DESCANSO XV.
C
Como el hombre naturalmente es animal sociable, que apetece la compañía, el oidor se halló tan bien con la mia, que no se sufrió un punto de division en todo el camino que pudimos ir juntos. Tenia y tiene muy gallardo entendimiento, con que movia de lo que se ofrecia á la vista muy gentiles cuestiones, á que yo le respondia lo mejor que pude y supe. Y si algun hombre de traza se nos juntaba de su misma profesion, le sacaba preguntas, ó daba ocasion que se las hiciesen; á que respondia gallardemente. Pegósenos un clérigo de un pueblecillo de por allí cerca, y yendo caminando, iba rezando sus horas en voz que lo pudiesen oir los alcornoques y robles, de suerte que nos interrumpia la conversacion, y él cumplia mal con su obligacion. Preguntóle el oidor: ¿No se podria dejar eso para la noche, para que se hiciese con el silencio y devocion que se requiere? Oh señor, respondió el clérigo, diónos la Iglesia esta pension, que aun caminando habemos de rezar: ¿por qué no ordenará que yendo un clérigo cansado, y pensando en sus negocios, y en el fin que han de tener, no rezára caminando? Respondió el oidor: Porque la Iglesia no cria á los clérigos para correos, sino para rezadores. Bien respondido está, dijo el clérigo. Y quedó con esto muy satisfecho: topamos un muchacho medio rapado, que por andar no tanto como las cabalgaduras, en alcanzándole preguntó el oidor: ¿Á dónde vas, mozo? Él respondió: Á la vejez. Oidor: No digo sino ¿qué camino llevas? Muchacho: El camino me lleva á mí, que yo no lo llevo á él. Oidor: ¿De qué tierra eres? Muchacho: De Santa María de todo el mundo. Oidor: No te digo sino ¿en qué tierra naciste? Muchacho: Yo no nací en ninguna tierra, sino en un pajar. Oidor: Bien juegas del vocablo. Muchacho: Pues siempre pierdo por bien que juego. Oidor: Este muchacho no debe de ser parido como los otros. Muchacho: No, porque nunca me he empreñado. Oidor: Quiero decir, pues no dices dónde naciste, no debiste salir de madre. Muchacho: ¿Pues soy yo rio para salir de madre? Oidor: Á fé que no teneis la lengua muy ruda. Muchacho: Si fuera ruda no la trujera tan cerca de las narices. Oidor: ¿Tienes padre? Muchacho: Antes por no tener muchos vengo huyendo, porque me metieron fraile, y habia tantos padres, que no podia sufrirlos. Oidor: ¿Y es mejor andar como correo? Muchacho: Por huir de la correa bien puede ser un hombre correo. Reímonos mucho con el muchacho, y en llegando cerca de una ventilla que está junto á un arroyo algo profundo, entre dos cerros, nos dijo el mozo de mulas: Aquí habemos de parar, porque nos darán buen recaudo, y la ventera es muy hermosa y aseada, y si pasamos adelante habemos de caminar de noche más de tres horas. Él hizo fuerza, prometiéndonos camas, que á lo que pareció, la ventera era su conocida más de lo que fuera razon. Entramos en la venta, y luego se presentó la huéspeda muy boquifruncida, vestida de un colorado oscuro, y una ropa encima de lienzo blanco, llena de picaduras, y preguntóme el mozo de mulas: ¿Qué le parece á vuesa merced? Yo le respondí: Paréceme asadura con redaño. Y dijo el oidor: Está vestida de vírgen y mártir. Bien dice vuesa merced, dije yo, mas está la castidad por defuera, y lo mártir por dedentro, y como hay muchas matas por aquí, está muy rota la castidad. Cada uno habla como quien es, dijo la ventera. Volví la hoja, porque la ví corrida del apodo, y el mozo de mulas enojado; y le dije: La verdad es que vuesa merced está muy deseada y hermosa, que tiene cara, no para aquí, sino para estar muy bien empleada. Quedó muy contenta, que era fácil de condicion, y sacónos muy buenas perdices, con que cenamos. Ella muy contenta, despues de haberle dicho que lo hacia como cortesana, nos dijo: Camas habrá para vuesas mercedes, aunque para el friecillo que por aquí hace hay pocas mantas. Dijo el muchacho frailesco: De esas no faltarán, que con las que ha echado el mozo de mulas se puede abrigar Búrgos y Segovia. No se burle conmigo, dijo el mozo de mulas, que le haré ver estrellas á mediodía. ¿Pues sois vos la Epifanía? dijo el muchacho. Respondióle el otro: Soy la puta que os parió. Y aun por eso, dijo el muchacho, salí tan grande bellaco.
