El torero bebía una caña, ofrecía otra a la novia, y decía al muchacho:
—Di a esos señores que muchas grasias y que pasaré por la tienda en cuanto acabe... Dile también al Montañés que no cobre, que Juan Gallardo lo paga too.
Y así que acababa su charla con la novia, metíase en la tienda de bebidas, donde le esperaban los obsequiantes, unas veces amigos entusiastas, otras desconocidos que deseaban beberse unas cañas con el torero.
Al regreso de su primera correría como matador de cartel pasó las noches del invierno junto a la reja de Carmen, envuelto en su capa de corta esclavina y graciosa ampulosidad, de un paño verdoso, con pámpanos y arabescos bordados en seda negra.
—Me han dicho que bebes mucho—suspiraba Carmen pegando su cara a los hierros.
—¡Pamplina!... Orsequios de los amigos que hay que degolver, y na más. Ya ve: un torero es... un torero, y no va a viví como un fraile de la Mersé.
—Me han dicho que vas con mujeres malas.
—¡Mentira!... Eso era en otros tiempos, cuando no te conosía... ¡Hombre! ¡Mardita sea! Quisiera yo conosé al hijo de cabra que te yeva esos soplos...
—¿Y cuándo nos casamos?—continuaba ella, cortando con esta pregunta la indignación del novio.
—En cuanto se acabe la casa, y ¡ojalá sea mañana! El mamarracho de mi cuñao no acaba nunca. Se conose que le va bien, y se duerme en la suerte.