—Amigo López... ó amigo Fernández: ¡basta de broma! ¡Quítese el gorrito rojo, que le he conocido!

XVII
Constantinopla

Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del imperio y la llamó Nueva Roma, estaba lejos de imaginarse que su propio nombre prevalecería como título de la enorme ciudad.

No hay población que pueda compararse, por su belleza topográfica, con la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades. Pera y Galata, formando una sola agrupación urbana; Stambul, que ocupa el solar de la antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asiática.

Para dar una idea aproximada de la situación de esa triple ciudad, hay que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco de la Y es el final del mar de Mármara y la entrada del Bósforo; la rama de la izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa la ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la continuación del Bósforo, hasta dar con el Mar Negro.

En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama izquierda, está Stambul. En el espacio que existe entre las dos ramas, ó sea en la península limitada por el Cuerno de Oro y el Bósforo, se hallan asentadas Galata y Pera. Á lo largo del Bósforo, ó sea en todo el lado derecho de la Y, desde la base de la letra á su remate superior, están Scutari y demás poblados que pertenecen igualmente á Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Dos piastras (que son unos 60 céntimos) bastan para que un vigoroso remero turco, gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van y vienen por el enorme callejón acuático, entre el mar de Mármara y el mar Negro, os lleve en unos cuantos minutos de un continente á otro.

Las tres ciudades más importantes en la historia de la humanidad son Atenas, Roma y Constantinopla.

Grecia enseñó á los hombres el arte de pensar, el culto de la belleza, y aun hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de Roma regulan todavía la vida moderna. Constantinopla fué la intermediaria indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que si ella no hubiese existido, el mundo veríase privado de su más noble herencia, ignorando lo que filósofos, poetas y artistas pensaron y produjeron para nosotros hace tres mil años.

Es de uso corriente despreciar á Bizancio y desconocer la importancia histórica del imperio de Oriente.

Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fué poco noble, por su historia de miserias, crímenes y disensiones religiosas, que acababan siempre en derramamientos de sangre. El populacho, capitaneado por monjes bárbaros y falsos profetas, mataba ó moría defendiendo sutilezas teológicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos debían tener imágenes ó privarse de ellas, por si el Hijo era más ó menos que el Padre y el Espíritu Santo superior á los dos, el pueblo de «las discusiones bizantinas», saturado de nimias sutilezas de la decadencia griega, andaba á palos y cuchilladas en las callejuelas de Bizancio. Además, el Hipódromo, con los mil incidentes de sus carreras de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El color de los dos bandos de cocheros, el verde y el azul, dividía al pueblo bizantino en dos grandes partidos, y verdes y azules ocupaban el poder á fuerza de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el circo en campo de batalla.