DESCANSO XIII.
S
Salí de Salamanca sin dinero que bastára para dejar de ser peon, y como era fuerza el serlo, acordándome de la poca poblacion que habia en Sierra Moreda, por aquella parte de la Hinojosa, que habia quince leguas sin poblado, y por no dejar de ver á Madrid, y á Toledo, vine por esta máquina, pasé por Toledo y Ciudad Real, donde una monja muy virtuosa y principal, llamada Doña Ana Carrillo, me regaló y ayudó para el camino. Saliendo de Ciudad Real me encontré con un mozo de muy buen talle, que parecia extrangero: fuimos caminando hácia Almodóvar del Campo, y topamos con dos gentiles hombres en el camino, que llevaban entre los dos un muy gallardo macho, remudando á veces de cuando en cuando. Trabamos conversacion con ellos, y parece que se inclinaron á no dejarnos atrás. Colegí de su modo de proceder, que serian lengua de dos mercaderes, que iban á la feria de Ronda con muy gentil dinero, que á mí me dió gusto por ser aquel mi viaje. No me pareció bien, y con gran cuidado les miré á las manos, y las bocas. Entramos en una misma posada, y como yo llevaba tragada la malicia, y andaba sobre aviso, no hablaban palabra que fingiéndome dormido no se la entendiese. El uno de ellos no hacia sino entrar y salir en la posada, hasta que ya topó con la de los mercaderes. En amaneciendo cogió el uno de ellos una cabalgadura, y se partió delante, llevando para cierto efecto una graciosísima sortija (que no pudieron dar la traza, sin que yo la oyese). Fuése aquel delantero, como criado, y quedóse esotro como señor. Muy por la mañana aderezó su macho, y estubo con mucho cuidado aguardando á que pasasen los mercaderes: en pasando, hízose encontradizo con ellos, y preguntóles con grande comedimiento, adónde caminaban, y respondiéndole ellos, que á la feria de Ronda, hizo grandes desmostraciones de holgarse, diciendo: Mejor me ha sucedido que pensaba, en haberme encontrado con tan principal compañía; porque voy á la misma feria, á comprar un atajuelo de doscientas ó trescientas vacas, y por no haber andado este camino, á lo menos de las Ventas Nuevas adelante, iba con algun recelo de mil daños, que suelen suceder á los que llevan dinerillo, y habiendo encontrado con vuesas mercedes, iré muy consolado, así por la buena compañía, como porque vuesas mercedes me encaminarán allá, pues tienen más inteligencia que yo para lo que voy á comprar. Ellos le ofrecieron de ayudarle, y hacerle amistad en la feria, por ser muy conocidos en la ciudad. Estos dos bellacones, que iban en seguimiento de los mercaderes, á lo que despues entendí, eran de un género de fulleros, que entre ellos llaman donilleros: fueron riendo por el camino, porque el fullerazo era grande hablador, y les iba diciendo cuentos, con que los entretenia con mucha gracia y donaire. Yo por no perderlos hasta ver el fin, andaba lo más que podia asiéndome de cuando en cuando al estribo, ó al trancado del macho, que como dije que iba á la feria de Ronda, y era natural de ella, los mercaderes me animaban y esperaban á ratos. Llegando cerca de cierta venta, que la mitad del año está desamparada, puesta en una ladera á mano derecha como subimos, el fullero sacó de la faltriquera ciertos mostachones, que por la mucha especie, llaman la sed á tiro de arcabuz, y dió á cada mercader uno, y como era por el mes de Mayo cuando llegaron á emparejar con la venta, que estaba medio caida y sin gente, iban ya pereciendo de sed, dijo el fullero: Aquí dentro hay una fuentecita muy fresca, entremos á cumplir con los mostachones; y si vuesas mercedes quieren, aquí llevo una bota de muy gentil vino de Ciudad Real, con que podemos hacer satisfaccion al llamamiento. Apeáronse, y entró el fullero primero en la venta, llegó á la fuente, y siguiéndole los mercaderes, bajóse á beber, y dijo con grande admiracion: ¡Ay! ¿qué es esto que me hallo aquí? Y alzó la sortija que el ladron de su compañero habia dejado en la fuente. ¡Oh qué graciosa sortija! dijeron los mercaderes; sin duda que algun caballero se la quitó para lavarse las manos, y se la dejó olvidada: cada cual se holgára de habérsela hallado. Todos tres, dijo el bellaco del fullero, la hallamos, y de todos tres ha de ser. ¿Pues qué haremos de ella? dijo un mercader. Echarla á una quínola, dijo el fullero, en llegando á la venta, y á quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga. Bien