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Por algún tiempo Don Juan Manuel se encerró en su casa, y no se volvió á hablar de él. Después, en secreto, y con mil reservas, decían las viejas y las beatas: Don Juan Manuel ha hecho pacto con el diablo, y se santiguaban y ponían la cruz al enemigo malo. La verdad era tal vez que Don Juan Manuel tenía celos de su mujer, de quien estaba locamente enamorado, y sin poder descubrir ni averiguar de una manera cierta quién era el que le robaba su honra, estaba á punto de volverse loco de rabia y desesperación.

Una noche se encontró el cadáver de un hombre asesinado; pero como había en esa época una falta absoluta de vigilancia y de policía, no había alumbrado en la ciudad, y los bandidos abundaban, se atribuyó á ellos esta desgracia; sin embargo, llamó la atención el que se encontrase en los bolsillos del vestido de la víctima bastante cantidad de monedas.

A los ocho días, otro cadáver tirado en las cercanías de la que hoy se llama calle de Don Juan Manuel; al día siguiente otro, y después periódicamente otros y otros más. La ciudad se llenó de terror porque algunos de los muertos pertenecían á familias conocidas y honradas de la ciudad.

Inmediatamente el vulgo inquirió quién era el autor de estos crímenes. Don Juan Manuel, seducido enteramente por el diablo y habiéndole entregado su alma con tal de que le señalase al amante de su esposa, salía todas las noches de su casa embozado hasta los ojos y con un agudo puñal desnudo en la mano. En el momento que en las cercanías de la casa encontraba á alguno, los celos le cegaban y suponía que era ese alguno de los muchos que trataban de ofender á su honra, y le preguntaba:—¿qué horas son?—Las once, contestaba inocentemente el transeunte.—Dichoso tú que sabes la hora en que mueres, respondía Don Juan Manuel, y al mismo tiempo le clavaba el puñal en el corazón ó en la garganta, y dejándole ya muerto y nadando en su sangre, regresaba á su casa, se oía el estruendo pavoroso de la pesada puerta que se cerraba, y todo quedaba después en las tinieblas y en el silencio. Las horas más críticas eran desde las once hasta las doce de la noche, y nadie, ni aun para pedir los Santos Oleos, se aventuraba en las calles desde las ocho en adelante, á no ser acompañados de dos ó tres alguaciles. Sin embargo, había muchos que porque no creían en tan vulgares consejas ó por absoluta necesidad, transitaban por los dominios de Don Juan Manuel, y era seguro que esa noche, sabiendo exactamente la hora, morían víctimas del sanguinario furor que el demonio había inspirado á este extraño caballero.

El hecho era que los asesinatos se cometían con frecuencia, que los cadáveres se encontraban al día siguiente con todas sus ropas y prendas, y que aunque en secreto y con reservas se señalaba á Don Juan Manuel como al autor de estos crímenes; pero en lo visible no había sino pruebas en contrario. Don Juan Manuel, aunque triste y sombrío como hemos dicho, concurría á la misa, daba sus limosnas y visitaba como de costumbre á su amigo el Virrey. Quién había de atreverse á acusar á un hombre acaudalado y respetable, ni qué pruebas podían presentarse; así, todo el mundo callaba y cumplía con encerrarse en su casa desde que se escuchaba el toque de ánimas.

Había en la calle de Don Juan Manuel (probablemente donde hoy se encuentra la magnífica finca del Sr. Dozal) una casa de pobre apariencia y que era propiedad de una beata que tendría sus cincuenta años. Alguna de las faltas de que es víctima la juventud cuando es demasiado confiada en el otro sexo, hizo que la Madre Mariana, que así la llamaban, tomara el hábito de beata y además hiciese la promesa de rezar un número de credos á la Preciosa Sangre, igual al día de cada mes, de modo que nunca se acostaba antes de la media noche, y el día 25, por ejemplo, empleaba más de media hora en rezar los veinticinco credos que le tocaban. En la calle oscura, sin empedrado, muda y completamente sola desde las ocho de la noche, no se veía más que una luz, como la de una sola y lejana estrella en un cielo nebuloso. Era la luz que salía por un estrecho postigo de la casa de la beata Mariana que encendía una lamparita delante de una imágen de Jesucristo atado en la columna, y no cerraba el postigo sino después de haber acabado de rezar sus credos.

Las más noches oía cerrarse con estruendo una puerta, y este ruido casi á una misma hora le hizo ponerse en observación hasta que se cercioró que era la puerta de la casa que habitaba Don Juan Manuel. Otra noche, hacia el fin de un mes en que tenía que rezar muchos credos y había permanecido de rodillas delante de la imagen, escuchó un quejido. Apagó en el acto su lámpara, de puntillas se dirigió al postigo y asomó la cabeza con precaución. Un hombre corrió, y otro detrás de él le alcanzó casi en la misma puerta de la casa de Mariana y le dió cuatro ó cinco puñaladas. El hombre gimió dolorosamente y cayó á poca distancia. El asesino se alejó de allí, y á poco, en vez del estruendo de costumbre, la beata oyó que se abría suavemente una puerta y que un hombre embozado entraba en ella. Era la casa de Don Juan Manuel, y no podía ser otro sino el mismo Don Juan Manuel.

Mariana se acostó llena de terror, y al día siguiente, ya que habían levantado el cadáver, fué á referir al confesor lo que había pasado y le dió parte también de las vehementes sospechas que tenía. El confesor obtuvo una audiencia del Virrey y le contó el suceso, pero el Virrey se rió, dijo al padre que todas eran consejas del vulgo y que no había que hablar ni que hacer caso de todo ello. Mariana había, sin embargo, referido algo á las beatas, y desde este suceso el terror se aumentó y las apariciones fueron ya más terribles.

Se refería que de los muchos escombros y andamios de la obra de la catedral salía todos los viernes á las doce de la noche una procesión de monges con unos largos sayales y unos capuchones negros que les cubrían la cara. Que las caras de esos monges eran unas calaveras á medio descarnar, pues eran nada menos que todas las víctimas de Don Juan Manuel que se levantaban de sus sepulcros. Esos cadáveres revestidos del hábito de los frailes, se dirigían en procesión por el cementerio de Catedral con unos gruesos cirios en la mano y cantando con una voz que parece salía del sepulcro, el oficio de difuntos. Llevaban cargado un ataud vacío, llegaban á la calle de Don Juan Manuel y volvían con el ataud, ya con un hombre atado de pies y manos. En el atrio de la catedral había una horca, elevaban en ella del pescuezo al hombre, apagaban los cirios y cantaban el Miserere. Cada semana se repetía esto, y los que por casualidad habían visto esta terrible procesión, regresaban á su casa con fiebre y morían á pocos días.