Iba yo de manera, que ya no sentia la falta del macho, sino la persecucion de la culebra, que me tenia sin aliento, lleno de sudor y cansancio. Los silbos no eran formados ni agudos, sino bajos y continuados, casi al modo que pronunciamos acá las xx. Llegué á una parte del camino, á donde habia piedras para tirarle. Paréme, así por descansar, como por aprovecharme de las piedras; pero ella viendo mi temor, quiso pasar por la arena para acometerme, por donde tuve yo esperanza de librarme de ella; porque en entrando no pudo aprovecharse de las conchuelas, ni moverse sino muy poco: animándome lo mejor que pude, le tiré tantas piedras, que casi la vine á enterrar en ellas, y acertándole con una, despues de haberle escupido muchas veces hácia la cabeza (que es veneno contra ellas) la acerté con una piedra media vara más arriba de la cola, donde tiene el principal movimiento, de que no pudo menearse más, y acudiendo con otras muchas, le majé la cabeza, y me senté á descansar. Pasaron por allí dos hombres que iban camino de Adamuz, y me contaron lo que arriba dije. Midiéronla, y tenia diez piés de largo, y de grueso más que muñeca ordinaria. Abriéronla, y halláronle dentro dos muy gentiles gazapos, que estas serpientes son muy voraces y poco bebedoras, aunque pasan mucho tiempo sin mantenimiento; y así hacen tarde la digestion, que en el poco movimiento que ella hacia bien se echaba de ver que estaba pesada. Consideré en el rato que estuve descansando, qué de cosas hay en el mundo que contrastan la vida del hombre. Que hasta un animal sin piés ni alas le persigue, y le comenzó á perseguir desde su principio antes que otro animal ninguno, ó porque no piense el hombre que se le dió el dominio y jurisdiccion en la tierra sin pension ni trabajo, ó porque con la razon sepa distinguir lo malo de lo bueno, y guardarse de lo que le puede dañar; mediante la cual razon conoce y sabe conocer el mantenimiento provechoso, y desechar el nocivo. Huir de los animales bravos, y servirse de los mansos; pero los feroces y dañosos avisan del mal que pueden hacer, ó con las uñas, ó con los cuernos, ó con los dientes, ó con los picos. ¡Mas que un animal sin piés, sin uñas, sin cuernos como éste sea tan horrendo y abominable, que atemorice con solo mirarle! Ordenacion fué de Dios, para sujetar la soberbia del hombre y desjarretársela con la misma inmundicia y asquerosidad de la hez de la tierra, que aun muerta la veia, y me daba horror; y confieso de mí, que siempre que veo semejantes sabandijas, engendran en mí nuevo temor y espanto; ¿pero qué no espantará ver, que una cosa que parece cerbatana ó varal, de su propio movimiento corre tanto como un caballo? ¿Y que con hincar la cabeza en el suelo, dé tan grande golpe á un hombre que lo derribe y aun lo mate, acometiendo á traicion que no cara á cara? ¿Que sea tan astuto, que se desnude el hábito viejo y se vista de nuevo? ¿que se cure la ceguera de sus ojos causada de las humedades del invierno con refregarse en el hinojo la primavera? Son tan contrarios á todos los demás animales, que con ninguno hacen amistad, sino con la zorra, ó porque ambas habitan siempre en cuevas de tierra y piedra, ó por buscar abrigo en el pelo de la zorra. Hasta aquí habia estado el ermitaño callando, y aquí parecióle preguntar, como hombre que habia estado en soledades y entre ásperas montañas, huyendo el concurso de la gente, viviendo y conversando con animales brutos, ¿cuál era la razon porque estas sabandijas sean tan espantables, como son culebras, lagartos, sapos, escuerzos, áspides, víboras, y otras semejantes que suelen verse? Respondíle: Lo primero, que todas las cosas que no vemos y tratamos de ordinario, traen consigo este género de admiracion. Lo segundo, que por tener tanto de los dos elementos graves, que son agua y tierra, y tan poco de los elementos leves, que son aire y