El tierno vagido del instrumento parece enardecer á los orientales, creyentes de una religión, en la cual la ausencia de estatuas y pinturas litúrgicas obliga al devoto á un continuo esfuerzo imaginativo para representarse los poderes ultraterrenos. Los fieles de la mezquita de Bakarié sueñan en pleno mediodía, bajo la luz de las ventanas llenas de azul y de sol, mecidos suavemente por los lentos trinos de la flauta.
¿Qué ven en sus ensueños? Huéspedes nada más del continente civilizado, europeos de paso, obligados á soportar una vida moderna extraña á sus costumbres y su tradición, su pensamiento va al más viejo de los mundos, á la venerable y misteriosa Asia, cuyas montañas casi pueden contemplarse desde los ventanales de la mezquita. El pastoril instrumento les hace ver los amarillentos rebaños escalando lentamente las colinas tostadas de la Siria y ramoneando sus hierbas olorosas; el fresco pozo del desierto al que llega el rudo jinete, mezcla de pastor y de pirata de la llanura, saludando á la doncella envuelta en velos que extrae el cubo con sus brazos redondos, en los que tintinean anillos de bronce; los arenales del Yemen, obscuros á la caída de la tarde, por cuyo horizonte pasan las filas de camellos, como cabeceantes y gibosos monstruos, sobre el cielo inflamado de rojo; los grupos de palmeras que ondean sus penachos de verdes plumas en los oasis que marcan el camino solitario hacia la Santa Meca; las tumbas venerables de Medina, cubiertas de polvo secular y ostentando entre andrajos de oro las pesadas cimitarras de los guerreros de Dios: las plácidas callejuelas de Damasco, de húmeda sombra y cerrados jardines; las rojizas y pedregosas colinas de Jerusalén, sobre las cuales parece haber pasado el soplo de hoguera del Gran Implacable; Bagdad, con sus mezquitas de cúpulas partidas y sus bazares como pueblos, adonde acuden las caravanas portadoras de fantásticas riquezas; Bassora, cuyos marineros desnudos pescan la perla: toda la gloria y todo el esplendor, latentes aún, de la raza semita, despreciada ó perseguida por los hombres modernos, y que sin embargo, un día, siguiendo las palabras de paz de Jesuhá, el hijo del carpintero, se hizo dueña de medio mundo y siglos después, repitiendo los gritos de Mohamed, el hijo del camellero, se enseñoreó del otro medio.
Un nuevo espectador de la fiesta se sienta junto á mí. Es un oficial de la escuadra turca, un joven teniente de navío, con su uniforme inglés modificado únicamente por el gorro rojo que cubre su cabeza. Los galones de oro de la bocamanga, rematados por un óvalo, brillan sobre el paño azul obscuro de la levita. Entre el alto cuello de inmaculada blancura, que refleja los objetos inmediatos como un espejo, y la nítida pechera de su camisa, resalta la corbata anudada de seda negra, con una gruesa perla. Lleva en la mano sus zapatos de charol y sus pies huellan la alfombrilla de junco con sus calcetines de seda. Al pasar, parece sonreirme con los ojos, como á una persona que no se conoce, pero que se ha visto con frecuencia. Todas las noches le encuentro en el barrio europeo de Pera, en el teatro de Petits-Champs, donde actúa una compañía de opereta francesa. Unas veces lleva su uniforme, otras viste de smoking, y mientras se atusa los empinados bigotes á lo kaiser, mira amorosamente, á través de sus lentes de oro, á las cocottes de diversas nacionalidades que pululan en Constantinopla, y habla con ellas en diversos idiomas. Se adivina que ha vivido en París y en Londres, que es un marino de largos viajes... en tierra, un secretario de comisiones internacionales, un agregado militar de embajadas. ¿Qué extraña curiosidad le guiaba á la mezquita de Bakarié?...
Se sentó en el suelo, cruzando sus piernas, oprimiéndolas con las manos para aproximarlas más al tronco. Escuchó inmóvil la plegaria del cantor, y poco á poco su cuerpo empezó á moverse con un balanceo creciente, lo mismo que los otros fieles. Luego el susurro de la flauta le sumió, como á los demás, en profunda meditación.
Cuando volví á mirarle, sus lentes habían caído sobre el pecho. Un arrebol de sangre coloraba su rostro, antes pálido. Su pelo, lustroso y plano á los dos lados de la raya central, parecía alborotado por un espeluznamiento de cólera. Su ancha nariz turca, nariz de caballo leal y arrogante, ensanchábase palpitante como si oliese pólvora. Sus ojos miopes, al encontrarse con los míos, reflejaron una extrañeza hostil y salvaje. El azul uniforme, con sus insignias europeas, parecía despegado de su cuerpo.
Aquel marino era la personificación de la Turquía europea que se apropia los inventos modernos, copia la organización alemana, habla todos los idiomas de los pueblos civilizados, y adopta las modas de París... pero guardando bajo este exterior su alma asiática.
Me imaginé al amigo de las cocottes de Petits-Champs, al marino casi inglés, al elegante agregado de embajada, al que yo creía un escéptico y alegre vividor, escuchando á un imán que proclamase la guerra santa; y vi al asiático despojándose de golpe de su complicado disfraz de europeo y agitando en una punta del sable una cabeza cortada, lo mismo que los grandes capitanes de Mohamed blandían sus cimitarras tintas en sangre para demostrar la unidad de Dios.
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En el coro de la mezquita de Bakarié, el flautista sagrado sigue improvisando trinos ó lanza agudas y gimientes notas, mientras abajo, acurrucados sobre el lustroso pavimento, meditan los derviches danzantes.
De pronto suena un golpe sobre la madera. Es el Cheik, que ha salido de su inmovilidad dejando caer las dos manos sobre el suelo, como si fuese á desplomarse. Un sonoro redoble contesta á este movimiento. Todos los derviches dejan caer igualmente sus manos á un mismo tiempo, quedando á gatas, con el enorme gorro junto al suelo.