Al reparar en la única mujer que estaba en el patio y reconocerla, no mostró extrañeza.

—¡Usté por aquí, señá Carmen! ¡Tanto güeno!...

Y hablaba tranquilamente, como si a él, en la somnolencia en que le tenía siempre el vino y la propia bestialidad, no pudiera asombrarle nada del mundo.

—¿Ha visto usté a Juan?...—prosiguió—. Se ha acostao en el suelo, elante del toro, en los mismos hosicos. Lo que hase ese gachó no lo hase nadie... Asómese a velo, que hoy está mu güeno.

Le llamaron desde una puerta, que era la de la enfermería. Su compañero el picador deseaba hablarle antes de que lo trasladasen al hospital.

—Adió, señá Carmen. Voy a ve qué quié ese probesito. Una caía con fratura, según disen. Ese no pica en toa la temporá.

Carmen se refugió bajo las arcadas, queriendo cerrar sus ojos para no ver el espectáculo repugnante del patio, pero al mismo tiempo sentíase atraída por el rojo mareador de la sangre.

Los «monos sabios» conducían de las riendas los caballos heridos, que arrastraban sus entrañas por el suelo, soltando al mismo tiempo por debajo de la cola una diarrea de susto.

Al verlos, un encargado de las cuadras comenzó a mover pies y manos, agitado por una fiebre de actividad.

—¡Fuerza, valientes!...—gritó dirigiéndose a los mozos de las caballerizas—. ¡Duro! ¡duro ahí!