fuego, que casi no tienen parentesco ni semejanza con el hombre; porque éste tiene de lo espiritual, en que se parece á los Ángeles, y de lo corporal, en que se parece á los animales brutos; y estos en aquella parte terrestre, húmeda y fria, tienen semejanza con las sabandijas, y estas consigo solas, y con las entrañas de la tierra. Lo tercero y último, porque todos los animales que no pueden engendrar de la putrefaccion de la tierra, sin generacion de su semejante, ni pueden ser para el servicio, ni para el gusto del hombre, á quien Dios les manda que obedezcan, y ellos mismos huyen de su presencia, como de señor á quien aborrecen, por la superioridad y dominio que tienen sobre todas, ó por la antipatía natural. Y esto baste, porque la pérdida de mi macho me da pena y cuidado, y priesa que lo busque. Ya que hube descansado y limpiádome el sudor del rostro, que lo de dentro no pude, fuí buscando mi macho, ó por mejor decir, de los mercaderes, por toda la orilla y ribera del Guadalquivir, sin topar á persona que me supiese dar rastro ni nuevas de él yendo, como iba, cargado con ferreruelo, espada, cogin y alforjas, que todo lo echó por alto, sino es la silla, que la llevaba en la barriga; de suerte, que yo me cargué de todo lo que el macho se descargó, y mucho más me cargaban las matracas que me daban los que me topaban hecho caballo de postillon, que por no dejarlo lo sufria todo. Paréme á descansar un ratillo, antes que pasase el rio, donde ví tanta abundancia de conejos, que estaban más espesos á la orilla del rio, que liendres en jubon de arriero, que en todo el dia no dejan de venir á beber muchas manadas de ellos. Pasé de la otra parte del rio, y entréme á descansar á un meson que está antes de llegar al pueblo, donde tampoco me supieron dar nueva de mi negro macho, aunque prometí hallazgo, haciendo diligencias con las guardas del bosque. Refresquéme lo mejor que pude de mantenimiento y bebida, con la templanza que el cansancio pedia. Púseme á la puerta del meson, para ver si pasaba el macho ó persona que de él me diese nuevas. Miré aquel pedazo de tierra en el tiempo que allí estuve, que en fertilidad é influencia del cielo, hermosura de tierra y agua, no he visto cosa mejor en toda la Europa, y para encarecerla de una vez, es tierra que da cuatro frutos al año, sembrándola y cultivándola con regadío de una aceña, con tres ruedas, que la baña abundantísimamente, donde algunos años despues pasó en presencia mia una desgracia muy digna de contarse; para que se vea cuánta obligacion tienen los hijos de seguir el consejo de los padres, aunque les parezca que repugna á su opinion. Y fué, que siendo Marqués del Carpio Don Luis de Haro, caballero muy digno de este nombre, y muy gallardo de persona, y adornado de virtudes y partes muy dignas de estimar, vinieron allí madereros de la sierra de Segura con algunos millares de vigas muy gruesas; y dando el Marqués licencia y lugar para que las pasasen, alzaron la puente de la pesquera, para que toda el agua se recogiese á un despeñadero ó profundidad, por donde los maderos habian de pasar. Los gancheros eran todos mozos, de muy gentiles personas, fuertes de brazos, y ligeros de piés y piernas, grandes nadadores y sufridores de aguas, frios y trabajos. Quisieron hacer al Marqués una fiesta de gansos, poniéndolos atados entre los dos maderos de la puerta de la pesquera, y como iba el madero despeñándose, por la violencia del grande cuerpo del agua, puesto el ganchero sobre el madero hácia la cabeza del ganso, y tirando del pescuezo, se deslizaba de la mano y caia en la profundidad del agua, saliendo lejos de allí nadando, en que pasaron cosas de mucho gusto y risa, aunque no sin peligro de quien la causaba, que siempre las caidas son de gusto para quien las ve, pero no para quien las da, especialmente en ejercicios tan poco usados como este.

