Doña Sol pareció despertar.
—¡Pobrecito! Le han hecho daño. ¡Y he sido yo!... ¡yo, que a veces estoy loca! Déjame que te bese el mordisco, para curártelo. Déjame que te bese todas esas cicatrices tan monas. ¡Pobre de mi brutito, que le han hecho pupa!
Y la hermosa furia volvíase humilde y tierna, arrullando al torero con gestos de gata.
Gallardo, que entendía el amor a la antigua usanza, con intimidades iguales a las de la vida matrimonial, jamás consiguió pasar una noche entera en casa de doña Sol. Cuando creía sometida a la hembra en fuerza de amorosas generosidades, estallaba la orden imperiosa, el despego de la repugnancia física.
—Márchate. Necesito estar sola. Ya sabes que no puedo aguantarte. Ni a ti ni a nadie. ¡Los hombres! ¡qué asco!...
Y Gallardo emprendía la fuga humillado y triste por los caprichos de esta mujer incomprensible.
Una tarde, el torero, viéndola inclinada a las confidencias, sintió curiosidad por su pasado, queriendo conocer a los reyes y los grandes personajes que, al decir de la gente, habían transcurrido por la existencia de doña Sol.
Esta respondió a su curiosidad con una mirada fría de sus ojos claros.
—¿Y a ti qué te importa eso?... ¿Tienes, acaso, celos?... Y aunque fuese verdad, ¿qué?...
Permaneció silenciosa largo rato, con la mirada vaga: su mirada de locura, acompañada siempre de pensamientos absurdos.