L
Luego que, por mi desgracia, salí de aquella reina del mundo, Madrid, ó madre universal, en el primer pueblo á donde llegué ví tocar cajas que hacian gente por mandado de Felipe II, para ir á descubrir el estrecho de Magallanes; y como yo nací más inclinado á las armas que á los libros, dí con ellos á un lado; y con el ánimo alterado, arrimándome á un capitan amigo mio, eché mi caudal en armas y en vestidos de soldado, que no le parecieron mal á doña Mergelina, que con ver que ella gustaba de ello me incliné más á seguir aquel modo de vida, llevándola en mi compañía, por quererlo ella, y por desearlo yo, que muchos hombres casados fueron á la misma jornada, porque la intencion de Su Majestad era poblar aquel estrecho de vasallos suyos, y pluguiera á Dios me lo estorbara, que yo tenia mi voluntad tan subordinada á la suya, que sin su beneplácito no me arrojara tan inconsideradamente á profesion tan llena de miserias y necesidades. Embarcámonos en Sanlúcar, que voy abreviando, y llegando al golfo de las Yeguas fué tan desatada y terrible la tormenta que nos sobrevino, que por poco no quedára tabla en que salvarnos; pero por la prudencia de Diego Flores de Valdés, general de la flota, volviendo las espaldas á la tormenta, tornamos á invernar á Cádiz primera vez, de donde salimos, y con grandes incomodidades llegamos á la costa del Brasil, invernando segunda vez en San Sebastian, á la boca del rio Ganero, muy ancho y estendido puerto. Estuvimos allí algun espacio, admirándonos de ver aquellos indios desnudos, y tanta abundancia de ellos, que bastára para poblar otro mundo. Solian desaparecerse algunos de ellos, sin saber qué se hacian, y un valeroso mancebo, mestizo portugués é indio, determinóse de buscar el fin de tantas personas como faltaban, y embrazando una rodela de punta de diamante, y una muy gentil espada, se fué por la orilla del ancho mar: vió de lejos un mónstruo marino que estaba esperando algun indio para cogerle, y que llegando cerca, puesto en piés el mónstruo, porque antes estaba de rodillas, era tan grande, que el portugués no le llegaba al medio cuerpo, y cuando el mónstruo le vió cerca, cerró con él pensando llevarle adentro, como hacia con los demás. Pero el valeroso mozo, poniendo la rodela adelante, y jugando la espada, defendióse lo mejor que pudo, aunque las conchas de la bestia marina eran tan duras que no le pudo herir por alguna parte. Los golpes que el mónstruo le daba eran tan pesados que no los osaba esperar, hasta que dió en ponerle delante la punta del diamante, apuntando á las coyunturas de los brazos, por donde el mónstruo recibió tanto daño que se iba desangrando: y habiendo durado esta pesca grande rato, al fin cayeron ambos muertos. Fueron á buscar al animoso mozo, y hallaron uno caido á una parte, y otro á otra. El capitan Juan Gutierrez de Sama y yo vimos el cuerpo del espantable mónstruo, y otros muchos españoles, con grande admiracion. El mar por allí tiene muchos bajíos y muchas islas; en una de ellas vimos una serpiente de las que por acá nos pintan para espantarnos, que tenia el hocico á manera de galgo, largo, y con muchos dientes agudísimos; alas grandes de carne, como las de los murciélagos, el cuerpo y pecho grandes, la cola como una viga pequeña enroscada, dos piés, ó manos con uñas, el aspecto terrible. Encaramos cuatro escopetas hácia ella, porque estaba en una fuente que por el remanente íbamos á buscar para beber. Yo fuí de parecer que cuando la matásemos ella mataria á alguno de nosotros, y así la dejamos, porque ella en viéndonos se entró por la espesura del monte, dejando un rastro muy ancho como de una viga. Mas como no me importaba, ni importa para mi discurso, no digo muchas monstruosidades que vimos. Seguimos desde allí el camino ó viaje del estrecho, por el mes de enero y febrero, cuando allá comienza el verano, con muchos vientos contrarios, oponiéndonos á recias corrientes, que ó por cerros altísimos, y canales que hay debajo del agua, ó por vientos furiosos que la mueven, nos hacian tantas contradicciones, que muchas naos padecieron tormentas, y algunas naufragio, sin poderse socorrer unas á otras. Entre las que padecieron naufragio fué la que llevaba mi esposa y á mí, que aunque soltaron pieza, ó no nos oyeron, ó no pudieron socorrernos, sino fué una que iba á vista de la nuestra, que compadecidos los marineros, contra su costumbre, de nosotros, acudieron á tan buen tiempo que pudo salvarse la ropa y las personas antes que del todo se hundiese. Los soldados y marineros, despues de haberse anegado nuestro navío, y pasado al otro, acudieron á regalar á la mal malograda de mi esposa, que aunque era tan varonil, el temor de la tragada muerte la tenia turbada, y así fué parecer de todos que no siguiésemos la armada hasta ver que la gente hubiese respirado del trabajo pasado. Descubrióse una isla despoblada, adonde con algun trabajo pudimos arribar. Reparámonos del cansancio y trabajo, hicimos agua, que la hallamos muy buena, y algunas frutillas con que nos refrescamos, y dentro de quince dias nos hicimos á la vela siguiendo la flota, que no pudimos alcanzar. Llegamos á vista del estrecho, despues de haber andado perdidos mucho tiempo. Descubriéronse grandes y altas sierras, con muchos árboles frutales, y infinita caza, segun supimos de pobladores que dejó allí la armada, aunque ni saltamos en tierra, ni nuestra cabeza lo consintió por volver á seguir la flota.
