—Yo espanyol... Los mayores, de allá... Espanya terra bunita.
Abren los ojos desmesuradamente al decir esto; sonríen señalando al vacío, como si viesen á los mayores en su éxodo doloroso al ser expulsados de la terra bunita, y acaban por mirarme con la misma expresión de humildad sonriente que á los popes y á los fierabrás uniformados, cual si la vista de un español les abriese las carnes con amenazas de hogueras y degollinas. Pero su atávico terror de raza acobardada por luengos siglos de palos y despojos, no impide á estos dulces espanyoles que al día siguiente le suelten al compatriota moneda falsa en sus tiendas, ó le hagan pagar doble el paquete de cigarros ó la tarjeta postal.
En la plaza del mercado, poco después de la salida del sol, puede apreciarse el carácter pintoresco que aun guarda el pueblo servio. Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al hombro largos palos, de los que penden en balanza verduras, frutas ó volatería. Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro nacional, una tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores caen unas faldillas blancas que ocultan los bombachos y dejan al descubierto unas polainas de piel de cordero, ceñidas por las correas de puntiagudas abarcas. Las mujeres tapan sus trenzas con pañuelos puestos á la oriental, encierran el busto en una chaqueta redonda de amplias mangas, y sobre la ropa interior, de dudosa blancura, llevan arrollada, á guisa de falda, una pieza de tela gruesa de anchas fajas de colores semejante á un pedazo de alfombra. Son aún los campesinos de la dominación turca, el pueblo formado con los sedimentos de innumerables invasiones guerreras. En vano ofrece Belgrado cierto aspecto de civilización occidental, con sus tranvías, su alumbrado, sus tiendas, sus periódicos y su único teatro. El pueblo servio no es más que una tribu belicosa que cultiva la tierra.
La tragedia del Konak debió parecerle el suceso más natural del mundo. Matar á unos reyes para poner á otros en su sitio todavía caliente, es un hecho vulgarísimo en Servia. Alejandro no fué el primer soberano asesinado, ni será, ciertamente, el último.
Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor el ir por las calles al lado de un oficial ó de un pope. Los sacerdotes son innumerables, y en cuanto á militares, se ven, relativamente, más en Servia que en Alemania. Hay sotanas negras, verdes y azules, popes con faja y sin ella, con grandes pectorales ó con una simple cruz, y los uniformes militares son tan incontables que, dada la pequeñez de Servia, hay que creer que cada regimiento usa traje distinto. Pero todos los servios, vistan como vistan, lo mismo los que imitan las modas occidentales con la exageración propia de una ciudad de provincias, que los que siguen fieles á los antiguos usos; así los sacerdotes, los militares, los estudiantes saturados de teología ortodoxa y los altos empleados del Estado, como las damas que copian las novedades de Viena y París, todos tienen algo de inquietante, de rudo, de oriental y violento, adivinándose que una ligera raspadura en su moderno exterior basta para dejar al descubierto al bárbaro, al servio belicoso de otros tiempos, que fué el más implacable de los guerreros.
Mi curiosidad me lleva ante el Konak, un palacio no más grande que cualquier hotel de la Castellana. Esta monarquía, que sólo lleva cuarenta años escasos de existencia y ha tenido que improvisar todos los servicios de la vida moderna, manteniendo, además, por halagar el sentimiento nacional, un gran ejército, no permite á sus soberanos grandes lujos.
Recuerdo que cuando fueron asesinados Alejandro y Draga, al hacerse el inventario de la aventurera, de la Mesalina odiada por el pueblo, su ajuar resultó más insignificante que el de una mediana cocotte. Creo que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena. Su dormitorio lo tenía adornado con esas baratijas que regalan en los cotillones, lo mismo que una señorita pobre. Sobre la mesa de noche se encontró abierta una novela de Anatole France, que estaba leyendo en el instante que entraron los oficiales sable en mano para hacer pedazos á ella y á su esposo, como una pareja de bestias dañinas. Seguramente que este volumen era el único libro francés que existía en Belgrado.
Paso un día entero aburridísimo en la capital de Servia, aguardando la noche para tomar otra vez el tren de Oriente. Amortiguada la primera impresión de novedad, Belgrado me parece una odiosa población de provincias. Militares por todas partes, con su aire de perdonavidas, de bravos sin instrucción, que tienen metido en el puño á su país; popes que van de café en café empinando el codo con una sed insaciable; señoritas de ojos asiáticos y sombreros copiados de París, que pasean por la calle principal seguidas de estudiantes y cadetes; una banda de música que toca en el jardín de la Ciudadela, en una plazoleta rodeada de bustos de servios ilustres...
Salgo de la ciudad con el propósito de visitar, en una llanura lejana, la famosa «Torre de los Cráneos». Los turcos, para intimidar á los belicosos hijos del país, que les molestaban con una incesante lucha de guerrillas, elevaron la torre, cubriendo sus paredes con cráneos de servios desde los cimientos á las almenas. Hoy los cráneos han sido enterrados por la veneración patriótica, pero la torre sigue en pie, mostrando en su argamasa los innumerables alvéolos que contenían las calaveras.
Al ir á la estación y ver por última vez las calles de Belgrado, paso ante el pequeño teatro Real, que exhibe en su portada los anuncios de la función del día. Por ellos me entero con sorpresa de que estamos á 24 de Agosto, cuando yo creía vivir en el 6 de Septiembre. El calendario de la religión ortodoxa griega me regala trece días más de vida al pasar por el país de los Balkanes.