—El alma, contestó Alvarado; llévenme donde la cure con la resina de la penitencia.
Esto acontecía el 24 de junio de 1541.
Cristóbal de Oñate llegó á verle, lleno de sentimiento, y Alvarado le confesó que de nadie sino suya era la culpa, por haber desoído los consejos prudentes de Oñate.
Llevaban á Pedro de Alvarado para Guadalajara, y en el camino encontraron al Br. Bartolomé de Estrada, y allí mismo se confesó, y otorgó su testamento ante los escribanos Diego Hurtado de Mendoza y Baltasar Montoya, el mismo que había causado su desgracia. El 4 de julio de 1541, el famoso Pedro de Alvarado había dejado de existir.
Su cadáver fué trasportado después á Guatemala.
Epilogo
Era la noche del 11 de septiembre de 1541. La noticia de la trágica muerte de Pedro de Alvarado acababa de llegar á Guatemala, y su viuda Doña Beatriz de la Cueva lloraba sin consuelo tamaña desgracia, en la ciudad de Santiago, donde estaba radicada.
Varias damas de las principales familias de la población habían ocurrido á hacer compañía á la afligida esposa del capitán general.
Serían las dos de la mañana, cuando se estremeció terriblemente la tierra, por una, dos y tres veces, y se escuchó un pavoroso ruido subterráneo, que venía como de las montañas.
La cima de uno de aquellos montes se desprendió cayendo hacia la parte opuesta de la ciudad; pero de allí mismo brotó un torrente impetuosísimo, que arrastrando inmensos peñascos, se precipitó sobre las habitaciones, sepultando á seiscientas personas.