dice vuesa merced, dijeron los mercaderes, y á fé que si la gana cualquiera de los dos, se ha de emplear muy bien; pero cierto la sortijuela era de mucha codicia, porque alrededor tenia doce diamantes, aunque pequeños, muy finos, y en lugar de piedra un rubí de hechura de corazon, que á cualquiera aficionára, labrado todo con mil donaires. Fueron todos muy codiciosos de ella, tratando por todo el camino los mercaderes del descuido del que la habia perdido, y el bellacon del cuidado del que la habia dejado, haciendo mil monerías con ella, para ponerles más codicia. Llegaron á Ventas Nuevas, y no parando en la primera, llegaron á la segunda, por hallarse más cerca del puerto. Apeáronse, y el bellacon sacó la bota de vino añejo de Ciudad Real, de más hojas que un Calepino, de que bebieron de muy buena gana. En comiendo un bocado de prisa, por codicia que cada uno tenia de la sortija, que les estaba haciendo del ojo, con el bocado en la boca, preguntaron al huésped, ¿si tenia unos naipes para echar una rifa? Dijo que no, y el ladron del compañero, haciéndose bobo, dijo: Yo llevo aquí unas no sé cuántas barajas que me encomendaron en mi pueblo, y por las muchas que allá se levantan sobre ellas, no las llevo de muy buena gana. Si sus mercedes me las pagan, yo se las daré. Mostrad acá, dijo el fullero, que estos señores y yo os las pagaremos muy bien. Dióles una baraja hecha á su modo, y como el licor de Ciudad Real se arrima tanto al corazon, y humea para el cerebro, alegráronse, y con mucho gusto echaron la rifa á cuatro quínolas. El fullero les dejó llegar á cada uno á tres sin haber tomado ninguna para sí, y en dos pasantes que echó, una de su mano, y otra del que tenia al lado, hizo las cuatro, y arrebató la sortija, haciendo grandes algazaras con ella. Picáronse de esto, y dijeron: Juguemos dineros. El fullero, con cierta socarronería, negando al principio, dijo, que no queria poner en peligro su dinero ó las vacas que se habian de comprar de él: pero al fin, persuadido, jugó; teniendo más gana él que los otros, que con palabras que tenia hechas á propósito, los iba haciendo picar. Pedia que les diesen de beber de la olorosa bota que estaba metida en parte fresca, y en calentándose las orejas echaban doblas como granizo; de suerte, que se estuvieron toda la tarde jugando, una vez ganando el fullero, y otra dejando ganar á los mercaderes, por disimular la fullería, y quejándose á veces, decia: Vuesas mercedes me han de ganar aquí esta tarde cuatro ó cinco mil escudos, segun estoy de picado.
Al tiempo que entramos en la venta el mocito y yo nos dijeron, que allí no se daba posada á gente que no traia cabalgaduras. Recibimos con humildad la notificacion, y parámonos á descansar un poco. Mi compañero afligido preguntó: ¿Pues qué habemos de hacer para esperar el fin y suceso de esta grande aventura? Yo le respondí: Dejadme, que yo conjuraré á la ventera, de manera que no nos eche de la venta. ¿Pues es endemoniada, dijo él, ó bruja? Á lo menos, dije yo, parécelo; pero no digo yo, sino con el conjuro general de las mujeres. ¿Cuál es? preguntó el otro. Ahora lo vereis, dije yo. Lleguéme á la ventera, que era una mujer coja y mal tallada: tenia las narices tan romas, que si se reia, quedaba sin ellas: los ojos parecian de capirote de disciplinante: echaba un tufo de ajos y vino por unos dientes entresacados y pardos, bastante á ahuyentar todas las víboras de Sierra-Morena; las manos parecian manojos de patatas; solo tenia que notar la limpieza, que parecia haber salido del naufragio de los Condes de Carrion: con todo esto me llegué á ella, y la dije: ¿Qué desdicha fué la que trujo á estas soledades á una mujer de tan buena gracia como vuesa merced? ¡Qué despacio está, dijo ella, el señor estudiante! No es cierto, dije yo, sino que desde el punto que llegué aquí, puse los ojos en vuesa merced, para consolarme del cansancio del camino. No haga burla, dijo ella, de las mal vestidas. Yo no hago tal, sino que me parece vuesa merced muy hermosa. Hermosa, dijo ella, como gata lagañosa. Parecióme que ya iba creyendo, y díjele: Pues miren con qué gracia y donaire responde. Cierto que es igual el rostro con la habla, y todo es con mucho gusto. Y como Deo gracias, dijo ella: si conociera á una hermana mia que tengo, tabernera en las ventas de Alcolea, dijera eso de veras: que por solo