DESCANSO X.

F

Fuimos caminando con el arriero la mitad del camino al pié de la letra, y la otra como tercios de pescado cuando al arriero se le antojaba; que era mozo resuelto, de condicion desapacible, enseñado á perder el respeto á los estudiantes novatos, y así nos quiso hacer una burla en un pueblo pequeño, y en parte la hizo; lo uno por llevar sus mulos descansados, y lo otro porque pensó quedándose solo derribar la fortaleza de una mujercita de buena gracia que iba en nuestra compañía, destituyéndola del arrimo y apoyo que llevaba con cierto oficial que se habia de casar con ella. Fingió que le habian hurtado un zurron de dineros, y que la justicia venia á prendernos á todos para darnos tormento hasta averiguar quién lo tenia: y junto con esto juró que nos habia de dejar en la cárcel, y caminar con los mulos lo que pudiese, que para muchachos sin esperiencia, cualquiera temor de estos bastaba: creímoslo como si fuera verdad averiguada, y encareciólo de manera que nos hizo andar toda aquella noche, tras lo que habíamos caminado el dia antes, cinco ó seis leguas, y no caminando, sino huyendo por dehesas y montañas fuera de camino, sin guia que nos pudiese alumbrar por donde íbamos; y él se quedó riendo, importunando con requiebros y mal lenguaje á la pobre mujer sola y sin defensa; pero no le sucedió como pensaba, porque el ruido que él habia hecho habia sido por medio de un alguacilejo amigo suyo: y la mujer como valerosa, despues de haberse defendido de la violencia, que con ella quiso usar, tuvo modo como escabullirse de él, y yéndose al Alcalde, le dijo con grandísima accion de palabra y sentimiento, que aquel arriero habia hecho una estratagema y maraña muy perniciosa, por aprovecharse de ella y quitarle el remedio que consigo traia: Creyólo el buen hombre, así por conocer la desvergüenza y mal trato del arriero, como por atajar el daño, que á la pobre mujer le podia suceder; y afeándole este caso y la inhumanidad que habia usado con los estudiantes, le mandó que diese fianzas, que llevaria muy regalada á la mujer, sin hacerle agravio ni ofensa, y que no le castigaba muy gravemente por no desaviar la jornada á los estudiantes: y amonestóle, que mirase cómo procedia, porque le castigaria con todo rigor, sin tener respeto á cosa alguna, si por el camino iba haciendo insolencias, y mandóle con esto que se aviase muy de mañana para recoger á los cansados y hambrientos estudiantes: ¡oh arrieros, impía gente y sin caridad! ¡crueles contra su misma naturaleza! No conocen á nadie más de en cuanto le están quitando el dinero. Y así los castiga Dios, porque tienen muchas posadas y pocos amigos. Todos los géneros de gente aman la piedad, si no son estos. El dia que no hacen alguna burla á los caminantes, no están en sí. Tratan con bestias, y así se van convirtiendo en su naturaleza. No se ha visto que llevando bestias vacías aliviasen del trabajo y cansancio del camino á algun miserable; parece que les falta el uso de la razon natural como á este, que no pudiera uno de ley contraria usar con nosotros más exorbitante bellaquería que hacernos huir de noche, cansados de haber caminado el dia antes, sin más ocasion que cometer dos enormes maldades. Íbamos huyendo, y por no ser sentidos, y en tropa, dividímonos cada cual por donde mejor le pareció. Yo seguí una media vereda, que estaba bien cubierta de árboles; hice cuanto pude de mi parte por no quedarme más atrás de los otros, pero mi cansancio era de modo que en poco espacio á ninguno de todos sentia. Puse el oido en la tierra, que de este modo se oyen mejor los pasos aunque estén algo lejos: no sentí cosa que me hiciese compañía. Traspúseme un poco, y luego díme priesa á andar, volviéndome hácia atrás, pensando que iba adelante, y así cuanto más andaba y me apresuraba, menos esperanza tenia de alcanzar los compañeros: hácia las espaldas me parecia que oía perros ladrar algo lejos, que como los compañeros iban apriesa alteraban estos animalejos. Como no estaba ejercitado en caminos, y el dia antes se habia trabajado en eso, el sueño, como descanso general de todos los miembros, solicitaba sus horas diputadas, y no pudiendo ya más conmigo, rendíme al cansancio y al sueño. Topéme con un alcornoque, bien ancho de tronco, y por una parte descorchado, de suerte que formaba un arrimo á modo de alacena, donde pude arrimar y reclinar las molidas espaldas. Dejéme dormir; pero como no se duerme bien sentado, caíme de lado como una cosa muerta. Desperté á cabo de un rato, porque parecia que me andaban hormigas por el rostro, limpiélas con la mano y volvíme del otro lado: torné á recordar, porque sentí lo mismo; pero como el cansancio era tanto, y el sueño tan profundo, aunque algo temeroso de la soledad en que me veia, dejéme caer tercera vez en el mismo lugar. No mucho despues, aunque el sueño no mide el tiempo, desperté á una tristísima y cansada voz de un ¡ay! que al parecer salia de las entrañas de la tierra, que hizo en las mias tal armonía, que por poco me faltara el aliento y la vida; mas teniendo la respiracion, así por el temor como por tornar á escuchar con atencion la dolorosa voz, sentí otra más cerca de mí, que como habia unas matas un poco altas, no veia el instrumento de donde salia.

