En Nápoles (país de los concursos de romanzas, que cada año da al mundo una canción de moda) los músicos callejeros y las orquestas de los cafés no tienen otra música amada que la de Caballero, Chapí, Chueca y otros españoles.

En Venecia, la de las serenatas románticas, he visto las góndolas cargadas de cantores y orladas de luces, navegar por el Gran Canal, bajo las ventanas de los hoteles, poblando el silencio de la noche con la «Marcha de los marineritos» de La Gran Vía.

Cada país debe alegrarse por lo que tiene, sin detenerse á desentrañar y aquilatar su mérito, pues peor es no poseer nada y no despertar la atención más allá de las fronteras.

La fama de hermosura y gracia de la mujer española la sostienen hoy, desde París á San Petersburgo, todas esas muchachas que, con apodos más ó menos extraños, bailan ó cantan «cosas de la tierra». Sólo cuando aparece en la escena un mantón con flecos y un pavero ladeado sobre un moño con claveles se acuerda el gran público de que existe España. Cuando las orquestas acarician los nervios de la muchedumbre con la música fácil, alegre y bizarra del llamado género chico, se enteran en Europa de que existe un arte español y de que en la Península nos dedicamos á algo más que á matar toros.

Á muchos les parecerá un sacrilegio lo que voy á decir, pero no por esto es menos cierto. La música de La Gran Vía la tocan más en el mundo y es más conocida que la de El anillo del Nibelungo. Ya sabemos que Chueca no es Wágner. Pero la inmensa mayoría de los que escuchan conciertos en el extranjero, aunque fingen por snobismo una admiración de personas correctas hacia las obras consagradas, prefieren en su interior el «Caballero de Gracia» á todos los caballeros del Santo Graal.

III
Las mesas verdes

El Casino de Vichy es una construcción enorme y blanca, con adornos serpenteantes de «arte nuevo». Contiene un teatro espléndido, en el que todas las noches se cantan óperas ó actúan las «estrellas» de la Comedia Francesa y del Odeón, que hacen su tournée anual: sala de conciertos, grandes salones de baile, gabinete de lectura, una rotonda con espejos colosales, y el oro chorreando por todas las tallas y adornos de los muros... Es, en fin, á modo de una catedral moderna, dedicada á toda clase de diversiones.

De día se forman elegantes grupos de claros colores, bajo las marquesinas de sus terrazas ó á la sombra de los plátanos de sus jardines; de noche brilla como un palacio de leyenda, marcando con innumerables bombillas eléctricas, sobre la lobreguez del espacio, las líneas de sus cornisas, la esbeltez de sus columnas y las armónicas curvas de su cúpula central.

En este santuario de las diversiones, al que acude todo Vichy, existe como capilla predilecta un salón blanco, enorme y de alto techo, que tiene sus fieles inconmovibles y fijos desde las primeras horas de la tarde hasta las últimas de la madrugada, y en el que se entra con cierto recogimiento, bajando el tono de la voz y aminorando el ruido de los pasos. Imponentes criados de empaque principesco indican al abrir la cancela de cristales que hay que despojarse del sombrero, y el visitante avanza respetuosamente después de esta advertencia, pisando muchas veces las colas de los vestidos femeniles y pidiendo perdón á todas las espaldas que empuja á su paso.

Aglomérase la gente en torno de una docena de mesas verdes. Junto á ellas están sentados los jugadores de importancia, graves, mudos, con caras de palo y ojos inexpresivos, moviendo las manos cargadas de billetes y fichas sobre los cuadros marcados en la bayeta verde, ó llevándoselas al pelo con lentos rascuñones que delatan la emoción. Contra sus dorsos se empuja y se aplasta la turba de los mirones, que apunta de tarde en tarde y sigue con interés anhelante las peripecias del juego; señoras maduras y pintarrajeadas, cubiertas de joyas de empañado brillo; cocottes de perfil hebraico; correctos señores condecorados con un tic de maniáticos en sus hoscas facciones. Todos se empujan con una vehemencia febril. Brilla en las miradas un fuego malsano. Los ojos, que siguen el vaivén de los azules billetes, entre la paletada del banquero y las manos de los jugadores, son ojos que se ven en los juicios orales ó en la primera plana de los periódicos cuando relatan un crimen sensacional. Pero el aspecto de esta gente no puede ser más correcto y honorable. Ellas, aventureras de incierta nacionalidad y edad misteriosa, descotadas y con grandes sombreros; ellos, elegantes, ostentando en la solapa del smoking condecoraciones de raros colores, son hombres de una gallardía profesional que hace recordar á las mundanas retiradas del pecado, y todavía caprichosas, que aparecen una mañana degolladas en su lecho, con la caja de las alhajas vacía.