—¡Jo! ¡jo! Yo te creía más grande, Plumitas... Pero no le hase; así y too, eres un güen mozo.

El bandido se dirigió al espada:

—¿Pueo almorzar aquí?

Gallardo tuvo un gesto de gran señor.

—Nadie que viene a La Rinconá se va sin almorzar.

Entraron todos en la cocina del cortijo, vasta pieza con chimenea de campana, que era el sitio habitual de reunión.

El espada se sentó en una silla de brazos, y una muchacha, hija del aperador, se ocupó en calzarle, pues en la precipitación de la sorpresa había bajado con sólo unas babuchas.

El Nacional, queriendo dar señales de existencia, tranquilizado ya por el aspecto cortés de esta visita, apareció con una botella de vino de la tierra y vasos.

—A ti también te conosco—dijo el bandido, tratándole con igual llaneza que al picador—. Te he visto clavar banderiyas. Cuando quieres lo hases bien; pero hay que arrimarse más...

Potaje y el maestro rieron de este consejo. Al ir a tomar el vaso, Plumitas se vio embarazado por la carabina, que conservaba entre las rodillas.