En primera fila están los pequeños, abiertos en extensa guerrilla y casi ocultos tras el violín; mucho más lejos, los padres, y todos tocando la cazarda, de ritmo desigual, endiablado y loco, con el busto echado atrás, el vientre saliente y la mirada perdida en lo alto, como si fuesen á desmayarse á impulsos de desconocida voluptuosidad. Es la actitud tradicional, el gesto de Rigo, que trastornó algo más que el seso á la inflamable princesa de Caramán-Chimay.
Al alejarnos de Presburgo ó de Pozsony, la navegación adquiere una hermosura monótona; siempre ante la proa una extensión de río enorme, con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte aparentemente en mansa laguna. En las riberas se ven colinas cubiertas de cepas, que producen los vinos rojos de Hungría y el famoso Tokay, ó enormes peñones, cuyas cimas coronan castillos arruinados.
Empiezo á arrepentirme de la larga navegación. Cae la tarde. El sol no es ya más que un charco de oro, que parece hervir en el horizonte entre montones de nubes negras. Su agonía se refleja en el Danubio, poblando de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno de las paletas de las ruedas. La fatiga de una navegación entre orillas que parecen siempre iguales, como si el río se repitiese á cada revuelta, empieza á apoderarse de mí. ¡Qué mala idea venir por el río! Fatal afición á lo raro, que hace preferir los viajes difíciles siempre que sean extraordinarios y no los hagan los demás.
Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal entre ella y la orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan á surgir blancos grupos de caserío y torres puntiagudas.
¡Budapest!... Nunca he experimentado sorpresa tan grande. La decepción de poco antes se cambia en alegría. Bendita idea la de venir por el Danubio y llegar embarcado á la capital de los magyares. Budapest es sencillamente la ciudad más hermosa de Europa al primer golpe de vista. No lo digo yo: lo afirman todas las guías y todos los viajeros.
Á la derecha del río, Buda, la ciudad antigua, extendiendo sobre una cadena de alturas sus recuerdos históricos. En la ribera izquierda, Pest, la población enorme, donde están los edificios recientes y las industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla á otra, siendo como el guión que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest.
Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al río en una regular extensión antes de penetrar éste entre las dos ciudades.
En una colina inmediata, rodeada de jardines, existe una pequeña mezquita de forma octógona. Llama la atención este templo musulmán, blanco y escrupulosamente cuidado, en el católico Budapest, que ostenta junto al Danubio la iglesia de San Matías, semejante á un castillo.
La mezquita guarda bajo su blanca cúpula la tumba de Gül Baba, santón turco, que sus compatriotas juzgaron sacrílego llevarse á Constantinopla al evacuar á Budapest. La obligación de conservar en buen estado la tumba del santo musulmán, figura en un artículo del Tratado de paz de Carlowitz, entre Austria y Turquía, en el siglo XVII, y los austriacos respetan el antiguo compromiso.
Esta huella de la dominación turca me hace recordar que estoy ya en las puertas del imperio de Oriente.