DESCANSO XX.
E
Estando esperando viento para volver la proa, vimos venir muchísimas aves en aquella parte del estrecho, donde habia unos hombrezuelos pequeños de estatura, porque en la otra son altísimos y membrudos, que casi las aves se señorean de la tierra, de manera que los hombrecitos huian de ellas; nos vino un viento tan poderoso, que nos hizo pasar el estrecho sin poderle resistir, con grandes daños del navío, porque siendo la orilla muy llena de bajíos, íbamos casi arrastrando por la arena las áncoras, fuera de no estar el estrecho llano como el de Gibraltar, sino haciendo combas y senos, y topando en las áncoras que habia dejado la arena por allí. La presteza del viento fué tanta y tan sin pensar, que no tuvieron los marineros traza para defender al navío. Pasamos de la otra parte con todos estos peligros de golpes que el navío daba, y duró tanto, que nos rompió las velas mayores, aunque las demás se amainaron, dejaron el trinquete de proa para que la inmensa furia del aire nos llevase adonde quisiese, sin poder dar bordo ni ver lugar adonde pudiésemos tener recurso ni socorro. Al fin anduvimos seis meses perdidos, faltando ya todo lo necesario para conservar la vida, arrojados y sacudidos de las olas por tan inmensos mares, de nadie conocidos y navegados, perdida la esperanza y el gobierno sin saber hácia dónde caminábamos, dispuestos cada dia para ser manjar de mónstruos espantables, fuera de nuestro elemento, y acabadas ya comida y bebida, de suerte que no habia quedado cuero de maleta que no hubiese sido dulcísimo mantenimiento de su dueño, si se las dejaban comer á solas, con un temor horrible, de imaginar la sepultura que teníamos abierta en las no habitadas cavernas del profundo mar, ó en las hambrientas entrañas de sus indomables bestias. Creyendo que ya todo el mundo hubiese tornado á ser agua otra vez por el diluvio general, comenzaron todos á decir en un grito: ¡Tierra, tierra, tierra! porque descubrimos una isla de tan altos riscos cercada, y ellos adornados de tan levantados árboles, que parecia alguna cosa encantada, y apenas la descubrimos, cuando en un instante se desapareció, no por arte mágica sino por la fuerza de una corriente que nos arrebató el navío contra nuestra voluntad, sin ser poderosos para resistirlo, hasta que la misma corriente nos echó á un lado, entre unos remolinos tan furiosos, que tuvimos por cierto que se tragára el navío, y á nosotros con él; pero volviendo en sí los marineros, y no habiendo perdido el tiento donde se descubrió la isla, parecióles que dando bordos con el trinquete, llevando siempre á vista la corriente, sin acercarnos á ella, podíamos tornar á cobrar la isla; pero yo fuí de opinion y parecer que amainasen el trinquete, y con los dos barcos que iban amarrados en la popa, llevásemos el navío á jorro; porque si la corriente arrebatase uno de los barcos, sería fácil de volver al navío; mas si arrebatase el navío, tornaríamos á perder el tiento, y aun las vidas; y encomendándonos todos al bendito ángel de la guarda, con grandísimas plegarias y oraciones, y bogando los barcos aquellos que más robustos ó menos flacos habian quedado por la falta de los mantenimientos, remudando de cuando en cuando porque todos se alentasen con la esperanza de ir á buscar tierra, pusimos en la guia ó en lo más alto del árbol mayor un hombre muy bien atado que fuese descubriendo con grande vigilancia, y avisando lo que pareciese que se descubria; y al cabo de dos dias al punto que ya nos parecia que habíamos perdido el camino de nuestra salud, tornamos á ver aquellas altísimas y tajadas peñas, más empinadas que el Calpe de Gibraltar, pero llenas de tan próceros y vistosos ramos, que alentó de manera á todos mis compañeros, que fué menester quitarles los remos de las manos; porque con las ansias y encendidos deseos que tenian de llegar á tierra, por poco dieran otra vez con el navío en la corriente, y con las personas en la última miseria de desesperacion. Pero dándoles una grande voz, les dije: Compañeros, ya que Dios os ofrece, tras de tantas desventuras, hambres y trabajos, ocasion en que se conozca cuánto puede la industria junta con el valor de los pechos, que tanto tiempo han estado firmes, siendo terreno de increibles golpes de fortuna, si ahora nos faltase la cordura y sufrimiento para con prudencia considerar cuánto más cercanos estamos de la muerte que en todo el tiempo que nos ha traido la fortuna jugando con nuestras vidas, no seria ya culpa suya, sino nuestra, precipitarnos en tan evidente peligro como el que habemos tocado con las manos y visto con los ojos. Y siguiendo mi parecer en lo que tanto nos importaba, fuimos acercándonos á la isla con tanto tiento, que aunque diéramos en la corriente con alguno de los barcos, con la mucha atencion que todos los marineros de conocimiento llevaban, no se recibiera daño que no fuera fácil de reparar. Caminamos tanto y tan atentamente, que veníamos á hallarnos menos de media legua de la isla, y muy cercanos á la corriente, que al parecer de los más esperimentados, comenzaba sobre la isla muy poco trecho, y se estendia por ambos lados, de manera que dejaba la entrada imposible y la isla inaccesible, como le dimos el nombre. Y aunque la corriente no era tan estendida como en lo que por nuestro daño habíamos visto, era mucho más furiosa, por ser en aquella parte más angosta.
