C
Con este poco caso que mi amo hacia de mí tenia libertad para pasearme de noche, no para cosas ilícitas, porque ni yo tenia edad para eso, ni mis trabajos me habian dejado tan holgado que pudiese acudir á cosas de mal ejemplo, ni es razon que en ninguna edad se hagan, sino á tomar un poco el fresco, que las noches de verano en Madrid son para esto aparejadas. Íbamos todas las noches con amigos, con nuestros rosarios rezando; no hácia el Prado, por huir el mucho concurso de la gente, sino á calles solas, que por mucho que lo sean, siempre hay la gente que basta para compañía. Alejámonos una noche hasta llegar cerca de Leganitos; díjome mi amigo: Parad aquí, que vais cansado, al fin sois ya viejo. Piquéme, y díjele: ¿Quereis que corramos una apuesta, y veremos quién está más viejo? Rióse, y dijo que sí. Pusímonos en órden para la carrera, y aun en esta sencillez halló el demonio en qué perseguirme. Estaba un mozo á la puerta de su casa, que así lo entendimos, y dímosle que nos tuviese las capas y las espadas en tanto que pasábamos la carrera: apenas comenzamos á correr cuando dijo una mujer: ¡Ay que me han muerto! por una gran cuchillada que le dieron en el rostro, y apenas dió ella el grito cuando se aparecieron dos ó tres alguaciles, y como íbamos corriendo asieron de mí, que iba delantero en la carrera, y luego del otro, que hay muchos tribunales en Madrid, y en cada uno más varas que dias tiene el año, y con cada vara cinco ó seis vagamundos, que han de comer y beber y vestir de su ministerio. Asiéronnos como á hombres que iban huyendo por delito. Pidiéronnos las espadas, señalamos la casa donde las dejamos, el mozo se habia acogido con ellas y las capas, porque no vivia allí. Como nos cogieron en la mentira, que no habíamos dicho, lleváronnos á la mujer herida, y con el coraje que tenia de su agravio, dijo que quien se la habia dado echó á huir: y como nosotros íbamos corriendo, aunque no huyendo, asentóseles á los alguaciles que sin duda éramos nosotros. Lleváronnos á la cárcel de la villa sin espadas ni capas, donde yo entré con toda la vergüenza del mundo, que no la tuve para desafiar al otro con mis años, y la tuve para entrar en la cárcel sin capa. El alboroto fué mucho, el delito sonó malísimamente; porque dos hombres, no niños, ni de la primera tijera, acometieron una hazaña como aquella contra una mujer miserable. Y el mismo que lo habia hecho, como despues con buenos indicios averigüé, vino tras nosotros; y los alguaciles, que si fueran como deben, no se precipitaran á hacer un borron tan infame, y si pusieran los ojos en la justicia, y no en el provecho, averiguáran el caso, como á ellos les valiera algo la prision, y á mí no me pusieran en mal nombre. Si ellos tuvieran consideracion, miráran que dos hombres que iban sin capas, sin espadas, sin sombrero, sin daga, ni cuchillo, ni otra cosa ofensiva, corriendo parejas, no habian de salir de su casa para una cosa como aquella tan desapercibidos, no pareciendo en toda la calle instrumento con que se pudiera haber hecho. No preguntaron palabra á nadie en toda la calle para averiguar la verdad, como lo hacen siempre. Y dado que los alguaciles quisieran justificar la causa, la priesa que les daban los ayudantes no les dejaran hacer cosa buena, por no hacer novedad en su costumbre. Al fin nos echaron