DESCANSO XI.

M

Muy contento mi amo de la bondad de su hija, y satisfecho de mi fidelidad tornaron las cosas á su principio, y yo á la reputacion y estimacion en que me solian tener. La doncelluela realmente andaba un poco melancólica, la madre muy arrepentida de verla disgustada, de manera que la hija se retiraba de ella, haciéndose de la enojada y regalona. La madre andaba pensando cómo darle gusto, buscando modos para alegrarla y desenojarla, porque andaba con un ceñuelo que á todos nos traia suspensos, á mí de amor, y á los demás de temor no enfermase de aquella pesadumbre. Al fin, como procuraban volverla á su gusto y tenerla alegre, dijo la madre á mi amo que me mandase decirle aquellas palabras contra la melancolía, que no hallaba con qué alegrarla, sino con ellas. Mandómelo, y yo le dije: Sin duda esta tristeza debe de nacer de algun enojo, y así será menester decírselo muchas veces, para desarraigarle del pecho la ocasion de su mal, haciéndole algunas preguntas, con que respondiendo ella se sazonase mejor su pena. Y así fué, que me dejaron un grande rato hablar con ella, y decirle el ensalmo primero y otros mejores, á que ella respondia muy á propósito, quedando muy contenta de haberla dicho que la verdadera salud y contento y gusto del alma le habia de venir del agua del bautismo, que su padre habia despreciado. Y despues de bien instruida en esto me aparté de su persona, habiendo hablado, y ella respondido, media hora. Alegróse la madre de lo que veia, rogóme que le enseñase aquel ensalmo, á que yo le respondí: Señora, estas palabras no las puede decir sino quien hubiere estado en el estrecho de Gibraltar, en las islas de Riatan, en las columnas de Hércules, y en el Mongibelo de Sicilia, en la sima de Cabra, en la mina de Ronda y en el corral de la Pacheca, que de otra manera se verán visiones infernales que atemorizan á cualquiera persona.

