En ese día un temblor hizo estremecer como si fuese la hoja de un árbol el templo mayor, y un gran pájaro de forma extraña atravesó por encima de la ciudad, dando siniestros graznidos. Otra vez una negra tempestad descargó sobre la ciudad. Un rayo incendió el templo.
Moctezuma no pudo ya dominar su inquietud y su miedo, y mandó llamar al sabio Rey de Texcoco.
Los poderosos y magníficos reyes de México y de Texcoco tuvieron una entrevista solemne.
Netzahualpilli era un Rey anciano, lleno de justicia, de bondad y de sabiduría, é interpretaba los sueños y los fenómenos de la naturaleza, y tenía el don de la profecía. Llegó ante Moctezuma, tomó asiento frente de él, y largo rato permanecieron los dos taciturnos y silenciosos.
—Señor, dijo Moctezuma interrumpiendo el silencio, ¿has visto la grande estrella roja con una inmensa ráfaga de luz blanca?
—La he visto, contestó el Rey de Texcoco.
—¿Anuncia hambre, peste, ó nuevas guerras?
—Otra cosa todavía más terrible, dijo gravemente el Rey texcocano.
Moctezuma, pálido, casi sin aliento, temblaba sin poder articular ya una palabra.
—Esa señal de los cielos ya es vieja, continuó con voz solemne el Rey de Texcoco, y es extraño que los astrólogos nada te hayan dicho. Antes de que apareciera la estrella, una liebre corrió largas horas por los campos hasta que se entró en el salón de mi palacio. Esta señal era precursora de la otra más funesta.