oirla echar pullas, van á beber á su casa cuantos pasan. ¿Y vuesa merced, dije yo, cómo no se acerca hácia Córdoba? Porque, señor, dijo ella, unas tienen ventura, y otras tienen ventrada. ¿Pues es posible, dije yo, que no ha habido quien saque á vuesa merced de tan mal oficio? Y respondió ella: Estáse la carne en el garabato por falta de gato. Pues á fé, dije yo, que si me hallara en disposicion que habia de hacerlo; porque me da lástima ver entre estos riscos y montañas á una mujer de tan buenas prendas. Pues calle vuesa merced, dijo ella, que mi marido y yo les habemos de quitar el dinero á estos que quedaron con él, y por la mañana haremos lo que nos pareciere; y si acaso mi marido volviere á decir á la noche que se salgan de la venta, váyanse por la puerta trasera del corral, que yo se la dejaré abierta. Fuése, y mi compañero me preguntó: ¿Qué es del conjuro? ¿Qué mayor conjuro quereis, dije yo, que haber llamado hermosa á una bestia, que parecia panza de vaca, con su zumaque y menudillos? Conjuro es este, dijo, que puede servir de malilla en todo el mundo. En tanto que pasamos esta conversacion se llegó la noche, y la desesperacion de los mercaderes; porque con las trampas que el fullero iba haciendo, y con los tragos de cuando en cuando de Ciudad Real, los fué chupando la plata y oro, y los zurrones en que tenian el dinero. Los mercaderes quedaron dados al diablo, y maldiciendo la venta, y á quien á ella los habia traido, se volvieron á dormir á la que habian dejado atrás, con intencion de volverse á Toledo. El huésped, que no era lerdo, entendió muy bien la bellaquería: yo estaba para reventar por lo que habia oido la noche antes, y por lo que habia visto entonces. Estuve determinado de revelarles la maldad; porque volviéndose los mercaderes, me faltaba el bien que me habian prometido hacer por el camino; pero consideré, que decir el secreto que estaba tan en duda, era desacreditar á los fulleros, y á mí ponerme en peligro; que no siendo una cosa sabida, tenemos obligacion de callarla con secreto natural. La seguridad consiste en el silencio, y en estas ocasiones y otras semejantes háse de advertir el peligro de ambas partes. Yo callé contra mi voluntad, y el ventero que era un bellaco redomado, disimuló y calló como yo y el otro. Los señores fulleros quedaron muy contentos; pero fueron tan miserables que no dieron barato á nadie, por donde se aumentó en el ventero el deseo de hurtarles la ganancia, y en mí de volvérsela á sus dueños. El ventero que realmente lo sintió, les dió á entender que recibió mucho gusto en ver los mercaderes despojados; y haciéndoles grandes zalamerías, les dió un aposento que tenia aderezado para los mercaderes, donde estaba un arcaz muy grande con tres llaves, que les dió para guardar su dinero y ropa. Era el arcaz de una madera muy maciza y de tablas gruesas, que hacia pared con la caballeriza, que me puso en cuidado, imaginando qué traza podria tener para hurtarles el dinero de un arcaz cerrado con tres llaves, y por ningun camino podia moverse de donde estaba. Habló con la mujer de secreto, mirando con cuidado si los veian hablar. En cenando muy solemnemente los fulleros, habiendo hecho el pancho de perdices y vino de Ciudad Real, se atrancaron en su aposento, y se cerraron de manera que no podia entrarles una bruja. En siendo una hora de la noche, ó poco menos, el ventero dijo: Los que tienen cabalgaduras salgan de la venta, que ya que no hay arrieros, queremos dormir sin cuidados. Salimos aquel mocito y yo, y dando vuelta por las espaldas de la venta, hallamos abierta la puerta del corral, y entramos en el pajar. Yo andaba pensando con cuidado cómo diablos, ó con qué modo ó traza podian hacer tiro á los fulleros. Veia que en el aposento no podian entrar, por estar muy bien encerrados, y el arcaz muy bien guardado. Traer salteadores para el efecto no era negocio seguro, sino muy peligroso; entrar y matarlos no podian, porque eran menos que ellos; pues querer minar el aposento con pólvora era para todos peligroso. Y no pude dar en el modo, hasta que entre once y doce, estando ellos durmiendo el mejor sueño, vinieron el ventero y la ventera muy paso entre paso, alumbrando ella con un cabo de vela: el marido comenzó á desviar con mucho silencio un gran monton de estiércol que estaba en la caballeriza arrimado al aposento de los fulleros.