Entre estos gancheros venia un mozo recio, de muy gentil talle, alto de cuerpo, rubio, y bien hecho de miembros, grande hacedor de su persona, y que entre todos los demás era conocido y respetado como por de tal opinion, y por grandes fuerzas para cualquier ejercicio de hombres. Este pidió licencia á su padre, que venia en compañía de los otros, para ir á quitar el pescuezo á un ganso que estaba recien puesto; la cual el padre le negó, que los padres, ó por tener más experiencia que los hijos, ó por ser hechura suya y conocer sus inclinaciones, ó por haberlos criado, y conocer de qué pié cojean, ó por el amor entrañable que les tienen, son algo profetas de los bienes ó males de los hijos; y así este por ningun camino consintió que de su voluntad fuese el hijo á la fiesta; pero diciendo él que no queria que lo tuviese por menos hombre que á los demás, con importunaciones alcanzó de su padre que lo dejase ir, aunque de muy mala gana. Y reprehendiéndole algunos porque lo hacia tan forzado, respondió en presencia mia unas palabras llenas de gran sentimiento y dolor diciendo: No sabe nadie lo que es aventurar un hijo criado, y solo. El mozo fué gallardísimamente, teniendo todos los ojos puestos en él, que en asiendo el cuello del ganso, que él pensaba con facilidad arrancar con la fuerza grande que hizo, estúvose casi colgado de las manos hasta que el madero llegaba ya al cabo, en cuyo remate ó cabeza, deslizándosele la mano, cayó, y dió de cerebro, sumergiéndose en el profundo del charco, sin que más pareciese hasta el dia siguiente, con grande espanto y compasion de todos los circunstantes, quedando el padre, que lo estaba mirando, en éstasis. Todos los gancheros nadando le buscaron, y lo hallaron al dia siguiente, que pareció en cierta manera castigo de la desobediencia que tuvo al mandamiento del padre, y ejemplo para cuantos le vieron. Fué contra el precepto y consejo paternal, del cual tienen necesidad todos los que desean acertar. Pasó este caso en este mismo lugar, y en presencia del marqués D. Luis de Haro, y de su hijo el marqués D. Diego Lopez de Haro, que cuando esto se escribe están vivos, y más mozos que el autor, en cuya compañía se halló presente á este infelice suceso. Y porque no habrá lugar de contarlo adelante, se dice aquí, por encargar á los hijos que aunque les parezca que saben más que los padres, en razon de la superioridad que Dios les dió sobre ellos, y representando la persona del verdadero Padre, los han de obedecer y respetar, y creer que en cuanto á las costumbres morales saben más que ellos; porque con esto se merece con el universal Padre de todas las criaturas. Y volviendo al estado presente, y la pena que me daba la falta de mi macho, aquella tarde no pude saber de él, y así me quedé aquella noche en el meson, sin esperanza de poderlo hallar.


DESCANSO XVI.

A

Amaneció el sol el dia siguiente con unos rayos entre verdes y cetrinos, señal de agua, y yo sin macho, ni esperanza de hallarlo. Fuíme al pueblo á las nueve, ó á las diez, y ví que unos gitanos estaban vendiendo un macho, muy hechas las crines y el trenzado de atrás, con su enjalma y demás aderezos, encareciendo la mansedumbre y el paso con mil embelecos de palabras. Hacia el gitano mil gerigonzas sobre el macho, de manera que tenia ya muchos golosos que le querian comprar. Lleguéme cerca, y ví que era del color del mio; pero desconocido en verlo tan manso, seguro, remozado de crines y cola. Ví que se dejaba tocar á todas las partes del cuerpo sin alterarse, y así no me atreví á pensar que pudiera ser el mio. Alzábanle los piés y manos, dándole palmadas en el pecho y en las ancas, estando él con mucha paciencia y mansedumbre: yo estaba desconfiado de que pudiera ser el mio, pero fuíme por un lado disimuladamente, y púseme delante de él, aunque detrás del gitano, y en viéndome amusgó las orejas, por el conocimiento, ó por el temor que me tenia. Espantéme de ver su tan súbita y no esperada mudanza, y ví que realmente era mi macho: mas no pude imaginar cómo le podia cobrar sin dar testigos ó evidencia de cómo era mio; y así no me arrojé á decir que era hurtado, y decia entre mí: ¿es posible que sean estos gitanos tan grandes embusteros que en menos de veinte y cuatro horas hayan hecho este macho de enjalma, y le hayan disfrazado de manera que me ha puesto en duda el conocimiento de él, y que lo hayan hecho más manso que una oveja, siendo peor que un tigre, y que no tenga yo modo para cobrarlo manifestando mi justicia? Pero detúveme un poco, y lleguéme con los demás á ver el macho, y alabándole, pregunté si era gallego. Respondió el gitano: Vuesa merced, ceñor, á fé que sabe mucho de bestiaz, y ha conocido bien la bondad de loz mejorez cuatro piéz que hay en toda Andalucía. No ez gallego, mi ceñor, cino de Illezcaz, que allí lo truqué por un cuartago cordovez, y aquí traigo el teztimonio. Será levantado, dije yo entre mí, y junto con esto lo mostró. Ofrecióseme traza para cobrarlo fácilmente, y lleguéme á un hidalgo, á quien ví que todos respetaban, que era de los antiguos criados de aquella casa, llamado Angulo, y le dije: Señor, este macho me han hurtado esos gitanos, y aunque trae enjalma, es de silla; y aunque parece que traen testimonio, es falso. Á lo cual me dijo el hidalgo: Mire, señor estudiante, que conocemos este gitano de mucho tiempo acá, y nos ha tratado siempre verdad. Pues ahora, respondí yo, no la trata, y haciendo vuesa merced las diligencias que yo le suplicaré, se verá con evidencia la verdad que tengo dicha; y vuesa merced está inclinado á comprarlo porque le parece manso, siendo peor que un demonio.