grillos, y fué la causa el teniente, que informado de los alguaciles como quisieron, vino á la cárcel con intento de darnos la tortura; mas como oyó las razones que arriba dije, y como apartándonos halló que concertábamos en el dicho, estuvo perplejo, y no se determinó á cosa. Echáronnos grillos, que estuvimos dos ó tres dias con ellos. Fuése siguiendo la causa, y como no se halló el delincuente, por el indicio de ir corriendo cuando se dió la cuchillada, nos olvidamos allá tres meses; echáronnos en un calabozo, donde estaba un preso antiguo, bermejo, de mala digestion, con unos bigotazos que le llegaban á las orejas, con que se preciaba mucho, porque eran tan gordos y fornidos, que parecian cabos de cirio amarillo. Éste tenia de suerte supeditada la cárcel, que no se hacia entre los presos más de lo que él queria. La gente menuda temblaba de él, y le servian con mucha puntualidad, y otros no osaban hacer un mandado, porque él no gustaba de ello, y si lo hacian, torciéndose el bigote, decia: Pues por vida del rey, si me enojo, que al pícaro y á ellos les dé mil palos. De manera que el rato que estaba fuera del calabozo no se podia vivir, que realmente era marcial, y ocasionadísimo para que se perdieran todos con él. Estuvo dos ó tres dias enfermo, y no saliendo del calabozo, gozamos de paz y quietud, que todos se holgaban de ello, más en saliendo tornó á su ruin costumbre. Yo me ví tan rematado, que determiné de hacer que en muchos dias no saliese del calabozo, y comunicándolo con mi compañero, dijo: Mirad lo que haceis, no sea la prision más larga de lo que pensamos. Y preguntándome cómo habia de hacer para que no saliese fuera, respondíle: Cortándole un bigote. No os pongais en ese peligro, dijo él, por amor de Dios. Yo no os pido, le dije, consejo, sino ayuda. Él tenia costumbre siempre, de dormir boca arriba soplando, por no estragar la grandeza de sus bigotes. Hice amolar muy bien unas tijeras largas, y dejélo acostar á él y á todos los demás del calabozo antes que nosotros, que nos traia tan sujetos, que en acostándose no se habia de mover nadie. Cogí al primer sueño las tijeras, y alumbrándome mi compañero, díle una gentil tijerada, con tanta sutileza, que le llevó todo el bigote, y él no despertó, y de todos los presos nadie lo sintió sino mi compañero, que le dió tanta tentacion de risa, que por poco reventára que, como le quedó el otro tan grande, parecia toro de Hércules con un cuerno menos. Dormimos aquella noche, y yo me hice el enfermo, quejándome de la mala cama; pero levantéme casi junto á él, ó primero, con mi rosario en la mano rezando, por verle cómo llevaba el negocio. En subiendo arriba, miráronle todos espantados, sin decirle palabra; pero él dijo en saliendo: Hola, pícaros, dad acá aguamanos. Vino un pícaro con un jarro calderesco, echóle agua, y lavóse las manos. Luego acudió al rostro, y levantándolo, tomó el bigote intacto con la mano derecha, luego volvió á tomar agua, y fué á asir al otro con la izquierda cuatro ó cinco veces, y como se halló sin él, fué tan grande su coraje, que sin hablar palabra metió el otro bigote en la boca, y se lo comió, entrándose en el calabozo. Yo dije, como él lo pudiese oir: Eso ha sido muy gran bellaquería, la mayor del mundo, el que á un hombre tan honrado hayan ofendido en lo que más se miraba y estimaba.