Ya yo estaba casi para espirar, ó para hacer alguna flaqueza indigna de hombre de pecho, cuando muy cerca de mí, tanto que veia el bulto, sonó tercera vez la voz diciendo: ¡Ay de mí, más infelice y sola que cuantas padecen cautiverio, servidumbre en las mazmorras de crueles é inclementes moros! ¡ay de mí, la más desventurada que las que han visto despedazar sus hijos en su presencia! ¡ay, más sin remedio y consuelo que las ya condenadas por sentencia de rigoroso juez! ¡Oh sitio maldito, árbol descomulgado, testigo de dos muertes, por quien yo diera mil vidas, si las tuviera! ¿Qué exequias hará quien desea morir sin ellas, siendo homicida de sí propia? ¿Con qué llanto podré entregarme á la rabiosa muerte que tanto huye de mí? ¿Cuántos dias y noches vengo á ver si puedo acompañar estos despedazados miembros? Yo me levanté, y estando ella junto á mí, sin hacer movimiento, y yo temblando, me dijo: ¿Eres acaso sombra que vienes enviada de la region de los muertos á llevarme á la compañía de mi esposo y de mi amigo? Si eres de allá, ya sabes que en este mismo lugar adonde estás, mi amante dió la muerte á mi esposo sin consentimiento mio, por gozarme á solas y con libertad, y que en ese mismo árbol el amante, que me habia quedado para consuelo, pagó la culpa de su delito. Veslo ahí sobre tí colgado, siendo mantenimiento de aves y animales. Yo, escandalizado, alcé el rostro, y ví, porque ya comenzaba á amanecer, á aquel cuyos gusanos andaban por mi rostro, cuando yo pensaba que eran hormigas: y confieso que con el horrendo espectáculo de la desesperada mujer, y con el hediente espantajo del árbol, si no hubiera luz, me cayera muerto, cortado y sin fuerzas; mas para no hacerlo, me ayudó el oir los cencerros y campanillas de la recua del arriero, que ya salia del pueblo, porque como arriba dije, pensando que iba delante, me iba hácia atrás, y á él le hicieron salir más de mañana que solia, porque fuese á recoger los engañados estudiantes. Y prosiguiendo la miserable mujer, dijo: Y si eres cosa de este mundo, huye de este execrable lugar, y déjame proseguir mis acostumbradas exequias, desesperado mantenimiento con que me desayuno todas las mañanas: y bien pudo dudar la irremediable mujer si yo era fantasma ó vision horrible de los olvidados sepulcros; porque el temor me habia chupado los carrillos, alargando el rostro y teñido el color de rojo en pajizo: la falta del sueño me tenia hundidos los ojos á lo último del colodrillo: el hambre prolongado el pescuezo vara y media, y el cansancio desjarretado piernas y brazos; el ferreruelo tenia hecho turbante sobre la cabeza: miren qué figura para no juzgarme por del otro mundo, y no digo lo demás por mi honra. No pude responder palabra, ni ofrecerle ningun favor, porque para mí le habia menester. No acertaba á apartarme de aquella más que horrible mujer, de ojos encarnizados y hundidos, nariz prolongada, rostro arrugado y hambriento, dientes amarillos, labios negros, barba aguzada, el cuello que parecia lengua de vaca: torcíase las manos que parecian dos manojos de culebras, y todo lo demás á esta traza. El temor me tenia trabado el entendimiento, y el entendimiento las demás acciones que podian aprovecharme para partirme de ella; pero alentándome lo mejor que pude, y pude muy mal, fuí moviendo los piés como toro desjarretado, maldiciendo la soledad, y á quien quiere andar sin compañía; considerando qué bien puede traer, si no es estas cosas y otras peores; ¿qué temores no trae? ¿qué imaginaciones no engendra? ¿qué males no causa? ¿qué desesperaciones no ofrece? Los que tienen aborrecida la vida, buscan la soledad para acabarla de presto. Quien huye la compañía, no quiere ser aconsejado en su mal. ¿Hay más apacible cosa que la compañía? ¿ni más odiosa que la soledad? ¿cuántas desdichas, cuántos robos, cuántas muertes suceden cada dia por ir sin compañía? ¿cuántas venganzas se ponen en ejecucion, que no se pondrian sino por la soledad? Al solo nadie le va la mano en el mal, ni le ayuda en el bien. ¡Ay del solo que si cae, no hay quien le ayude á levantar! Ándese quien quiera solo, que la soledad sólo es buena para Santos ó para poetas, que los unos tratan con Dios, que los acompaña, y los otros con su imaginacion, que los desvanece.