Dijéronse muy graciosas cosas el muchacho y el mozo de mulas, con que se pasó buen rato. El oidor preguntó al muchacho: Dí por tu vida, ¿de dónde eres? Yo, señor, respondió, soy andaluz de junto á Úbeda, de un pueblo que se llama la Torre Pero Gil, inclinado á travesuras; y como por ser pequeño el pueblo no podia ejecutarlas, hurté á mi padre cuatro reales, y fuíme á Úbeda, donde mirando las casas de Cobos estaban jugando turron, y con la codicia del comerlo púseme á jugar los cuatro reales, y habiéndolos perdido, sin probar el turron, arriméme á un poste de aquellos soportales, que están allí cerca, y estúveme hasta que ya era de noche desconsoladísimo; llegó un viejo, preguntóme: ¿Qué haceis aquí, gentil hombre? Respondí: Tengo este poste que no se caiga, ¿por qué lo pregunta? Porque si no teneis, dijo, donde dormir, allí hay un banco de un tundidor, y os podeis acostar en aquella borra. Y esa borra, dije yo, ¿podrá borrar mis borrones y desdichas? ¿Pues tan temprano os quejais de ella? dijo el buen hombre. ¿No quiere que me queje, respondí yo, si desde que salí de casa de mi padre todo ha sido infelicidades? ¿De dónde sois? preguntó. De muchas leguas de aquí, respondí yo. Mirad, hijo, dijo; para los hombres se hicieron los trabajos, y quien no tiene ánimo para resistirlos, en ellos perece; que comenzando tan temprano á sentirlos se os harán más fáciles cuando seais hombre: los que se andan ovachones no tienen esperiencia de cosas, y así nunca estiman el bien, que el trabajo habilita á un hombre, y le hace capaz para todas las cosas: yo salí de casa de mis padres de vuestra edad, y por mi virtud he llegado á tener un oficio muy honrado de almotacen de esta ciudad. Bien adelante ha pasado, dije yo, no se deshaga de él; pero quien no tiene blanca, ¿cómo podrá pasar tan adelante? Si sois de tantas leguas, dijo, como decís, no es maravilla haber gastado, y pasado trabajos. ¿Dónde es vuestra tierra? En la Torre Pero Gil, respondí; rióse, y díjele: ¿Parécele que para contar trabajos es poco tiempo? Así como salí, que fué de noche, me colé en una viña, donde metí tanta uva llena de rocío, que si no buscára por donde salir, reventára, y no pudiera llegar á Úbeda, y ya que llegué con este trabajo me sucedió jugar cuatro reales que traia, y quedarme sin dineros y con hambre y mucha sed, sin posada y cama. Pues id, dijo, allí, y la hallareis. Fuí, y acomodando la borra, tendíme sobre ella; parece que descansé un poco, y á media noche fué tan grande la mudanza de la serenidad en borrasca y viento, que pensé no llegar á la mañana, porque el aire furioso entraba en el banco, haciendo polvo de la borra para los ojos, y charco de agua para todo el cuerpo: y sobre todo, los cochinos que andaban paseándose y buscando la vida por aquellas calles, acudieron á los bancos de los tundidores á repararse de la tempestad, y pensando que estaba solo el mio, entraron gruñendo una docena de ellos, hocicando en la borra, que aínas me borráran toda la cara; pero sufrílos y halaguélos, por el abrigo que me causaban, y aunque con ofensa de las dos ventanas, llegué á la mañana, no muy limpio ni oloroso, pero con algunos palos, porque el mozo del tundidor antes de amanecer llegó á echar los cochinos con una varilla de fresno de tres dedos de gordo, y pensando que daba en ellos, pegaba tambien en mis espaldas, con que se me quitó el sueño y la pereza. Pasé mi trabajo, aunque él no se me pasó, porque siempre iba de mal en peor, que adonde quiera que iba, ó me buscaba el mal, ó yo lo buscaba á él: que los muchachos mal inclinados, en tanto son buenos, en cuanto la fuerza les hace que no sean malos. Fuíme de Úbeda á Córdoba, donde topé un fraile mozo que iba á estudiar á Alcalá, y diciéndome si queria acompañarle, le dije: Que de muy buena gana, porque comia y bebia muy bien de limosna, que por los pueblos y ventas le daban. Agradóle tanto mi bachillería, que me alabó mucho en un monasterio de su órden, donde me dieron el hábito con mucho gusto. La tentacion de hambre que pasan los novicios, aunque la oía decir, no la creia hasta que la esperimenté, que cuando acabábamos de comer, cogíale al refitolero un panecillo para comer entre dia; pero á la segunda vez que lo hice me lo cogieron, tratándome mal. Usé una traza muy buena, que hinqué cinco ó seis clavos por la parte de abajo en las tablas de mi cama, y en cogiendo el panecillo iba corriendo y espetábale en un clavo de aquellos; venian tras de mí, y como no lo hallaban, echaban la culpa á otro.