Á pocas vueltas se descubrió la tabla del arcaz, que servia de pared al aposento. Miré con gran cuidado, y ví que la tabla del arcaz estaba por la parte de arriba asida con tres ó cuatro goznes, y por la parte de abajo con dos tornillos, cada uno en su esquina. Quitó el ventero los tornillos, y en quitándolos, mandó á la mujer que llevase de allí la vela, porque no entrase la luz en el aposento: ella la llevó, y yo fuí muy poco á poco al ventero, al tiempo que tenia la tabla alzada y los zurrones en las manos, y con voz muy baja, ó por mejor decir, entre dientes, le dije: Dad acá esos zurrones, y tornad á poner los tornillos; él me los dió, pensando que era su mujer, y salíme con ellos y con mi compañero por la puerta del corral, que mientras tornaba á poner el monton de estiércol hubo lugar para todo; y anduvimos un ratillo apriesa hácia atrás, cada uno con su zurron, no por el camino real, sino por un lado á la parte de arriba, con todo el silencio posible. Ya estábamos casi frontero de la otra venta, adonde los mercaderes se habian vuelto á dormir, y nos sentamos á descansar un poco, que el recelo y temor aumentan el cansancio. Yo le dije al compañero: ¿Qué pensais que traemos aquí? nuestra total destruccion, porque á ninguna parte podemos llegar donde no nos pidan muy estrecha cuenta de este dinero, que como él de suyo es goloso y codicioso, ó por la parte que le puede caber, ó por congraciarse, cualquiera dará noticia á la justicia de dos mozos caminantes de á pié, cansados y hambrientos, y con dos zurrones de moneda, y el tormento será forzoso, no dando buena cuenta de lo que se pregunta; pues esconderlo para volver por él, tampoco atinaremos nosotros, como los demás; y andar mucho por aquí dará sospecha de algun daño, y el menos que nos puede suceder es caer en manos de los ladrones, que nos quiten el dinero y la vida: ponerse á peligro por ganar dineros, muchos lo hacen; pero poner en peligro la vida, honra y dinero, ningun hombre de juicio lo ha de hacer: y así mi principal intento fué volver este dinero á sus dueños, para tener tanta parte en él como ellos, sin peligro de las vidas, y sin daño de las conciencias; y aquí viene bien: quien hurta al ladron, etc. Esta y otras muchas cosas le dije para desarraigarle cierta golosina que se le habia pegado, que como lo llevaba á cuestas, habia contraido no sé qué parentesco con la sangre del corazon: pero al fin le pareció muy bien. Fuimos á la venta, y aunque era muy de madrugada, dimos golpes á la puerta, diciendo que veníamos con un despacho de mucha importancia para unos señores mercaderes de Toledo que estaban dentro. Ellos lo oyeron, y hicieron al ventero que abriese. Encendió luz, y entramos en el aposento cargados, y sin hablarles palabra arrojamos los gatos sobre una mesa, que si fueran de Algalia no regalaran tanto las narices como estos regalaron las orejas. ¿Qué es esto? dijeron los mercaderes. Su dinero, respondí yo, que ha vuelto á César lo que era suyo. Contámosles el caso, y díjeles que antes que en la otra venta se levantasen, pasásemos el puerto. De buena ventura mia, venian mulas de retorno hácia Sevilla. Los mercaderes alegres y agradecidísimos del caso, para mí y para el otro mozo tomaron dos mulas, y caminando pasamos el puerto sin que lo sintiesen en las ventas. Encumbramos el puerto, y bajamos á otra que está en lo más bajo, no mal proveida, adonde estuvimos todo el dia descansando y durmiendo, por el poco sueño y mucha pesadumbre que les habia causado la pérdida de su dinero: y á la tarde supimos que el ventero (como martirizando á su mujer, no supo cosa del hurto, porque no osó decir que nos habia dejado dentro) sospechando que los fulleros le habian hecho la treta que él no entendió, fué á dar aviso á la Hermandad, de la vida y trato de aquellos hombres, y cómo tenian dos zurrones de dinero mal ganado, y vino la Hermandad, y como no halló los dineros, ni los zurrones que