—¡Si hubieses visto aquéllo!... Pero entonces tú y los de tu época estabais mamando o no habíais nacido.
Otros entusiastas iban entrando en el comedor, con mísero pelaje y cara famélica: revisteros obscuros en periódicos que sólo conocían los lidiadores a quienes se dirigían sus elogios y censuras; gentes de problemática profesión, que aparecían apenas circulaba la noticia de la llegada de Gallardo, asediándolo con elogios y peticiones de billetes. El común entusiasmo confundíales con los otros señores, grandes comerciantes o funcionarios públicos, que discutían con ellos acaloradamente las cosas del toreo, sin sentirse intimidados por su aspecto de pedigüeños.
Todos, al ver al espada, le abrazaban o le estrechaban la mano, con acompañamiento de preguntas y exclamaciones.
—Juanillo... ¿cómo sigue Carmen?
—Güena, grasias.
—¿Y la mamita? ¿La señora Angustias?
—Tan famosa, grasias. Está en La Rinconá.
—¿Y tu hermana y los sobrinillos?
—Sin noveá, grasias.
—¿Y el mamarracho de tu cuñado?