Pasé de esta manera algunos dias, con que almorzaba y merendaba á mi gusto, y otros por mi culpa lo padecian: y estuviera hasta hoy secreto, si no fuera por una travesura que hice contra el maestro de novicios, que habiéndole enviado un tabaque ó canastillo de unas tortas hermosísimas de bizcochos, le cogí dos en volviendo la cabeza, y fingiendo que iba á otra cosa, fuí en un instante y espetélas en los clavos: volví muy mesurado, púseme á leer, echó menos las tortas y fué de presto á mi cama: miróme todo el cuerpo y los librillos, y no hallando lo que buscaba, quiso ver si estaba debajo de la cama, metiendo la mitad del cuerpo, y al fin dijo: Aquí no hay nada, vamos á otra parte: estaba yo ya muy seguro y muy contento; pero al tiempo que fué á sacar la cabeza de debajo de la cama, topó con el colodrillo en un clavo de aquellos, y como se lastimó, miró lo que era, y halló en los clavos sus tortas y mis panecillos. Asiéronme, poniéndome el cuerpo como tablilla de pintor; mire vuesa merced si es mejor la correa que el correo. Dejáronme aquella noche, á su parecer, que no podria volver sobre mí; pero yo cogí mi hatillo, y aviándome hácia el camino, enviaron tras mí dos mozos que servian al monasterio como donados, y por saber la tierra mejor que yo, cogiéronme la delantera tan de mañana, que cuando salí los ví de lejos puestos en lugar que no tenia remedio sino que me habian de coger, pero como la necesidad es tan grande trazadora de remedios, hallélo en un colmenar que estaba junto al camino; y así como los ví entréme en el colmenar, derribando más de veinte colmenas, y poniéndome entre ellas, sin hacer movimiento poco ni mucho, porque las abejas no acometen sino á quien lo hace, y entrando ellos á acometer, las abejas, por defender su jurisdiccion, los recibieron con sus armas al tiempo del asalto de las murallas, y como ellos se defendieron con las manos, cuanto más jugaban de ellas, tanto mayor número de abejas acudia. Alborotado el ejército y puesto en arma, desampararon las tiendas de la retaguardia, y viniendo á socorrer la vanguardia, fué tan grande el concurso, que les hacian sombra á los pobres verdugos. Yo, vista la batalla que por mí se habia trabado, y viendo la seguridad con que podia escabullirme, con el mayor silencio que pude, me salí á gatas del real por entre unas jaras, que para encubrirme estaban más espesas que las abejas para mis contrarios, que entrándoseles por las muñecas y pescuezo, no les daban lugar á la defensa. Aunque lo primero que hicieron fué cargar tan increible número á la frente y ojos, que un momento los cegaron de manera que cuando quisieron salir ya no acertaron, ni veian por dónde. Acudió el dueño del colmenar á sosegar sus soldados, armado con sus armas defensivas, y halló de suerte á los miserables mozos, aporreados y llenos de chichones, que en lugar de reñirles el daño hecho en su real, hubo de sacarlos muy lejos de la gente alterada y colérica, porque no los acabasen de matar. Seis dias há que vengo huyendo de los azotes que me habian de pegar si me cogieran. Entretuvo el muchacho toda la gente de la venta con sus sucesos con gusto y risa. Yo le dije: Al fin hallaste misericordia en las abejas, que haber sido sin daño de tercero, fuera el más feliz suceso del mundo: pero como tenemos más obligacion á nosotros propios naturalmente que á los otros, buscamos remedio para nuestros daños en los agenos, aunque ha de procurar un hombre su bien sin mal del prójimo, porque lo demás es contra caridad. Dijo el muchacho: Sea como fuere, que siempre oí decir que tiene un hombre obligacion de guardarse á sí propio: que un cordero mató á un lobo por huir de él en una trampa que habia puesto el pastor muy encubierta de yerba, con una culebra muerta puesta encima. Vió el lobo que venia muy determinado á cogerlo, y corriendo el cordero hácia donde estaba su pastor, cuando llegó á la trampa, vió la culebra, y espantóse de ella, dió en la trampa, y quebróse las piernas. Y si un cordero sabe defenderse con daño ageno, ¿por qué no lo hará un hombre? Con esto se fué cada uno á su cama, espantados de la bachillería del muchacho.