el ventero habia dicho en el arcaz, á él por desatinado ó loco ó porque habia cargado demasiado, y á los fulleros por gente sospechosa que tan tarde se estaban en la venta, y á la mujer por suspensa y callada, que no supo dar razon de sí, les hicieron pagar las costas sin averiguar el secreto. Holgámonos mucho con el suceso, de manera que los mercaderes lo querian oir por momentos, que segun pareció, hallaron más dinero dentro de los zurrones del que habian dejado; y con donaire decia el uno de ellos: No quiera Dios que yo lleve dinero ajeno en mi poder, gástese por el camino en perdices y conejos, que no quiero tener que restituir; y así se hizo con beneplácito de todos. Yo consideré á solas conmigo, y aun lo comuniqué con uno de los mercaderes, cuán mal se logra lo mal ganado, y cuánto peor se goza lo adquirido con juegos de ventaja, donde se aventura la reputacion, sin asegurar la ganancia, que está sujeta á cuantos la ven, y á cuantos lo imaginan, y á los ausentes, á quien toca la distribucion de la estafa, que tasadamente les queda para consumir en los tabernáculos de la gula, fiestas de Baco y sacrificios de Venus, sin aprovechar la sumision y cortesía fingida para engañar al que quieren desollar, ó al que ya tienen desollado; que si bien quisiesen los hombres sencillos advertir á las cautelas, enredos y marañas de estos apacibles lobos, echarian de ver que una cortesía sin tiempo, una amistad sin sazon ni conocimiento, un comedimiento no acostumbrado, unas ceremonias no debidas, traen consigo más daño que provecho para aquel con quien se usan; porque si son los hombres de tan ruin condicion que aun á la cortesía debida acuden de mala gana á quien tienen obligacion, ¿por qué no se ha de entender que la novedad de cortesías estraordinarias traen consigo algun secreto, especialmente no teniendo partes por donde se le deban? Los fulleros tienen tambien su materia de estado, porque, ó engañan por sí ó por amigos, que tienen señalados y diputados para el efecto; casas de posadas, ó mesones, donde les dan el soplo de la gente nueva á quien pueden acometer.
Tienen tambien su libro de caja ó de memoria de todos aquellos que acuden á favorecer su ministerio en todos los pueblos grandes ó pequeños, porque es oficio corriente por toda España, y en las poblaciones de importancia tienen correspondencia y avisos de las zorras comadres, para chupar la sangre á los corderos inocentes. Y aunque son tan grandes los sainetes de estos cautelosos culebrones, para chupar la sangre de los que ven inclinados al juego, que no pueden reducirse á regla cierta, ni guardarse de sus trampas, con todo eso digo, que todo lo que fuere artificio apacible y no usado, se ha de temer aun de los mismos amigos en materia de juego, porque se venden unos á otros. Cuando convida á jugar un conocido á otro, llevándole á parte no sabida, vaya con cuidado, sea en público ó en secreto; y me parece que no será malo este refrancillo para este propósito: Si bien me quieres, trátame como sueles. Caminamos con todo el gusto que pudimos mis mercaderes y yo, buscando por el camino ocasiones en que tenerlo: llegamos á la Conquista, que es un pueblecito que se comenzaba entonces, un domingo por la mañana: entramos á oir misa, que la estaba diciendo un clérigo que pronunciaba la lengua latina como gallego. La misa era de Requiem, porque habian enterrado aquella mañana un pobre, y ayudábale un sacristan, que sobre un sayo pardo muy rozagante traia una sobrepelliz de cañamazo. Acabada la misa, diciendo el responso sobre la sepultura, acabó el clérigo diciendo: Requiescat in pace, alleluja, alleluja. El sacristan le respondió con muchos pasos de garganta: Amen, alleluja, alleluja. Lleguéme al buen hombre, y díjele: Mire, padre, que en misa de Requiem no hay alleluja. Respondióme muy confiadamente: Arre allá, señor estudiante; ¿no ve que es entre Pascua y Pascua? Fuímonos cayendo de risa por todo el camino.