Y apartando sus ojos del torero, perdíanse éstos en vagorosa contemplación, como si se fijasen en algo invisible.
—¡El primer hombre del mundo!—exclamaba don José con brutal entusiasmo—. Créame usted, Sol, no hay dos mozos como éste. ¿Y su resistencia para las cogidas?...
Satisfecho de la fortaleza de Gallardo, como si fuese su progenitor, enumeraba las heridas que llevaba recibidas, describiéndolas como si las viese a través de las ropas. Los ojos de la dama le seguían en este paseo anatómico con sincera admiración. Un verdadero héroe; tímido, encogido y simplote, como todos los fuertes.
El apoderado habló de retirarse. Eran más de las siete, y a él le esperaban en su casa. Pero doña Sol púsose de pie con sonriente violencia, como si quisiera oponerse a su marcha. Debía quedarse. Comerían con ella: una invitación de confianza. Aquella noche no esperaba a nadie. El marqués y su familia se habían ido al campo.
—Estoy solita... Ni una palabra más: yo mando. Se quedarán ustedes a hacer penitencia conmigo.
Y como si sus órdenes no pudieran admitir réplica, salió de la habitación.
El apoderado protestaba. No: él no podía quedarse; había llegado de fuera aquella misma tarde, y su familia apenas le había visto. Además, tenía invitados a dos amigos. En cuanto a su matador, le parecía natural y correcto que no se marchase. Realmente, la invitación era para él.
—Pero ¡quédese usted al menos!—decía angustiado el espada—. ¡Mardita sea!... No me deje usté solo. No sabré qué haser; no sabré qué desir.
Un cuarto de hora después volvió a aparecer doña Sol, pero con distinto aspecto, sin la negligencia exótica con que los había recibido, vistiendo uno de aquellos trajes enviados de París, modelos de Paquin, que eran la desesperación y el asombro de parientas y amigas.
Don José volvió a insistir. Se iba, era inevitable; pero su matador se quedaba. El se encargaría de avisar a su casa para que no lo esperasen.