III
El Tesoro y el Tormento

Al día siguiente de la rendición de la capital, Cortés se retiró á Coyoacán, y los oficiales y soldados solemnizaron con un banquete donde hubo vinos y tocino que habían recibido, la espléndida pero sangrienta victoria que alcanzaron. En esa orgía tormentosa donde bebieron y jugaron y donde no faltaron las mujeres que habían robado en la ciudad saqueada y enteramente aniquilada por los aliados, se relajaron los resortes del respeto y de la subordinación, y la sed del oro se encendió con el estímulo de los licores. Deseaban oro y más oro y piedras preciosas á montones, y lo que habían recogido y tomado de las casas no era bastante. Supusieron que Cortés, de acuerdo con Cuauhtimoc á quien tenía prisionero en Cuyoacán, había ocultado todos los tesoros para apropiárselos y defraudar á la tropa su parte y al rey el quinto que le correspondía. Al día siguiente amanecieron pasquines insultantes escritos en las paredes de las casas, y Julián de Alderete, con el carácter de tesorero de la Corona, tomó la demanda por su cuenta.

—¿Sabéis, señor, lo que se dice entre nuestra gente?—dijo á Cortés antes de saludarle.

Cortés fingió no comprender nada y preguntó friamente: ¿Qué se dice?

—Se dice, prosiguió Alderete con firmeza y encarándose á Cortés, que vuesa merced de acuerdo con el Guatemuz ha ocultado los inmensos tesoros de la Corona Azteca, y que......

—Por Santiago, exclamó Cortés como buscando una arma; yo cortaré la lengua á quien tal diga.

—Vos podéis cortar la lengua á vuestros soldados, pero no al tesorero del rey de España,—contestó secamente Alderete descubriéndose y haciendo una profunda reverencia.

Cortés se dominó y replicó con una afectada amabilidad: Lo que se dice en efecto es grave; pero ¿qué hacer para acallar esas murmuraciones?

—Hay un medio que os justificará á los ojos de vuestros soldados y de S. M. El Guatemuz debe tener escondidos esos tesoros. Pedídselos, y si no los entrega, sujetadlo al tormento, y en último caso mandadle ahorcar.

—No, nada de eso, contestó resueltamente Cortés. Es mi prisionero y le he dado mi palabra, y un castellano jamás falta á ella.