¡La instrucción!... Una gran cosa, capaz de infundir respetabilidad hasta a los mayores pecados.
V
—Que te iga quién es, o que se lo yeven los demonios. ¡Mardita sea la suerte!... ¿Es que no podrá uno dormir?...
El Nacional escuchó esta contestación al través de la puerta del cuarto de su maestro, y la transmitió a un peón del cortijo que aguardaba en la escalera.
—Que te iga quién es. Sin eso, el amo no se levanta.
Eran las ocho. El banderillero se asomó a una ventana, siguiendo con la vista al peón, que corría por un camino frente al cortijo, hasta llegar al lejano término del alambrado que circuía la finca. Junto a la entrada de esta valla vio un jinete empequeñecido por la distancia: un hombre y un caballo que parecían salidos de una caja de juguetes.
Al poco rato volvió el jornalero, luego de hablar con el jinete.
El Nacional, interesado por estas idas y venidas, le recibió al pie de la escalera.
—Ice que nesesita ve al amo—masculló atropelladamente el gañán—. Paece hombre de malas purgas. Ha icho que quié que baje en seguía, pues tié una rasón que darle.