Los graves sacerdotes, majestuosos y sibilinos, de este moderno santuario de la salud universal, son los médicos. Ochenta y cuatro he contado en la lista que figura por todos lados, en las esquinas, en los programas de los conciertos, en las cartas de cafés y restaurants, y hasta en las paredes de los mingitorios, para recordar á todas horas al olvidadizo viajero que estos imponentes personajes son los verdaderos soberanos de Vichy, y no debe nadie beber una gota de agua sin previa consulta.

Siendo á modo de grandes sacerdotes, inútil es decir que ocupan las mejores casas de la ciudad, lujosos hoteles, sonrientes villas rodeadas de flores, cuyos salones de espera están siempre llenos de clientes.

Con las aguas de Vichy no se puede jugar. Los graves hombres de la ciencia hablan de ellas como si fuesen terribles venenos. Cada vez que hay que aumentar la dosis en un sorbo, conviene consultarles previamente, con un luis de oro en la mano. Causa admiración la sabiduría, el tino con que estos respetables arúspices de la ciencia combinan la toma de las aguas de las diversas fuentes, armonizando unas con otras.

—Un vaso de la Grand Grille á tal hora; luego uno de Celestinos á tal otra. Más adelante variaremos y serán Chomet y Hôpital. Sobre todo, nada de prisas. La curación debe seguir su marcha.

¡Nada de prisas!... Lo mismo que los graves doctores piensan los hoteleros de Vichy, los dueños de cafés, los empresarios de teatros, hasta las Frinés del Parque, y esta unanimidad de pareceres convence al viajero, que no sabe cómo agradecer el interés que todos muestran por retenerle á su lado.

En torno de las fuentes, los bebedores de agua, apurando lentamente sus vasos, se preguntan á veces por sus dolencias. Uno tiene enfermo el hígado, otro la garganta, el de más allá sufre diabetes; una señora calla y enrojece, pensando en la tristeza de los árboles, que mueven sus copas sin llegar nunca á dar fruto... ¡Y todos beben lo mismo!

La humanidad, que desprecia la salud mientras la posee, guarda su fe más ciega para los que la consuelan y entretienen en la gran cobardía de la dolencia.

II
Aguas y música

El sol de las primeras horas de la tarde, filtrándose al través del follaje del Parque de Vichy, extiende un manto temblón de harapos de sombra y retazos de luz sobre la muchedumbre sentada en sillas de hierro, en torno del kiosco de la música. La orquesta, acompañada de lejos por las bocinas de los automóviles que pasan veloces, por el vocerío de los vendedores de periódicos que pregonan las últimas hojas llegadas de París, y por los gritos de los cocheros que invitan á pintorescas excursiones por las riberas del Allier, puebla el espacio con los lamentos de las ondinas del Rhin, llorando el mágico tesoro arrebatado por el maligno Nibelungo, con el melancólico adiós de Lohengrin al alejarse de Elsa, ó con la romántica Canción de la Estrella que entona Wolfram, el grave trovador, contemplando el astro del atardecer.