de un cataclismo geológico que á obra de los hombres. Los torreones que antiguamente la flanqueaban son informes montículos por los que trepan las plantas parásitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una inundación sombría y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes á bocas viejas, en las que sólo queda el diente aislado de algunas almenas, crecen higueras salvajes, árboles silvestres que tienen siglos, parias de la vegetación que hunden sus raíces en sillares y argamasa y viven de chupar el jugo de la piedra; parasoles verdes y frondosos que agitan su cúpula bajo el viento de la estepa, en esta soledad, libres del hombre.

La llamada Torre de Mármol descuella en la confusión de escombros rojos y obscura hojarasca, con el brillo de su nítida blancura. Está en la orilla del mar, ó más bien dicho, en el mismo mar. La emanación salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del cielo no han conseguido empañar ni modificar su blancura. La torre parece sonreir al reflejarse invertida en la glauca entraña del Mármara que riza sus blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos templos, de columnas griegas, de lápidas sagradas. Vista de lejos parece de una sola pieza. De cerca revela el origen de sus materiales, en las inscripciones, los capiteles y las estrías arquitectónicas que aun se marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de Bizancio surgiendo entre la destrucción, obra de siglos, y el aniquilamiento, obra del invasor. Su cúspide está limpia de melenas vegetales. Las semillas silvestres no han encontrado jugo vital en el pulido mármol. Abajo los blancos cimientos se hunden en las aguas profundas y las algas agarradas al mármol forman una cabellera verde y ondulante. ¡Chap!... ¡chap! susurran las olas del Mármara, con lento compás, al batir esta torre desde hace más de mil años; y los largos filamentos verdes se rizan estremecidos á cada vaivén de las aguas, y arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes élitros en la rumorosa soledad. Y así vivirá aún, siglos y siglos, la Torre de Mármol, blanca como un panteón, olvidada de los tiempos en que lucían á sus pies las lanzas de los guerreros bizantinos, entraban en sus cámaras las damas del Bajo Imperio arrastrando túnicas bordadas, con escenas bíblicas. Apenas si presume ya este venerable monumento que existe el hombre. La vida humana sólo va á su encuentro de tarde en tarde, en forma de algún pelotón de viajeros que la fotografía de lejos. Ninguna nave atraca junto á sus muros, que aun guardan vestigios de anillas de bronce. Los barcos modernos son para ella leves manchas de humo que resbalan por el lomo remoto del mar solitario.

¿Cómo describir la gigantesca y aplastante monotonía de las murallas que partiendo de aquí van á buscar las aguas azules al otro lado de Stambul?... Media jornada se invierte en el viaje á lo largo de este recinto que un día fué la más imponente de las fortificaciones de la tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensación de una barda de corral arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre á la derecha el murallón rojizo, flanqueado de torres. Á trechos, la obra está entera y ofrece un aspecto majestuoso: más allá cae en ruinas, y por las brechas se ven terrenos yermos ó blancos cementerios. Las puertas antiguas que aun abren paso entre los dos desiertos, á un lado y á otro de la muralla, parecen gargantas del vacío. La soledad y la muerte por todas partes. Á la izquierda, la tierra es una inmensa necrópolis. Los turcos ricos buscan su tumba en la santa colina de Eyoub, en los cementerios próximos al Bósforo ó en el inmenso de Scutari. Aquí vienen á pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios, todos los que no tienen fortuna ó una familia que vele por ellos.