El Rey de Tacuba se fortificó con esta heróica resolución de Cuauhtimoc, y los dos sufrieron el tormento sin exhalar un quejido. Tanta firmeza conmovió el pecho de los soldados, y los mismos que habían pedido el suplicio comenzaron á murmurar contra Alderete.

—No os canséis, dijo Cuauhtimoc, que el que ha resistido la hambre, la muerte y la cólera de los dioses, no es capaz de humillarse ahora como una débil mujer: el Tesoro de los Reyes de México lo he hundido en la laguna cuatro días antes del asalto de la ciudad, y no le encontrareis jamás.

El padre Olmedo, á quien se había llamado para exhortar y amonestar á los Reyes aztecas, no pudo contenerse, y salió, volviendo á poco en compañía de Cortés.

El capitán español contempló un momento aquellas nobles víctimas, dirigió una mirada terrible á los verdugos, y dijo con un acento que no admitía réplica:—«Desatad á esos hombres y conducidles con cuidado á su habitación. Que nadie sea osado de contradecir lo que yo mando.»

El tesoro se buscó en vano, y sólo se recogieron algunas frioleras en la laguna, y un sol de oro en un estanque. Cuando el poético lago de Texcoco se seque enteramente, el gran tesoro se encontrará. La sombra de los Emperadores aztecas parece que le cuida todavía.

IV
Los tres Ahorcados

El año de 1525, Cristóbal de Olid se rebeló en las Hibueras. Cortés envió un oficial con alguna tropa; pero impaciente al no recibir ninguna noticia, se puso en camino con una fuerza, resuelto á castigar severamente al infiel capitán.

Atravesó el istmo de Tehuantepec, se dirigió por un camino lleno de ríos, de barrancas, de bosques oscuros donde no penetraban los rayos del sol, y de pantanos intransitables donde los caballos se hundian con todo y el jinete. El hambre, la sed, los insectos y las eternas y desconocidas soledades acababan con las fuerzas físicas y con el ánimo de los soldados. Muchos exhalaron el último aliento en aquellas sombrías encrucijadas, Cortés no quería volver atrás, y la esperanza le anunciaba que pronto podría encontrar una población donde guarecerse y tomar guías que le condujesen á su destino. Su humor, sin embargo, no era de lo mejor, y él mismo sentía la fatiga y el desaliento algunas veces.

Así llegó al territorio de un reino que llamaban Acallan. Llevaba como siempre á su lado á Cuauhtimoc y á los dos Reyes de Tacuba y Texcoco.

Una tarde, después de una fatigosa jornada, hicieron alto en un pueblecillo que nombraban Izancaxac. No había más que unas cuantas chozas sin techo y un teocalli arruinado. Ni un solo habitante ni un animal doméstico. Un bosque umbrío de altas ceibas aumentaba la tristeza de ese sitio. A Cortés le formaron una habitación en las ruinas del templo, y los Reyes se alojaron á poca distancia en una choza de palmas. El resto de la tropa acampó como pudo en el bosque.