Dije estos y otros muchos disparates, con que se le quitó la gana de saber el ensalmo. Yo, aunque tenia con esto algun entretenimiento, al fin andaba como hombre sin libertad en miserable esclavitud, entre enemigos de la verdadera religion, y sin esperanzas de libertad, por donde el amor se iba aumentando en la doncella y menguando en mí: como pasion que quiere pechos, y ánimos vagabundos y ociosos, desocupados de todo trabajo y virtud; ¿pues qué efecto puede hacer un amor holgazan en una alma trabajadora? ¿qué gusto puede tener quien vive sin él? ¿cómo puede hacer á su dama terrero, quien lo está hecho á los golpes de la fortuna? ¿cómo saldrán dulzuras de la boca por donde tantos tragos de amargura entran? Al fin, el amor quiere ser solo, y que acudan á él solo mozos, sin obligaciones, sin prudencia y sin necesidad, y aun en estos es vicio, y distraimiento para la quietud del cuerpo y del alma. Cuanto más en un hombre subordinado á tantos trabajos, mirado de tantos ojos, temeroso por tantos testigos. Yo andaba muy triste, aunque muy servicial á mi amo y á todas sus cosas, con tanta solicitud y amor que iban las obligaciones cada dia creciendo con el amor de mis amos; pero pesábale de verme andar triste y sin gusto, que aunque no se parecia en el servicio echábase de ver en el rostro. Y así, llegándose el dia de San Juan de junio cuando los moros, ó por imitacion de los cristianos, ó por mil yerros que en aquella secta se profesan, hacen grandísimas demostraciones de alegría, con invenciones nuevas á caballo y á pié, me dijo el renegado: Ven conmigo, no como esclavo, sino como amigo, que quiero que con libertad te alegres en estas fiestas que hoy se hacen al profeta Alí, que vosotros llamais San Juan Bautista, para que te diviertas viendo tan excelentes ginetes, tantas libreas, marlotas de seda hechas un ascua de oro, turbantes, cimitarras, gallardos hombres de á caballo vibrando las lanzas con los brazos desnudos y alheñados: mira la bizarría de las damas, tan adornadas de vestidos y pedrerías, cómo favorecen con mucha honestidad á los galanes, haciendo ventana, dándoles mangas y otros favores: mira las cuadrillas de grandes caballeros, que llevando por guia á su Virey, adornando toda la ribera, así del mar como de los rios, cuán gallardamente juegan de lanzas, y despues de arrojadas, con cuánta ligereza las cogen del suelo desde el caballo. Á todo esto yo estaba reventando con lágrimas, sin poderme contener ni disimular la pena y sentimiento que aquellas fiestas me causaban. Á que volviendo los ojos mi amo, y viéndome deshecho en lágrimas me dijo: Pues en el tiempo donde todo el mundo se alegra, no solamente entre moros, sino en toda la cristiandad, y en una mañana donde todos se salen de juicio por la abundancia de alegría, ¿estás limpiando lágrimas? Cuando parece que el mismo cielo da nuevas muestras de regocijo, ¿lo celebras tú con llanto? ¿Qué ves aquí que te pueda disgustar, ó que no te pueda dar mucho contento? La fiesta, respondí yo, es milagrosa de buena, y tan en extremo grado, que por alegrísima me hace acordar de muchas que he visto en la córte del mayor monarca del mundo, Rey de España. Acuérdome de la riqueza y bizarría, de las galas y vestidos, de las cadenas y joyas que esta mañana resplandecen en tan grandes príncipes y caballeros. Acuérdome de ver salir á un duque de Pastrana una mañana como esta á caballo, con un semblante más de ángel que de hombre, elevado en la silla, que parecia centauro, haciendo mil gallardías, y enamorando á cuantas personas le miraban: de aquel gran cortesano don Juan Gaviria, cansando caballos, arrastrando galas, haciendo cosas de muy valiente y alentado caballero. De una prenda suya que en tiernos años ha subido á la cumbre de lo que se puede desear, en razon de andar á caballo. De un don Luis de Guzman, marqués del Algaba, que hacia temblar las plazas á donde se encontraba con la furia desenfrenada de los bramantes toros. De su tio el marqués de Ardales don Juan de Guzman, ejemplo de la braveza y gallardía de toda caballería. De un tan gran príncipe como don Pedro de Médicis, que con un garruchon en las manos ó tomaba un toro, ó lo rendia. Del conde de Villamediana don Juan de Tasis, padre é hijo, que entre los dos hacian pedazos un toro á cuchilladas. De tanto número de caballeros mozos que admiran con el atrevimiento, vencen con la presteza, enamoran con la cortesía, que como tras de esta mañana se sigue otro dia la fiesta de los toros, acuérdome de todo en confuso. Fiesta que ninguna nacion sino la española ha ejercitado, ni ejercita, porque todos tienen por excesiva temeridad atreverse á un animal tan feroz que ofendido se arroja contra mil hombres, contra caballos y lanzas, y garrochones, y cuanto más lastimado tanto más furioso. Que nunca la antigüedad tuvo fiesta de tanto peligro como este; y son animosos y atrevidos los españoles, que aun heridos del toro se tornan al peligro tan manifiesto, así peones como ginetes. Si hubiese