DESCANSO XI.

C

Con estas solitarias consideraciones llegué al camino, donde viéndome el arriero, con más blandas palabras que solia, paró la recua, y con cortesía y afabilidad me dijo que subiese, doliéndose mucho de la mala noche que habíamos padecido. Y aun si bien lo supiérades, dije yo, y preguntando á la mujer que venia con él, qué novedad era aquella, respondió lo referido. Los demás, con el marido de la buena mujer, hallámonos ya hartos de dormir y comer: yo, aunque me preguntaron cómo me habia quedado atrás, no respondí más de que habia errado el camino. Del cuento sucedido no les dije palabra; lo uno por pensar que pudiera haber sido ilusion del enemigo del género humano, lo otro porque las cosas tan estraordinarias hacen diferentes efectos en los que las oyen, y el más cierto es reirse y dar matraca á quien las cuenta. Las cosas en que puede ponerse duda no se han de decir sino á los muy particulares amigos, ó los discretos, que las reciben como ellas son. No todos tienen capacidad para oir cosas graves. Verdades que pueden escandalizar y alborotar los pechos, cuando no es necesario, no se han de decir. Yo reventaba por hablar; pero consideraba que me ponia á peligro de no ser creido. Más vale callar que dar ocasion de incredulidad ó murmuracion. La admiracion da ocasion al silencio, y de esta vez quise ver si podia enseñarme á callar. Fuimos nuestro camino sin suceder cosa notable, yo callando, y los demás preguntándome la causa: yo respondia no más de que era condicion natural mia: pero en todo el camino no se apartó de mi imaginacion la mujer, el árbol, la fruta, y la cama llena de gusanos, hasta que llegamos á Salamanca, donde la grandeza de aquella Universidad hizo que me olvidase de todo lo pasado. Alegróse mi alma de ver que los ojos gozasen lo que tenian los oidos y los deseos llenos de la soberbia fama de aquellas academias que han puesto silencio á cuantas ha habido en el mundo. Ví aquellas cuatro columnas sobre quien estriba el gobierno universal de toda la Europa, las bases que defienden la verdad católica. Ví al Padre Mancio, cuyo nombre estaba y está esparcido en todo lo descubierto, y otros excelentísimos sugetos, con cuya doctrina se conservan las facultades en su fuerza y vigor. Ví al Abad Salinas, el ciego, el más docto varon en música especulativa que ha conocido la antigüedad, no solamente en el género diatónico y cromático, sino tambien en el armónico, de quien tan poca noticia se tiene hoy, á quien despues sucedió en el mismo lugar Bernardo Clavijo, doctísimo en entender y obrar, hoy organista de Felipe Tercero. En comenzando á beber del agua de Tórmes, frigidísima, y á comer de aquel regalado pan, me cuajé de sarna, como les sucede á todos los buenos comedores, de manera que estudiando una noche la leccion de súmulas me comencé á rascar los muslos al sabor de unos carboncillos que tenia encendidos en un tiesto de cántaro, y cuando volví en mí los hallé tan desollados, que con el agua que destilaban me quedé hecho un alquitara, y por quince dias me negaron la obediencia y respeto; daño en que ordinariamente caen los principiantes en Salamanca, porque como el pan es blanco, candeal y bien sazonado, y el agua delgada y fria, sin consideracion comen y beben, hasta cargarse unos de la perruna, y otros de la gruesa, y así es menester que los que comienzan nuevos en Salamanca, lo uno por la frialdad y sutileza del agua, y lo otro porque los estudiantes van hechos al regalo de sus casas, y de sus padres y tierras, y con la poca edad se recibe más fácilmente el daño; fuera de que entrando con éste cuidado, la templanza es la que conserva la salud y aviva el ingenio.