DESCANSO III.

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Pasado esto, como el bellacon quedó mal contento buscó traza cómo vengarse, y hallóla muy buena. Como yo entré nuevo, y tenia poca esperiencia de las cosas de Sevilla, recatéme poco, que en las repúblicas tan grandes es menester entrar con tiento, y el que no tiene conocimiento ni esperiencia de ellas, háse de valer de quien tenga para no hallarse atajado. Púseme espada, y en las obligaciones en que se pone quien la ciñe, que con el desvanecimiento de la valentía, y con haber dado en poeta y músico, que cualquiera de las tres bastaba para derribar otro juicio mejor que el mio, comencé á alear más de lo que me estaba, y á tenerme por paseante y gran ventanero, y enamorar cuantas encontraba; de manera, que no habia portugués más azucarado que yo, por donde halló mi contrario flaqueza en mí con la de una dama de buen talle, en cuya casa él entraba y era señor absoluto. Andando yo en la brama entre aquellos árboles de la alameda, sentíme llamar de una cierva, y acudiendo al bramido me dijo: ¿Es posible, señor galan, que tan al descuido viva vuesarcé, que no ha echado de ver que le miran con más cuidado que el ordinario? Miréle el rostro y talle, y aunque le tenia estremado de bueno, con todo lo creí, porque yo estaba tan desvanecido, que por este camino creyera cualquier favor que se me diera. Prosiguió diciendo: ¡Que haya venido yo á tiempo que no mire la calidad de mi persona ni autoridad de mi marido! ¡oh mal hayan los ojos que no se recatan, y mal hayan los piés que salen de los umbrales de su casa para ver sus desdichas! ¡que haya entregado mi libertad á quien no sé si la estimará! ¡que mire yo á quien ni me conoce ni conozco, y que haya de rogar á quien jamás admitió ruegos de nadie! Más quiero morir, que no rendirme á quien quizá se reirá y despreciará mis prendas. Y con eso fingió unas lágrimas tan tiernas, que me sacó de juicio. Y en habiendo hecho su embeleco, me dejó y volvió las espaldas con grandísimo donaire y garbo. Yo quedé helado y abrasado de su presteza en irse, y de sus palabras en rendirme. La criada me dijo: Buena tiene vuesa merced á mi señora, que estas eran sus melancolías; de aquí nacen sus malas condiciones, que no hay quien en casa se averigüe con ella. Sígala vuesa merced, y recátese no le vea su marido, que es un caballero muy principal, y no poco celoso, aunque jamás ha visto en mi señora ocasion para serlo. Seguíla espantado, y contento de parecerme que mereceria yo mucho: estimándome interiormente en harto más de lo que fuera razon. Entré en su casa, que era en una calle angosta que iba á dar á la calle de las Armas, y luego me favoreció haciendo ventana: y advirtióme que no diese muchos bordos, que ella me avisaria de lo que habia de hacer. Anduve algunos dias en pretension, pareciendo que por su estimacion no queria rendirse luego. ¡Oh engaños del mundo, y qué fácilmente cree un hombre las cosas que van encaminadas á su gusto ó á su provecho! Si mirásemos y tanteásemos lo que mira á nuestro bien, como lo que mira á nuestro mal, no caeríamos en tantos daños y desventuras como suceden. En la apariencia del gusto nos arrojamos con la esperanza del bien, y en el mal no nos recatamos, siendo tan peligroso ó dudoso el fin de lo uno como de lo otro. Más seguros vamos por el camino del daño que yertos por el del provecho; porque lo uno nos pone en recato, y lo otro en descuido. En el uno puede haber engaño, y en el otro está el desengaño claro, como me sucedió, que creyendo el engaño de aquella mujer, me ví en grande peligro; ¿pero á quién no engañará un rostro hermoso y un talle gallardo con palabras dulces y ojos bachilleres? Al fin yo perseveré hasta que me envió á decir con un papel amorosísimo que me llegase allá aquella noche. Púseme lo más galan que pude, cogí mi espada y una linterna grande, que podia servir de broquel, y fuíme derecho á su casa sin considerar otra cosa más que obedecer al gusto; hallé la puerta y sus brazos abiertos, recibióme con todas las caricias que yo podia desear de actos exteriores y sencillos, y palabras dobladas: cerró la puerta, luego al punto llamaron á ella. Ella sin preguntar quién llamaba, dijo: Amigo, mi marido llama, entraos en esta bodeguilla, que luego se tornará á ir. Entréme con mi linterna encendida: cerraron la puerta de la bodeguilla con cerrojo, y dejáronme muy bien cerrado. El aposentillo estaba casi todo lleno de sarmientos y chamiza seca; habia un pozo, que respondia á lo alto, con su cubo colgado: púseme á escuchar lo que hablaban, porque de haber cerrado la puerta sospeché no bien; preguntóle la señora al marido fingido: Ya tengo cerrado á este hombre, ¿qué se ha de hacer? Él respondió, aunque paso, en voz que le pude conocer que era mi contrario: Abrasarlo ó ahogarlo en el pozo, que este es el que me sacó la espada de la vaina. Luego se me representó la traza para salir salvo de su cautela; que el peligro, descubridor de grandes secretos, y el temor de la muerte levantan la imaginacion á cosas nunca pensadas: tapé con una tabla el brocal del pozo: y de aquella chamiza y sarmientos secos llegué cantidad á la puerta de la bodeguilla, y con la linterna, que aun no habia apagado, encendílos. La puertecilla estaba tan seca, que comenzó á arder con la ayuda de la leña, saliendo muchas llamaradas de la chamiza por debajo la puerta: metíme en el cubo del pozo, y asíme á la soga muy bien, que como estaba tapado el pozo iba seguro yo. Comenzó toda la gente á dar voces: Fuego, fuego, agua, saquen agua del pozo; tiraron de la soga para sacar agua, y como pesaba el cubo demasiadamente, por estar yo dentro, llegáronse muchos vecinos á tirar de la soga, y tanto y con tanta fuerza tiraron, que al fin me subieron arriba. Asíme muy bien al brocal del pozo, yo debia de estar con el rostro pálido de la turbacion, y con esto y hacerles un gesto de abominable demonio, desmayaron todos, diciendo que era un diablo lo que sacaron del pozo. Acabé de salir, y escabullíme entre la gente lo mejor que pude, y pude muy bien, porque como estaban turbados no me echaron de ver, dejándoles la casa encendida, y llevando mi persona libre, que vine á hallar la vida donde era tan fácil el perderla; como en un pozo, y encerrado en tanta estrecheza, como en una bodeguilla llena de curianas.