de contar las hazañas que en semejantes fiestas he visto, y traer á la memoria los ingénuos caballeros que igualan en todo á los nombrados, así en valor como en calidad, seria obscurecer esta fiesta, y cuantas en el mundo se hacen. Díjome aquí el ermitaño: ¿Pues cómo no hace vuesa merced mencion de la que hizo en Valladolid don Felipe el amado en el nacimiento del príncipe nuestro señor? Respondí yo: Porque no habia de contar yo en profecía lo que aun no habia pasado; pero esa fuera la más alegre y rica que los mortales han visto, y donde se muestra la grandeza y prosperidad de la monarquía española. Que si el otro emperador vicioso hacia cubrir con las limaduras de oro el suelo que pisaba, saliendo de su palacio con el oro que salió aquel dia en la plaza, la podia cubrir toda como con cargas de arena. Y si para engrandecer la braveza de Roma, dicen que en la batalla de Canas, en la Pulla, se hincheron tres moyos de las sortijas de los nobles, con las cadenas, sortijas y botones de aquel dia se podian llenar treinta fanegas, esto sin lo que quedaba en las casas particulares guardado. Estuvieron aquel dia todos los embajadores de los reyes y repúblicas esperando la grandeza de España, y la flor y valor de la caballería que los dejó suspensos, y en éxtasis de ver la gallardía con que se jugó de los garrochones, revolviendo los caballos, que aunque herir á espaldas vueltas es mucha gala, como lo usan en otras naciones en cazas de leones y otros animales, este dia hubo quien esperó en la misma puerta del toril, cuando con más furia y velocidad sale el toro, y le mató cara á cara con el garrochon, que fué don Pedro de Barros; y aunque esto tiene mucha parte de atrevimiento y ventura, tambien la tiene de conocimiento y arte, que enseña la experiencia con gentil discurso. Al fin estas fiestas admiraron á los embajadores y al mundo: pero mucho más ver á un rey mozo, don Felipe III el amado, siendo cabeza de su cuadrilla, guiar con tan grande sazon, cordura y valor, y enmendar muchas veces los juegos de cañas que los muy experimentados caballeros erraban: porque fué tanta la abundancia de caballos y cuadrillas, que no pudieron caber en la plaza, y con esta confusion algunas veces se descuidaban en el juego, que con la anciana prudencia del mozo rey se tornaba á la primera perfeccion, que cierto parecia ir guiado de los ángeles; porque al fin fué el mejor hombre de á caballo que aquel dia se mostró en la plaza. Despues acá se han cultivado grandes caballeros muy mozos y muy acertados, como don Diego de Silva, caballero de mucho valor, presteza y donaire, atrevidísimo con el garrochon en las manos, y su valeroso hermano don Francisco de Silva, que pocos dias há sirviendo á su rey, murió como valentísimo soldado, y con él muchas virtudes que le adornaban. El conde de Cantillana, que con grandísimo aliento derriba muerto á un toro con el garrochon, don Cristóbal de Gaviria, excelentísimo caballero, y otros muchos que por no salir de mi propósito callo. Proseguimos en ver en la fiesta de los turcos y moros algunos muy grandes ginetes; pero no tan grandes como don Luis de Godoy, ni como don Jorge Morejon, alcaide de Ronda, ni como el conde de Olivares mozo. Pero fué la fiesta alegrísima, que como gente que no ha de tener otra gloria sino la presente, la gozan con toda la libertad que se puede desear. Últimamente ví á mis amas, ya que la fiesta se iba acabando, que me pesó en el alma, no por verlas tarde, que la doncellita estaba hecha ojos, no hácia la fiesta, sino hácia su padre, que viéndole á él me veia á mí. No pude negar á la naturaleza el vigor y aliento que de semejantes encuentros recibe. Hice del ignorante en su vista, y dije á mi amo que nos fuésemos, sabiendo lo que me habia de responder, como lo hizo, diciendo: Esperemos á mi mujer é hija para acompañarlas. Bajaron de una ventana donde estaban, y fuimos acompañándolas, la hija temblándole las manos, y mudando el color del rostro, hablando con intercadencias. Díjole el padre: Ves aquí tu médico, háblale, y agradécele la salud que suele darte.

Hasta que ví á mis señoras, respondí, no ví cosa, que aunque eran buenas, me lo pareciese.

Preguntóme la madre ¿qué me habia parecido la fiesta? Hasta que ví á mis señoras, respondí, no ví cosa, que aunque eran buenas, me lo pareciese, porque la gracia, hermosura y talle de mi señora y de su hija, yo no la veo en Argel. Rióse el padre, y ellas quedaron muy contentas, que teniendo por este camino contenta á la madre, de buena gana me dejaba hablar con la hija. Pidióme la doncella un rosario en que iba rezando, díselo, y en pudiendo hablarla, le dije para qué era el rosario, y que si verdaderamente entregaba su voluntad á la Vírgen, le abriria camino ancho y fácil para llegar á tanto bien como recibir la gracia del santo bautismo, que la doncella con grandes ansias deseaba, y que le habia yo de pedir cuenta de aquel rosario, que le guardase muy bien, y le rezase cada dia; y así lo prometió hacer.