Pues ¿puede ser fingida, preguntó el hidalgo, aquella mansedumbre y bondad? Sí señor, respondí yo, porque lo han emborrachado; y no hay bestia tan feroz ni maliciosa que echándole de grado ó por fuerza una azumbre de vino en las tripas, no se amanse más que una oveja: y por esto haga vuesa merced lo que yo le suplicaré, y saldrá de este engaño, viendo que el macho es malicioso, y que es mio. Y lo primero digo á vuesa merced que se lo llegue á comprar, y dígale esto y esto, hablándole algo al oido, é informándole de todo lo conveniente. Fuése el hidalgo, despues de bien informado, al gitano, y mirando el macho, le dijo: Yo estoy muy contento de esta bestia, y la comprára si tuviera silla y freno, porque tengo de hacer un viaje muy largo. El gitano se holgó mucho de ello, y trajo la silla y el freno, diciendo que era el mejor caminador del mundo, y que por pensar que para el campo se venderia más presto, le habia puesto la enjalma. En viendo el hidalgo la silla y el freno, halló que conformaba con las señas que yo le habia dado, y haciendo lo que yo le habia dicho al oido, llevólo á su casa, asegurando á los gitanos que lo queria probar; y túvolo hasta tanto que se gastaron los humos del vino encerrado en su casa. Hecho esto llamó al gitano, y díjole que subiese en el macho y caminase un cuarto de hora fuera del pueblo. Subió, aunque era muy suelto, con mucha dificultad, por la poca seguridad del macho, que gastada la suavidad del vino, tornó á su ruin natural, y caminando como un viento, en saliendo de las casas, con la misma furia que llevaba dió consigo y con el gitano en tierra, y cogiéndole una pierna debajo, se revolcó de manera, que fué bien necesaria la ligereza del gitano para que no se la quebrase. Acudió aquel hidalgo desengañado ya de la bellaquería, y le dijo riéndose: ¿Qué desgracia es esta, Maldonado? Señor, dijo el gitano, como está holgado, y mal herrado, se echa con la carga. Y riéndose más el hidalgo, dijo: Pues alzadle los piés, veamos si há menester herradura. Alzóle un pié, y dióle una patada en el carrillo izquierdo, con que le dejó señalada la herradura y los clavos; díjole el hidalgo: Mal se conoce lo que no se ha criado, hermano Maldonado; si vos hubiérades tratado y conocido esta bestia, ni os engañárades, ni nos engañárades. En lo ajeno dura poco la posesion: íbades con aquel refran: quien no te conoce te compre. ¿Por qué pensábades que os preguntó el dueño si era gallego, sino porque como tal os habia de dar la coz que os dió? Vos queríades herrarlo; ¿mas él no os herró á vos? ¿cogistes ayer el macho, y queríades hoy venderlo? Huélgome de saber que tambien sois nigromántico, pues desde ayer habeis venido de Illescas. Señor, dijo el gitano, yo hice como gitano, y su merced ha de sufrir como caballero; bien eché de ver que este señor sabia de bestias. Descubierto el hurto con la evidencia posible, me dieron mi macho, y me avié camino de Málaga, pasando por Lucena, donde llegando un poco tarde, reposé y comí un bocado, y pensando llegar aquella noche á Benamejí, cuyo camino yo no sabia, partíme con la relacion que me dieron. Las leguas son más largas de lo que yo me pensaba; el camino estaba lleno de lodo, porque la noche antes habia llovido muy bien. Yo por priesa que me dí con mi macho, me anocheció una legua antes de llegar á un riachuelo que está entre Lucena y Benamejí. Halléme confuso, por ser la noche oscura, y caminar sin guia, sin encontrar á quien preguntar por el camino, que era domingo en la noche, cuando todos los labradores están en sus casas. Al fin poco á poco, muchas veces tropezando, y algunas cayendo, llegué al rio, y en pasando no hallé camino por la otra parte, por una costumbre que tienen los labradores en aquella tierra, que es para desviar los caminantes, para que no les entren por el sembrado, cavar por aquella parte por donde suelen hacer senda los caminantes. Salió del rio mi macho lo mejor que pudo, y echó á mano derecha por un cerro que tenia muchas sendas de ovejas, ó de cabras. Llegó á lo más alto que pudo, y estaba tan empinado el