—¡Alteza! ¡Alteza!...

Y le besaron la mano como si llevase en ella el Santísimo Sacramento. Era una hija ó una nieta (no me enteré bien) del emperador de Austria. Y de igual categoría que ésta, aunque más simpáticas por su modestia, encontré en los pasillos á otras altezas, cuyo nombre no necesité preguntar por serme sus caras bien conocidas.

Cuando termina el espectáculo, la gran mayoría del público sale en silencio; pero algunos manifiestan su fervor á gritos.

—¡Sublime! ¡Inmenso!

Casi siempre son españoles, italianos ó franceses los que gritan entusiasmados. Pero sus voces suenan á falso, y parece que gritando intentan convencerse á sí mismos.

Han oído hablar del Festival Wágner como de algo extraordinariamente misterioso; han venido atraídos por la curiosidad, creyendo en lo sobrenatural del espectáculo, y salen de él dudando de la sensatez de su viaje, sintiendo cierta sospecha de haber sido engañados, diciéndose que, aparte de la sala á obscuras y de la orquesta subterránea, nada nuevo han visto.

X
El "Mozarteum"

Al ir de Munich á Viena, la primera población que se encuentra, pasada la frontera austriaca, es Salzburgo, famosa desde hace siglos como uno de los lugares más hermosos de la vieja Alemania.

Es una ciudad episcopal que hasta principios del siglo XIX estuvo regida por un príncipe-arzobispo, y sólo en 1816, después que el Congreso de Viena, repartiéndose los despojos del vencido Napoleón, rehizo el mapa de Europa, pasó á incorporarse á Austria. Construída en las dos orillas del Salzach, que corre entre verdes montañas, la población extiéndese por ambas laderas, rompiendo los densos bosques y asomando á trechos su edificación roja y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje. Una catedral gótica recuerda el gobierno de los príncipes mitrados; un castillo, el Hoen, domina uno de los panoramas más hermosos del mundo.

Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su antigüedad. Á pesar de las glorias históricas de sus arzobispos, de la hermosura de sus paisajes y de haber habitado en ella el famoso médico Teofrasto Paracelso, hoy dormitaría olvidada, como muchas poblaciones de la antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estación y sin otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el castillo y el arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del paseo. Un niño nacido en Salzburgo en 1756 ha bastado para dar una celebridad universal é imperecedera á la pequeña población alemana.