Un día, y cuando menos se esperaba, se anunció que el muy noble y bravo general Don Pedro de las Roelas había llegado á Veracruz con la Capitana, diversos barcos de guerra y muchas naves mercantes, llenas de los más valiosos y exquisitos efectos. En la Capitana venía un alto personaje, que era nada menos que Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, nombrado virrey de la Nueva España.
Los amigos del Marqués que veían su vida en peligro no economizaban ningún medio para salvarlo, por artero y peligroso que fuese, así que mientras unos trabajaban en México para proporcionarle la fuga ó embrollar la causa, otros habían secretamente dirigídose á Veracruz con el fin de trasladarse á España.
Al tiempo que la Flota llegó, dos jóvenes amigos del Marqués y de los Avila se hallaban en Veracruz. Inmediatamente fletaron una embarcación pequeña, se disfrazaron de mercaderes, y con pretexto de navegar para Campeche, se dieron á la mar y abordaron antes á la Capitana, logrando ser recibidos por el general Roelas y por el marqués de Falces.
—¿Qué noticias me dáis del Reino?—les preguntó el Marqués, pasadas las ceremonias y saludos de costumbre.
—No podemos darlas muy buenas, dijo uno de ellos quitándose con sencillez y respeto el sombrero. La tierra toda anda revuelta, y los oidores han ultrajado á la mitad de la nobleza, han degollado á los Avila, que eran los jóvenes más apuestos y más queridos de México, van á degollar al noble marqués del Valle, y van á degollar á los Bocanegras, y van á degollar á Castilla, y van á degollar á los Sotelos, y van á degollar al Deán Chico de Molina, y van á degollar á doce padres de San Francisco y á dos de Santo Domingo, y van......
—Esos monstruos, interrumpió el Marqués, van á degollar á toda la Nueva España; pero ¿es cierto? ¿ó tratáis de burlaros del Virrey?
—¡Dios nos defienda! dijeron los dos muchachos; nosotros somos mercaderes que hacemos viajes á Yucatán, y no nos atañen ninguna de estas cosas; pero hemos visto caer las cabezas de los Avila y sabemos todo esto. Su señoría hará bien de no salir de la Capitana, porque es muy posible que también los oidores quisieran......
—Degollarme á mí también, ¿no es verdad?—interrumpió el Marqués retrocediendo un paso.
—Salvo el parecer de su señoría, contestó el más atrevido de los muchachos que llevaba la palabra, y agachó humildemente la cabeza.
Don Pedro de las Roelas, que había escuchado en silencio toda la conversación, dió una patada en la cámara y echó uno de esos juramentos españoles que hacen estremecer una torre, y volviéndose al Marqués.