DESCANSO IV.

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Mi enemigo tomó para vengarse de mí por instrumento una mujer hermosa, que al fin todas tienen fuerza natural para mover corazones, tan bien como criaturas con aficion y lágrimas; pero como nacieron para llorar, saben enternecer. Maldiga Dios sus determinaciones, que tan resueltas son para ejecutar cuanto se les pone en la testa, que por el mismo caso que no lo pueden con fuerza, lo hacen con astucia y embeleco. Tienen tan grande fuerza en decir lo que quieren, y nosotros tanta flaqueza en creerlas, que parece que para eso solo nacimos. Muchas he visto de muy justificada vida, pero aun en estas he hallado desigualdades de condiciones: y conocido algunas muy honradas de sus personas, que lo son por solo decir mal de las que tienen alguna flaqueza. Y en resolucion, pocas hay que se escapen de algun azar. Libréme del daño que pudiera suceder, ó en que ya me ví, pero no de las manos de un alguacil que se habia llegado al ruido, y como me vió ir corriendo, asióme; mas yo con mucha presteza le dije: ¿Qué hace vuesa merced? ¿quiere que muramos ambos á las manos de ese demonio que está en esta casa? Huya y póngase en salvo, que viene matando á cuantos encuentra. Él me soltó y dió á correr, porque como habia oido decir el demonio del pozo, como yo se lo afirmé, se confirmó en ello. Yo no paré hasta llegar á tomar descanso á la sombra de dos amigos, Hércules y César, que están en dos altísimas columnas, á la entrada del alameda que hizo aquel gran caballero D. Francisco Zapata, Conde de Barajas, que tantas deshizo en Sevilla. Pero no acabaron aquí las de aquella noche, que estando descansando, sentí á las espaldas de la calle de la Garbancera, en un malvar muy alto que allí se hace, un ruido muy grande, moviéndose las malvas sin ver quién las movia, que por ser de noche y estar solo en el lugar muy sujeto á melancolía, me causó alguna: mas llegándome cerca con la espada desenvainada, no ví cosa sino el movimiento de las malvas, y algun ruido entre unas piedras que habia en el malvar, hasta que salieron fuera luchando una culebra y un gato: la culebra procurando ceñir al gato por el cuerpo, y el gato puesto sobre los piés, é hiriendo á la culebra con las uñas por entre las conchuelas, que duró algun espacio: pero la culebra no pudiendo resistir las uñas del gato, se tornó á sus malvas, y el gato como diestro, dando un salto le cogió la delantera, y con el mismo movimiento, mascándole la cabeza, retiróse antes que la culebra le diese con todo el cuerpo; y lo hiciera si no se retirára, porque con el golpe dió en unas piedras con la parte del lomo, á donde tiene la fuerza, de que no pudo más moverse, y llegando el gato la acabó de matar. Dióme que considerar la destreza del gato, viendo cuán cierta tiene la herida más que los demás animales, por donde yo fuí aficionado desde allí á los gatos, habiendo sido siempre enemigo de ellos, porque aunque no tienen tanto conocimiento ni amor como los perros, son de gran seguridad contra las sabandijas que se aparecen en las casas. Yo me fuí á reposar aquella noche, admirado y corrido del doblez que tan pesadamente usó conmigo aquella mi enamorada, que lo sea del diablo: y no del que salió del pozo; que la apacibilidad que promete el rostro de una mujer hermosa sea capaz de tan pesado engaño, y que con tanta facilidad se rinde á un mal consejo, es cosa que aun no acabo de creerla. Que se apiade un hombre á unas lágrimas de una mujer, es mucha nobleza; pero que ella las finja por mal fin, parece abominacion. Rendirse á la hermosura es cosa natural; pero rendirse la hermosura al engaño es contra razon, y aun contra naturaleza. Y un ánimo como el del hombre, que hace cara á un ejército entero, se rinda á una mujer, que huye de un raton, es cosa que espanta. Dios me libre de sus revueltas, y me guarde de sus dobleces, que aun sin gusto suelen tenerlos, por dar á entender que son queridas y desdeñosas; que las aman y que no las estiman; que las regalan, y que ellas hacen burla de quien las sirve.