Estas y otras cosas le dije, con que le pude quitar la sospecha que pudiera tener de mí; pero mirando lo que es razon, digo, que un hombre que está en superior grado, se estime y haga respetar, vaya en hora buena; mas que un desdichado que está en medio de su infelicidad, en el cieno de la tierra que es la cárcel, siendo soberbio, merece que una hormiga se le atreva. ¿Qué tiene que ver prision con soberbia? ¿necesidad con valentía? ¿hambre con desvanecimiento? La cárcel se hizo para sujetar cóleras y malas condiciones, y no para inventar agravios; aunque hay algunos bárbaros tan remontados, que ó por desesperacion, ó porque los tengan por valientes, siendo acá unas ovejas, se hacen en la prision leones, en lugar á donde con mayor humildad y ansias de corazon se ha de clamar á la misericordia, sea justa ó injusta la prision. Él se acabó de quitar la barba azafranada. Y como una desdicha sigue á otra, en este trabajo le llamaron á visita para ver su negocio. Dijo un procurador: Está en el noviciado, que se ha entrado fraile motilon. Tráiganle, dijo el teniente. Subió por fuerza, y con toda la vergüenza y humildad del mundo, porque debia de tener la valentía en los bigotes, como Sanson en el cabello. Así como entró, fué la risa en la sala tan grande, que el teniente le dijo: Bien pareceis así, y bien habeis hecho, porque no tengan que rapar en las galeras. Á que él respondió: Vuesa merced habla como juez, que nadie se me atreviera á decir eso. Leyéronle su causa, que era sobre haber dado una puñalada á una miserable en la casa pública, delante de diez ó doce testigos; y nombrándolos, dijo el agresor: Mire vuesa merced ¿qué testigos son los que juran contra un hombre tan principal como yo? cuatro corchetes y cuatro sellencas. Dijo el teniente: ¿Pues queríades que estuviesen para testigos en esa casa el prior de Atocha, ó algun fraile descalzo? No argüis bien. Tornáronle á encerrar en el calabozo, y de allí adelante le llamaban el padre fray Rapado. Á nosotros nos echaron libres, pero gastados. No quiero yo alabar lo que hice, porque bien sé que no se han de hacer males, aunque de ellos resulten bienes; pero tambien sé que es menester que perezca uno, porque no perezcan todos. Quitar de entre nosotros á quien nos escandaliza, permitido es. El que se estima estímese, mas no ha de ser con superioridad impertinente: los fanfarrones con tiranía tienen á todo el mundo por contrario. Los hombres ocasionados á los muy humildes, hacen salir con reveses que no pensamos. Yo he visto siempre que estos habladores soberbios, que quieren supeditar á otros, en hablándoles recio un hombre callado y llano, se rinden á callar. Que son como las ruedas del coche, que mientras van por piedras, van haciendo ruido, mas en llegando á lo llano, luego van con mucho silencio. Á este desatinado desvanecido fué necesario por algun camino humillarlo, y ninguno pudo ser más á propósito, que privarlo de tan inmenso cuidado, como traia con aquellos rabos de zorro.
DESCANSO XIII.
S
Salimos de la cárcel al cabo de tres meses, porque dimos muy gentiles descargos; pero tan gastados, que no teníamos tras que parar, porque para poder caminar al dia siguiente, yo fuí á vender unas botas escuderiles, y mi compañero una maleta ratonada, que es muy de escuderos, por no tener un cofre, guardar los pedazos de pan en semejantes alacenas, receptáculo de ratones. Estando vendiendo nuestras prendas, envió Dios á un hidalgo muy bien puesto, y doliéndose mucho del testimonio que nos habian levantado, dijo: Que cierto gran caballero que habia sabido nuestra desgracia, le enviaba á que supiese lo que se habia gastado en nuestra prision, y que movido por entrañas de misericordia, le habia dado en doblones lo que dijésemos que nos habia hecho de daño. Yo conocíle, pero antes de declararme, le dije: Señor, esta obra de Dios viene, que sabe nuestra necesidad, que es tanta, que vendemos nuestro ajuar para comer hoy. Lo que nos cuesta serán cien escudos, poco más ó menos; y en diciendo esto, sacó cincuenta doblones, y nos los dió. En viéndolos en mi mano, le dije: Esto es cuanto á la costa, pero cuanto al gusto que vuesa merced recibió de la venganza, y el disgusto que nosotros