DESCANSO VI.
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Estuve en Sevilla algun tiempo viviendo de noche y de dia inquieto con pendencias y enemistades, efectos de la ociosidad, raíz de los vicios, y sepulcro de las virtudes. Torné en mí, y halléme atrás de lo que habia profesado, que en la ociosidad no solamente se olvida lo trabajado, pero se hace un durísimo hábito para volver á ello. El que pierde caminando la verdadera senda, cuanto más se aleja, tanto más dificultosamente vuelve á cobrarla: el que hace costumbre en la ociosidad, tarde ó nunca olvida los resabios que de ella se siguen. En cuatro cosas gasta la vida el ocioso, en dormir sin tiempo, en comer sin razon, en solicitar quietas, en murmurar de todos. Llórame el corazon gotas de sangre cuando veo prendas de valerosos capitanes y de doctísimos varones rendidas á un vicio tan poltron como la ociosidad: quéjase el ocioso de su desdicha, y murmura de la dicha del que con gran diligencia ha vencido la fuerza de su fortuna: tiene envidia de lo que él pudiera haber grangeado con ella. El ocioso ni come con gusto, ni duerme con quietud, ni descansa con reposo, que la flojedad viene á ser verdugo y azote del dejamiento y pereza del ocioso. Determiné de apartarme de este vicio poltron que en Sevilla me arrastraba, y para esto tuve modo de pasar á Italia en servicio del duque de Medina-Sidonia, que en un galeon aragonés enviaba mucha parte de sus criados á Milan. Alcanzada esta buena gracia, detúveme en Sevilla hasta que fué tiempo de partir. En este espacio, vinieron algunos portugueses, de los que en África se habian hallado en aquel desdichado conflicto del rey Sebastian, muchos de los cuales rescató Felipe II. Trabé amistad con algunos de ellos, y como tienen tanta presteza en las agudezas del ingenio, pasé con ellos bonísimos ratos. Estaba un caballero portugués, amigo mio, haciéndose la barba con un mal oficial, que con mala mano y peor navaja le rapaba, de manera que le llevaba los cueros del rostro. Alzó el suyo el portugués, y le dijo: Señor barbero, si desfollades, desfollades dulcemente; mais si rapades, rapades muito mal. Estando un amigo mio y yo á la puerta de una Iglesia, que se llama Omnium Sanctorum, pasó un caballero portugués, con seis pajes y dos lacayos muy bien vestidos á la castellana, y quitándose la gorra á la Iglesia, quitámosela nosotros á él usando de cortesía. Volvió como afrentado, y me dijo: Ollai, senhor castillano, non vos tirei á vos á barreta, se naon á ó Santísimo Sacramento. Dije yo: Pues yo se la quité á vuesa merced. Compungido de esta respuesta dijo el portugués: Ainda vos á tirei á vos, senhor castillano. Venia por la calle del Atambor un portugués con un castellano, y como el portugués iba enamorando las ventanas, no vió un hoyo donde metió los piés y se tendió de bruces. Dijo el castellano: Dios te ayude; y respondió el portugués: Ja naon pode. Estando jugando tres castellanos con un portugués á las primeras, los engañó agudísimamente, que habiéndole dado despues de quinoleada la baraja cincuenta y cinco, dijo con desprecio del naipe entre sí, como lo pudiesen oir: Os anhos de Mafoma. Los demás, que estaban bien puestos, y lo vieron pasar, embidaron su resto: él quiso, y echando el uno cincuenta, y los demás lo que tenian, arrojó el portugués sus cincuenta y cinco puntos, y arrebatóles el resto; dijo el uno de ellos: ¿Cómo dijo vuesa merced que tenia los de Mahoma, que son cuarenta y ocho años, si tenia cincuenta y cinco? Respondió el portugués: Eu cudei, que Mafoma era mas vello. (Yo pensé que Mahoma era más viejo.) Otros excelentísimos cuentos y agudezas pudiera traer, que por evitar proligidad los dejo. Vino en este tiempo una grandísima peste en Sevilla; y mandóse por materia de estado que matasen todos los perros y gatos, por que no llevasen el daño de una casa á otra. Yo, procurando asentar mi vida, fuíme á Sanlúcar á casa del duque de Medina-Sidonia, y navegando por el rio fué tanta la abundancia de gatos y perros que habia ahogados en todas aquellas quince leguas, que algunas veces fué necesario detener el barco, ó echarlo por otra parte.
DESCANSO
VII.
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