cerrillo, que en acabándose la senda ni pude ir adelante, ni volver atrás. Víme en un gran peligro, porque si queria bajar con el pié derecho, habia de rodar por la sierra abajo hasta llegar á un arroyo salado, donde cuando bien librára llegára la cabeza llena de chichones. Roguéle al macho con mucha humildad que me hiciese la merced de estarse quedo mientras bajaba al revés; pero al tiempo que le mandé que volviese por la sendilla que habia subido, él iba tan cansado que se echó, y echándose, como el cerro estaba tan empinado rodó hasta el arroyo salado; yo volví por la senda, hasta llegar al arroyo, y fuí á mi desdichado macho, y lo que pude, ayudéle á levantar, que estaba tan molido que fué menester animarle con sopa en vino, y llevándole del diestro lo más poco á poco que pude, fuí considerando que todo aquello me sucedia por no haber tenido respeto á la fiesta, caminando y haciendo el viaje que se pudiera hacer otro dia; que al fin como las fiestas son para dar gracias á Dios y no para hacer jornadas, no puede haber quietud para hablar con Dios despacio. Que trabajando en los dias que la Iglesia tiene dedicados para Dios, no solamente no aumenta el provecho, pero por mil caminos viene el daño, como me sucedió esta noche, que yendo con mi macho á mano izquierda por una ladera arriba, yendo yo por la parte de abajo por animarlo, deslizó, y cogióme debajo; aunque no fué mucho el daño, porque pude fácilmente salir, y dándole sopa en vino pudo subir hasta que descubrí en lo alto del cerro un cortijo, donde me llegué con toda la humildad del mundo; y aunque dí muchos golpes no me respondian, porque habia mucha gente, que se habia juntado allí aquella noche por ser dia de fiesta.

Al fin, dí tantos golpes, que me respondió un mozo, y diciéndole con la necesidad que venia, respondióme que me fuese en hora buena; y tornando á llamar, acudió el aperador del cortijo, que en todas sus acciones pareció ser muy hombre de bien, y abriéndome la puerta acudió á mi necesidad y al cansancio de mi macho, y díjome: Perdone vuesa merced, que por estar dando voces sobre una serilla de higos que estos mozos me habian hurtado, no pude responder tan presto. Pues si no es más de por eso, dije yo, no le dé pena, que yo le diré quién se la hurtó. Ángel será vuesa merced, respondió él, y no hombre, si me dice eso. Déjeme reposar, dije yo, y se lo diré. Descansé un rato, y mi macho cenó lo mejor que pudo; yo cené un muy gentil gazpacho, que cosa más sabrosa no he visto en mi vida, que tanto tienen las comidas de bueno, cuanto el estómago tiene de hambre y de necesidad. Fuera de que el aceite de aquella tierra y el vino y vinagre es de lo mejor que hay en toda la Europa. Habiendo cenado, y estando todos los mozos alrededor, le dije al aperador: Este dornajo en que habemos cenado ha de descubrir el hurto de los higos. Dijo uno entre dientes: aun seria el diablo la venida del estudiante. Pedíle al buen hombre un poco de aceite y almagre, y sin que los mozos lo viesen unté el suelo del dornajo con una mezcla que hice del aceite y almagre, y pedíle un cencerro de las vacas, y poniéndolo debajo del dornajo dije, con voz que lo oyeron todos, habiendo puesto el dornajo más adentro, donde estaba el pajar: Pasen todos uno á uno, y den una palmada en el suelo del dornajo, y en pasando el que hurtó los higos sonará el cencerro. Fueron todos uno á uno, y dió cada uno su palmada en la almagre, y no sonó el cencerro que es lo que todos esperaban. Llaméles á todos, y díjeles que abriesen las palmas de las manos, las cuales tenian todos enalmagradas, si no era él uno de ellos; y así les dije á todos: Este gentil hombre hurtó los higos, que porque el cencerro no sonase no osó poner la mano en el dornajo. Él se puso colorado como un escaramujo, y los demás estuvieron toda la noche reventando de risa y dándole matraca, y el aperador muy agradecido de haber hallado sus higos, y yo muy contento del buen acogimiento: y por el buen hospedaje dejéle dos cuchillos damasquinos, con que por poco le corta las orejas al ladron de los higos.