pasamos, ¿qué satisfaccion puede haber? Que bien le conocí aquella noche que nos fué siguiendo hasta la cárcel. Respondió cuerdamente: El prenderos fué desdicha vuestra, el pagar es obligacion mia. Como yo no os dí la desdicha, no puedo satisfacerla; y si todos los desdichados tuviesen recurso á satisfaccion, no serian desdichados. Yo como no tuve ventura para no padecer, tengo piedad para compadecerme; otro pudiera ser que no mirára lo uno ni lo otro. Muchas desdichas suceden á los hombres por secretos juicios de Dios, de que no podemos pedirle cuenta. Las desdichas no están en nuestra mano, ni estuvo en la mano mia hacer que fuésedes aquella noche corriendo, que eso fué voluntad vuestra. Y os sé decir, que me pesó en el alma del hecho, no por la cuchillada, sino por vuestro trabajo. La desdicha fué, que la cara de la otra, y la carrera de vuestros piés cayeron en un dia: habeis sido tan prudente en esta desdicha, que os he tenido envidia; que quien se acuerda pacientemente en la adversidad, es señor de sus acciones, y las desdichas le acometen con temor. Y si como puedo satisfaceros el daño, pudiera poneros la fortuna debajo de vuestros piés, yo os hiciera felicísimos, pero ya que en esto no lo fuísteis, fuísteislo en cortar el bigote al otro, saliendo bien de ello. Que como vos, por discurso bueno habeis echado de ver mi travesura, yo por vuestro disimulo conocí la vuestra. Aunque el hidalgo habló tan bien, yo estaba contento y alborozado con ver en mis manos aquel metal tan semejante á la luz del sol, que no supe replicarle, sino agradecerle y estimar su cordura, igual con su piedad. Yo me hallé tan harto de trabajos y desventuras, que determiné de dejar la córte despues de haber andado algunos dias de mala ventura, sirviendo del escuderaje, que tan forzoso me ha sido, aborreciéndolo como á una culebra.
Fuíme á despedir de un caballero amigo, que no habia visto muchos dias hacia, y hallándole muy melancólico y desgraciado, le pregunté qué tenia. Respondióme, que ni podia dormir, ni comer, ni tomar descanso en cosa. Pues si haceis, dije, lo que yo os enseñaré, sanareis de todas estas tres cosas. ¿Cómo si lo haré, respondió, aunque cueste todo mi mayorazgo? Pues levantaos mañana en amaneciendo, que yo os llevaré donde cojais una yerba que os sane de todos esos males. Levantóse ó hícele levantar de mañana, y mandó poner el coche: yo le dije, que no haria la yerba provecho sino iba á pié, y dejando el coche lo llevé hácia San Bernardino, convento de los Recoletos Franciscanos, diciendo, que estaba la yerba allí, y que la habia de coger con sus manos. Hícele andar de manera que iba carleando como podenco con sed, y tanto, que de cansado se sentó en el camino. Preguntéle si descansaba. Respondió que sí. Pues sabeis por qué habeis descansado, porque os cansásteis: y en las sillas de vuestra casa no descansais, porque no os cansais. Hícele llegar á San Bernardino, y volver á su casa á pié, con muy buena gana de comer. Comió y bebió con gana, y luego se acostó, y durmió muy bien. Díjele luego: Quien no se cansa, no puede descansar; y quien no tiene hambre, no puede comer; quien no tiene falta de sueño, no puede dormir, no se queje quien no hace ejercicio de males y enfermedades que le vengan, que la poltronería es el mayor enemigo que tiene el cuerpo humano. El ejercicio á pié restaura los daños causados de la ociosidad. Los caballos más ejercitados son de más dura y brio. El pescado del mar Océano, es mejor que del Mediterráneo, porque está más azotado por aquellas cavernas hondas de las olas más contínuas y furiosas: los hombres trabajados están más enjutos, y para más que los holgados; y así son todas las cosas, que un hombre que trabaja más que otro es más poderoso, entiéndese con igual capacidad. Holgóse mucho, y de allí en adelante dió en hacer ejercicio á pié por la mañana y por la tarde, con que se halló muy bien y con muy entera salud, y agradecióme la estratagema de que usé para quitarle de la ociosidad que le tenia impedido, sin gusto y sin salud, é hízome un grande regalo. Anduve por Madrid algunos dias, donde fuí ayo y escudero del doctor Sagredo, y su mujer doña Mergelina de Aybar, hasta que los dejé ó me dejaron.