Al fin, estando suspensos, y sin consejo sobre lo que se habia de hacer, yo dije resueltamente: ¿Allí hay tierra y riscos? pues aquí ha de haber lo uno y lo otro. Y determinadamente hice arrojar el áncora, y á poco trecho aferró de suerte, que todos quedamos muy contentos y con esperanza de salvamento. Hecho esto, pedí todos los cabos, sogas y maromas, de que habia abundancia, tambien como de pólvora, porque no se habia ofrecido lance en que gastar lo uno y lo otro, y atadas fuertemente una soga con otra vino á ser tanta la cantidad, que podia el barco llegar á la isla, y echando en él cincuenta compañeros, y los más fuertes que me pareció, con sus arcabuces, frascos y frasquillos, bien llenos de pólvora, y yo por cabo de ellos, aviando en el navío, que aunque nos arrebatase la corriente, fuesen dándonos cabo, y alargando con mucho tiento las maromas, hasta ver en qué parábamos; nos dejamos llegar, guiándonos el bendito ángel de la guarda, y arrebatándonos la corriente, sin recibir el barco otra alteracion, sino ir con mucha furia. Á poco trecho nos hallamos en un abrigo, ó seno que hacia la isla por aquella parte, tan sosegado, que si era grandísima la furia de la corriente, no era menos mansa y quieta la playa ó puerto adonde nos arrojó. Con este infeliz, y no pensado suceso, fuimos bogando, arrimados al levantado risco para buscar alguna entrada, y luego vimos á la puerta que hacia el encorvado abrigo, un ídolo de espantable grandeza, y más admirable hechura, y de novedad nunca vista ni imaginada: por su grandeza era como de una torre de las ordinarias; sustentábase sobre dos piés tan grandes, como lo habia menester la arquitectura del cuerpo: tenia un solo brazo que le salia de ambos hombros, y éste tan largo, que le pasaba de la rodilla gran trecho: en la mano tenia un sol ó rayos de él, la cabeza proporcionada con lo demás, con solo un ojo, de cuyo párpado bajo le salia la nariz con sola una ventana: una oreja sola, y esa en el colodrillo: tenia la boca abierta, con dos dientes muy agudos, que parecia amenazar con ellos: una barba salida hácia fuera con cerdas muy gruesas: cabello poco y descompuesto. Pero aunque pudiera espantarnos esta vision para no pasar adelante, como íbamos buscando la vida, y se habia de hallar en tierra, caminamos hácia el ídolo, por donde estaba la pequeña entrada para la isla, de nadie jamás vista ni comunicada, y al punto que llegamos el barco á la entrada, salieron los dos altísimos jigantes, de la misma hechura que tengo pintado el ídolo, y cogiendo el barco cada uno de su lado, fué tanto el espanto nuestro y la violencia suya, que sin podernos valer, nos vaciaron en una cueva que estaba al pié del ídolo: y á un pobre compañero que tuvo ánimo para disparar el arcabuz, cogió un jigante de aquellos, ciñéndolo con la mano por medio del cuerpo, y lo arrojó tan lejos, que le vimos ir por encima del agua grande trecho, hasta que cayó en el mar. Yo tuve advertencia de amarrar el barco á un tronco de un árbol que estaba cerca de la entrada, antes que llegásemos á ella, que despues nos fué de mucha importancia, no previniendo el daño que nos habia de venir, sino porque el barco no se fuese hácia la corriente.